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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 10. Campeón y jefe
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A la mañana siguiente me puse en movimiento desde temprano. Se me había concedido una libertad considerable, ya que Sola me había dicho que mientras no intentara abandonar la ciudad era libre de ir y venir como quisiera. Me había advertido, sin embargo, contra el riesgo de salir desarmado, ya que esta ciudad, como otras metrópolis desiertas de una antigua civilización marciana, estaba poblada de aquellos inmensos simios blancos con los que me había encontrado al segundo día de mi llegada a Marte.

Al avisarme que no debía pasar la frontera de la ciudad, Sola me había explicado que Woola lo evitaría, fuera cual fuere la forma en que lo intentara; y me advirtió con más fuerza aún, que no despertara su ferocidad ignorándolo y aventurándome demasiado cerca del territorio prohibido.

Su naturaleza era tal, según me dijo, que me devolvería a la ciudad vivo o muerto si llegaba a persistir en contrariarlo. “Y preferentemente muerto", agregó.

Esa mañana había elegido una calle nueva para explorar cuando de pronto me encontré en los límites de la ciudad. Delante de mí había pequeñas colinas surcadas por estrechas e incitantes barrancas.

Tenía muchos deseos de explorar el territorio que se encontraba ante mí, y - como el linaje de exploradores del que descendía me incitaba a hacerlo- de ver qué podía descubrir más allá de las colinas que me rodeaban.

También se me ocurrió que ésa podría ser una excelente oportunidad para probar las cualidades de Woola. Estaba convencido de que la bestia me quería. Había tenido más evidencias de afecto de su parte que de cualquier otro ser marciano, humano o animal. Estaba seguro de que esa gratitud por las acciones que habían salvado su vida dos veces pesarían más sobre su lealtad que las obligaciones impuestas por un dueño cruel y desamorado.

Al acercarme a la línea de la frontera, Woola corrió ansiosamente delante de mí y con su cuerpo embistió contra mis piernas. Su expresión era más suplicante que feroz. Ni descubrió sus inmensos colmillos, ni articuló sus terroríficas advertencias guturales.

Alejado de la amistad y de la compañía de mi propia especie, había llegado a profesar un cariño considerable a Woola y Sola, ya que un ser humano normal debe tener un escape para sus afectos naturales. Decidí apelar, entonces, a un sentimiento similar en esa bestia enorme, seguro de que no me defraudaría.

Nunca le había hecho fiestas ni lo había acariciado, pero en ese momento me senté en el suelo y, poniendo mis manos sobre su grueso cuello, lo acaricié y le hablé en mi lengua marciana recientemente adquirida, como lo hubiera hecho con mi sabueso en mi casa, como le podría haber hablado a cualquier otro amigo entre los animales inferiores. Su respuesta a mis manifestaciones de afecto fue altamente positiva: abrió su boca inmensa todo lo que pudo, dejando al descubierto la totalidad de sus colmillos superiores, y frunció el hocico hasta quedar sus inmensos ojos casi escondidos detrás de sus arrugas.

Si alguno de los lectores vio alguna vez sonreír a un ovejero, podrá tener alguna idea de la transformación del rostro de Woola.

Se echó sobre el lomo y comenzó a revolcarse a mis pies, saltó y se abalanzó sobre mí y me hizo rodar por el suelo con su tremendo peso, retozando y moviendo la cola alrededor de mí como una mascota juguetona. Me presentó su lomo deseando que lo acariciara. No pude resistir la ridiculez del espectáculo y sin poderme contener me reí por primera vez desde la mañana en que Powell había abandonado el campamento y su caballo, extremadamente desacostumbrado, lo había arrojado precipitada e inesperadamente de cabeza dentro de una olla de frijoles.

Mi risa asustó a Woola. Sus travesuras cesaron y se arrastró penosamente hacia mí, apoyando su horrible cabeza sobre mis piernas. Fue entonces cuando recordé lo que significaba la risa en Marte: tortura, sufrimientos, muerte.

Tranquilizándome, acaricié la cabeza y el lomo de la pobre bestia, le hablé por unos instantes y luego en tono autoritario le ordené que me siguiera. Nos levantamos y emprendimos nuestro camino hacia las cimas.

