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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 11. Dejah Thoris
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Al llegar a la puerta, las dos mujeres guardianas a las que se había ordenado que vigilaran a Dejah Thoris se apresuraron e hicieron como si asumieran su custodia una vez más. La pobre muchacha sé, acurrucó contra mí y sentí que sus dos pequeñas manos se aferraban a mis brazos. Aparté a las mujeres y les informé que en lo sucesivo Sola atendería a la cautiva, y después le advertí a Sarkoja que si infería algún daño con sus crueles actitudes a Dejah Thoris, acabaría con una muerte repentina y dolorosa.

Mi amenaza fue desafortunada y resultó más hiriente que buena para Dejah Thoris, ya que después sabría que los hombres no matan a las mujeres en Marte, ni las mujeres a los hombres. Por lo tanto, Sarkoja meramente nos dirigió una horrible mirada y partió a tramar maldades contra nosotros.

Pronto encontré a Sola y le expliqué que deseaba que cuidara a Dejah Thoris como me había cuidado a mí, y que le encontrara otra vivienda donde no fuera molestada por Sarkoja. Por último le informé que yo mismo tomaría mi cuarto entre los hombres.

Sola miró los pertrechos que llevaba en mi mano y que pendían de mi hombro.

- Eres un gran caudillo ahora, John Carter - me dijo -. Debo cumplir tus órdenes, aunque me siento sumamente feliz de hacerlo bajo cualquier circunstancia. El hombre cuyas armas llevas era joven, pero un gran guerrero, y había ganado por sus adelantos y muertes un rango cercano al de Tars Tarkas quien, como sabes, es el que le sigue a Lorcuas Ptomel. Tú eres el undécimo, y no hay más que diez caudillos que te superan en valentía.

-¿Y si matara a Lorcuas Ptomel? - pregunté.

- Serías el primero, John Carter, pero solamente podrías ganar el honor de que Lorcuas Ptomel te presentara combate si ésa fuera la voluntad del Consejo entero o si te llegara a atacar él. Le puedes matar en defensa propia y así ganar el primer lugar.

Me reí y cambié de tema. No tenía ningún deseo en especial de matar a Lorcuas Ptomel y menos aún de ser un Jed entre los Tharkianos.

Acompañé a Sola y Dejah Thoris en su búsqueda de nueva vivienda, que encontramos en un edificio cercano al recinto de audiencia y de arquitectura más suntuosa que nuestra primera habitación. También encontramos en ese edificio verdaderos dormitorios con camas antiguas, de metal muy labrado y suspendidas de enormes cadenas de oro que pendían del techo de mármol.

Los decorados de las paredes eran más elaborados y. a diferencia de los frescos que había visto en los otros edificios, había muchas figuras humanas en su composición. Esas figuras eran de personas iguales que yo y de un color mucho más claro que el de Dejah Thoris. Estaban vestidas con túnicas graciosas y livianas y excesivamente adornadas con metales y joyas. Su cabello era de un hermoso dorado y rojo cobrizo. Los hombres eran lampiños y sólo unos pocos llevaban armas. La mayoría de las escenas representaban las diversiones de un pueblo rubio y de tez clara.

Dejah Thoris aplaudió con una exclamación de arrobamiento mientras observaba esas magníficas obras de arte, realizadas por pueblos extinguidos mucho tiempo atrás. Sola en cambio, parecía no haberlas visto. Decidimos destinar esa habitación del segundo piso, que daba a la plaza, para Dejah Thoris y Sola. y otra habitación lindera, en la parte de atrás, para la cocina y las provisiones. Luego envié a Sola para que trajera la ropa de cama y toda la comida y utensilios que fueran necesarios, diciéndole que cuidaría de Dejah Thoris hasta su regreso.

Cuando Sola partió, Dejah Thoris se volvió hacia mí con tina tenue sonrisa.

-¿Y para qué habría de escapar tu prisionera si la dejaras sola, si no fuera para seguirte y pedirte humildemente tu protección y tu perdón por los crueles pensamientos que ha abrigado contra ti estos días pasados?

- Tienes razón - le contesté -. No hay escapatoria para ninguno de nosotros, a menos que lo hagamos juntos.

- Escuché tu desafío a esa criatura que llamas Tars Tarkas y creo comprender tu posición entre esta gente, pero lo que no pude desentrañar es tu afirmación de que no eres de Barsoom. En nombre de mi primer antecesor, entonces, ¿de dónde puedes ser? Eres como mi gente y, a pesar de ello, ¡tan diferente! Hablas mi idioma, pero escuché que le decías a Tars Tarkas que lo habías aprendido recientemente. Todos los Barsoomianos hablamos la misma lengua desde el polo sur al polo norte, aunque nuestro lenguaje escrito sea diferente. Solamente en el valle Dor, donde el río Iss vierte sus aguas en el mar perdido de Korus; se supone que se habla un lenguaje diferente, y. excepto en las leyendas de nuestros antecesores, no hay testimonios de un Barsoomiano que regresara del río Iss, de las riberas del Korus en el valle de Dor. ¡No me digas que has regresado! ¡