No hubo más problemas en cuanto a quién era el amo cutre nosotros. Woola había pasado desde ese momento a ser mi devoto esclavo para siempre, y yo su indiscutible y único amo. La caminata hacia las montañas llevó poco tiempo y no encontré nada de particular que me gratificara Abundantes flores salvajes de colores brillantes y extrañamente formadas brotaban en la cañada, y desde la cima de la primera colina vi otras elevaciones que se extendían hacia el norte. Una cordillera se elevaba detrás de otra, aunque luego descubriría que sólo unas pocas cimas en todo Marte sobrepasaban los 1.300 metros de altura. La impresión de magnificencia era meramente relativa.

La caminata de la mañana había sido de gran importancia para mí, ya que había terminado en un perfecto entendimiento con Woola, a quien Tars Tarkas había asignado mi vigilancia. Ahora sabía que a pesar de estar prisionero era virtualmente libre, y me apresuré a volver a los límites de la cuidad antes que la deserción de Woola fuera descubierta por sus antiguos dueños. La aventura me había determinado a no volver a abandonar los limites prescritos de tierra que se me habían marcado hasta que estuviera listo para arriesgarme de una vez por todas, ya que eso podía terminar en una reducción de mis libertades así como en la posible muerte de Woola, si llegaban a descubrirnos.

Al regresar a la plaza tuve la tercera oportunidad de ver a la chica cautiva. Estaba parada con sus guardias delante de la entrada del recinto de audiencias, y al acercarme me dirigió una mirada arrogante y me volvió la espalda. Esa actitud era tan femenina, que a pesar de haber herido mi orgullo llenó mi corazón de un cálido sentimiento de compañerismo. Era bueno saber que alguien en Marte, además de mí, tenía instintos humanos de tipo civilizado, aun cuando su manifestación fuera tan dolorosa como mortificante.

Si alguna mujer marciana hubiera deseado demostrar disgusto o desprecio en cualquier caso, lo hubiera hecho atacando con su espada o gatillando alguna de sus armas; pero como sus sentimientos estaban, completamente atrofiados tendría que existir una seria injuria para suscitar en ella tal apasionamiento. Sola, debo agregar, era una excepción. Nunca la había visto llevar a cabo una acción cruel o tosca, ni abandonar su constante amabilidad y buena naturaleza. Ella era exactamente como sus compañeras la habían descrito: un atavismo, un precioso y querido retroceso a un tipo originario de antepasados amantes y amados.

Observando que la prisionera parecía ser el centro de la atención, me detuve para observar qué pasaba. No tuve que esperar mucho, ya que en ese momento Lorcuas Ptomel y su séquito de caudillos se acercaron al edificio, e indicándoles a los guardias que los siguieran junto con la prisionera, todos entraron en el recinto de audiencia. Me había dado cuenta de que era en cierta forma una persona privilegiada y estaba convencido de que los guerreros no sabían de mis adelantos en el aprendizaje de su lengua, ya que le había pedido a Sola que lo guardara en secreto, aduciendo que no quería ser forzado a hablar con la gente hasta que dominara perfectamente su lenguaje.

Entonces tuve la oportunidad de entrar en el recinto de audiencia y escuchar el proceso.

El Consejo estaba sentado sobre los escalones de la tribuna, al tiempo que, debajo de ellos, estaba de pie la prisionera con sus dos guardias. Puede ver que una de las mujeres era Sarkoja. De esta forma pude entender cómo había estado presente el día anterior y había informado sobre los resultados a las ocupantes de nuestro dormitorio la noche anterior. Su actitud hacia la cautiva era excesivamente dura y brutal. Cuando la sostenía, clavaba sus uñas rudimentarias en la carne de la pobre muchacha o le sacudía el brazo en la forma más dolorosa. Cuando era necesario moverla de un lugar a otro, la sacudía rudamente o la empujaba de cabeza hacia adelante. Parecía descargar sobre la pobre e indefensa criatura todo el odio, la crueldad y el rencor de sus novecientos años, respaldados por incalculables generaciones de antepasados tan feroces y brutales como ella.

La otra mujer era menos cruel porque era completamente indiferente. Si la prisionera le hubiera sido confiada sólo a ella - y por fortuna estaba a su cargo de noche - no habría recibido ningún tipo de mal trato, pero tampoco ninguna atención.

Cuando Lorcuas Ptomel levantó la vista para dirigirse a la prisionera se encontró conmigo. Se volvió hacia Tars Tarkas con una palabra y un gesto de impaciencia. Tars Tarkas le contestó algo que no puede captar, pero que hizo sonreír a Lorcuas Ptomel. Después de esto, no me prestó más atención.

-¿Cuál es su nombre? - preguntó Lorcuas Ptomel, dirigiéndose a la prisionera.

- Dejah Thoris, hija de Mors Kajak de Helium.

-¿Y la naturaleza de tu expedición?

- Era meramente un grupo de investigación científica enviada por mi abuelo, el Jeddak de Helium, para rediagramar las corrientes de aire y hacer mediciones de la densidad atmosférica - contestó la hermosa prisionera en voz baja y bien modulada -. No estábamos preparados para una batalla – continuó -, ya que estábamos en una misión pacífica como lo indicaban nuestras banderas y el color de nuestras naves. El trabajo que estábamos llevando a cabo era tanto para nuestro beneficio como para el vuestro, ya que bien saben que si no fuera por nuestros trabajos y por el fruto de nuestras operaciones científicas, no habría aire ni agua suficiente en Marte para permitir una sola vida.

Durante años hemos mantenido la provisión de aire y agua prácticamente en el mismo nivel, sin pérdidas apreciables, y lo hemos hecho enfrentando la interferencia brutal e ignorante de vuestros hombres verdes. ¿Por qué no aprenden a vivir en armonía con sus compañeros, por qué se empeñan en seguir el camino de su extinción final con tan poca superioridad sobre las mismas bestias idiotas que los sirven? Un pueblo sin lenguaje escrito, sin arte, sin hogares, sin amor, víctimas de siglos de comunitarismo aberrante. Y al tener todo en común, aun sus mujeres y niños, han llegado al resultado de no tener nada en común. Odian a los demás como odian todo lo que no se refiera a ustedes mismos. Regresen a las costumbres de nuestros antecesores comunes, regresen a la luz de la armonía y el compañerismo. El camino les está abierto. Encontrarán las manos de los hombres rojos extendidas para ayudarlos. Juntos podremos lograr mucho más para regenerar nuestro planeta en vías de extinción. La nieta del más grande y poderoso de los Jeddaks rojos os lo propone. ¿Vendrán?

Lorcuas Ptomel y los guerreros permanecieron sentados observando silenciosa y atentamente a la joven por algunos minutos, después que ésta dejó de hablar. Ningún hombre habría podido saber qué pasaba por sus mentes, pero creo sinceramente que estaban conmovidos, y que si hubiera habido entre ellos un hombre inteligente con la suficiente fuerza como para dejar a un lado las costumbres, aquel momento hubiera marcado el comienzo de una nueva y pujante era para Marte.

Vi cómo Tars Tarkas se puso de pie para hablar y su rostro era el más expresivo que había visto en un guerrero de Marte. Reflejaba una poderosa batalla interna consigo mismo, con la herencia, con las costumbres seguidas durante años. Al abrir la boca para hablar una mirada casi de bondad y amabilidad iluminó momentáneamente su semblante feroz y terrible.

Las palabras que en ese momento debieron de haber salido de sus labios nunca llegó a pronunciarlas, ya que, justo en ese instante un joven guerrero - que evidentemente presentía el giro de los pensamientos de los más viejos - saltó de las graderías y, descargando tan soberbia bofetada en la mejilla de la frágil cautiva hasta el extremo de hacerla rodar por tierra, puso su pie sobre el cuerpo caído y volviéndose hacia el Consejo de la asamblea rompió en horribles y tristes carcajadas.

Por un instante pensé que Tars Tarkas lo mataría y que el semblante de Lorcuas Ptomel tampoco auguraba nada demasiado favorable para ese ser brutal, pero el momento pasó, sus viejas personalidades reafirmaron su ascendencia, y sonrieron. Esa era mala señal, aunque no reían fuerte, ya que la acción del guerrero constituía un chiste ingenioso de acuerdo con la moral por la que se regía el humor de los marcianos.

El que me haya detenido a describir qué ocurrió en el momento del golpe no significa que permaneciera inactivo por mucho tiempo. Creo que debo de haber presentido algo de lo que iba a ocurrir, ya que ahora me doy cuenta de que estaba agazapado como para saltar cuando vi que el golpe se dirigía hacia su hermoso, orgulloso y suplicante rostro. Antes que la mano descendiera ya estaba a mitad de camino a través de la sala. Su horrible risa sonó escasamente una vez, cuando ya estaba sobre él.

El bruto medía cerca de cuatro metros de alto y estaba armado hasta los dientes, pero creo que podría haberme hecho cargo de todos los ocupantes del recinto en la terrible intensidad de mi ira.

Saltando hacia arriba lo golpeé de pleno en la cara cuando se volvió ante mi grito de aviso. Luego sacó su espada corta y yo saqué la mía. Salté de nuevo sobre su pecho, enganchando una pierna en el extremo de su pistola y aferrando uno de sus inmensos colmillos con mi mano izquierda, mientras descargaba un golpe tras otro sobre su enorme pecho.

No podía usar su espada para tomar ventaja porque yo estaba muy cerca de él, ni podía sacar su pistola, que intentó usar en oposición a las costumbres marcianas - que dicen que no se puede luchar con un compañero guerrero, en combate privado, con otro tipo de arma que no sea el que usa el atacante -. En todo caso, no podía hacer nada más que realizar un salvaje y vano intento de desprenderse de mí. Con todo su inmenso cuerpo era muy poco más fuerte que yo, y sólo me llevó uno o dos minutos hacer que cayera al suelo sangrante y sin vida.

Dejah Thoris se había erguido apoyada sobre su codo, y observaba la batalla con ojos brillantes e inmensamente abiertos.

Cuando me puse de pie la levanté en mis brazos y la llevé hacia uno de los bancos que había al costado de la sala.

Ningún marciano intervino. Arranqué un pedazo de seda de mi capa y traté de cortar la sangre que le salía de la nariz. Tuve éxito, ya que sus lesiones se limitaban a una hemorragia nasal. Entonces, cuando pudo hablar, puso su mano sobre mi brazo y mirándome a los ojos dijo:

-¿Por qué lo hiciste? ¡Tú que me negaste hasta un saludo amistoso en el primer momento de mi trance! Y ahora arriesgas tu vida y matas a uno de tus compañeros para salvarme. No puedo comprenderlo. ¿Qué clase de hombre extraño eres, que te asocias con los hombres verdes a pesar de que tu forma es la de la gente de mi raza y tu color es apenas más oscuro que el del simio blanco?

Dime, ¿eres un humano o más que humano?

- Es una historia extraña - le contesté -, demasiado larga para contarla ahora, y de la que yo mismo dudo tanto que desisto de tratar que otros lleguen a creerla. Baste decir, por ahora, que soy tu amigo, y que mientras nuestros captores nos lo permitan, seré tu protector y tu servidor.

- Entonces ¿tú también eres prisionero? Pero entonces ¿por qué esas armas y el atuendo de un caudillo Tharkiano? ¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde queda tu país?

- Sí, Dejah Thoris, yo también soy un prisionero. Mi nombre es John Carter y considero a Virginia, uno de los Estados Unidos de América, en la Tierra, como mi hogar. Sin embargo, no sé por qué me permiten portar armas ni estaba enterado de que mi atuendo fuese el de un caudillo.

En esta circunstancia fuimos interrumpidos por la proximidad de uno de los guerreros, portando armas, pertrechos y ornamentos. En ese instante una de las preguntas de la muchacha tuvo su respuesta y me esclareció un enigma. Vi que el cuerpo de mi enemigo muerto había sido desvestido y en la actitud a la vez amenazante y respetuosa del guerrero que me había traído estos trofeos del muerto, pude leer la misma expresión de aquel otro que me había traído mi equipo original. En ese momento, por primera vez, me di cuenta de que mi golpe - en ocasión de mi primera batalla en el recinto de audiencia- había sido mortal para mi adversario.

La razón de toda la actitud puesta de manifiesto estaba ahora en claro. Había ganado mis espolones, por así decirlo, y la cruda justicia que siempre marcaba la conducta de los marcianos y la que entre otras cosas había hecho que llamara a éste el planeta de las paradojas - me había concedido el honor propio de un conquistador. Yo era un caudillo marciano, y más tarde comprendería que ésa era la causa de mi gran libertad y de ni admisión en el recinto de audiencias.

AL darme vuelta para recibir los bienes del guerrero muerto, noté que Tars Tarkas y varios guerreros se abrían paso hacia nosotros y los ojos del primero se posaban sobre mí con una expresión sumamente extraña. Finalmente se dirigió a mí:

- Hablas la lengua de Barsoom demasiado bien para alguien que era sordo y mudo para nosotros hasta hace poco tiempo. ¿Dónde la aprendiste, John Carter?

- Tú mismo eres responsable, Tars Tarkas – contesté -, al haberme asignado una institutriz de tanta habilidad. Debo agradecer mis conocimientos a Sola.

- Se ha desempeñado bien – contestó -, pero tu educación necesita considerable pulido en otros aspectos. ¿Sabes lo que tu temeridad sin precedentes podría haberte costado si hubieras fracasado en tu lucha a muerte con cualquiera de los dos caudillos cuyas armas ahora llevas?

- Presumo que aquel que me derrotara me hubiera matado a mí - respondí sonriendo.

- No, estás equivocado, solamente como último recurso de autodefensa un marciano mata a un prisionero. Nos gusta mantenerlos para otros propósitos - y su rostro denotó posibilidades que no eran placenteras de imaginar -. Pero una cosa te puede salvar ahora –continuó -. Si en reconocimiento de tu gran valor, ferocidad y valentía fueras considerado por Tal Hajus digno de sus servicios, podrás ser integrado a la comunidad y convertirte en un Tharkiano completo. Hasta que lleguemos a los cuarteles de Tal Hajus es la voluntad de Lorcuas Ptomel que te sea concedido el respeto al que por tus proezas te has hecho acreedor. Serás tratado por nosotros como un caudillo Tharkiano, pero no debes olvidar que cada jefe que tenga un grado mayor que el tuyo es responsable de entregarte a salvo a nuestro poderoso y feroz gobernante. He dicho.

- Te he escuchado, Tars Tarkas – contesté -. Como sabes, no soy de Barsoom. Sus costumbres no son las mías y solamente puedo actuar en el futuro como lo hice en el pasado, de acuerdo con los dictados de mi conciencia y guiado por los hábitos de mi propia gente. Si me dejaras solo me iría en paz, pero si no, sabrás que cada Barsoomíano con el cual deba tratar respetará mis derechos como extranjero o soportará cualquier consecuencia que pueda sobrevenir. Quiero poner en claro una cosa: cualesquiera que sean vuestros designios finales para con esta desafortunada joven, si alguien la lastima o insulta en el futuro, deben saber que tendrá que rendirme cuentas a mí. Sé que desprecian todo sentimiento de generosidad o amabilidad, pero yo no, y puedo convencer al más valeroso de sus guerreros de que estas características no son incompatibles con la habilidad para luchar.

Por lo general no me permito discursos tan largos, ni nunca había recurrido hasta entonces a tal ampulosidad de términos; pero había acertado con un discurso de apertura que podía tocar el punto débil en el pecho de los marcianos. No estaba equivocado, ya que mi perorata evidentemente los impresionó profundamente y su actitud hacia mí, de allí en adelante, se hizo aun mucho más respetuosa.

El mismo Tars Tarkas parecía complacido por mi respuesta, pero su único comentario fue más o menos enigmático.

- Creo que conozco a Tal Hajus, Jeddak de Thark.

Volví mi atención hacia Dejah Thoris, y ayudándola a ponerse de pie nos volvimos hacia la salida, ignorando el revuelo de arpías que vigilaban a la muchacha así como las miradas inquisidoras de los caudillos. ¿Acaso yo no era ahora un caudillo, también? Pues bien, entonces podía asumir las responsabilidades de ellos. No nos molestaron y, así, Dejah Thoris, princesa de Helium, y John Carter, caballero de Virginia, seguidos por el leal Woola, salimos en total silencio del recinto de audiencia del Jed Lorcuas Ptomel entre los Tharkianos de Barsoom.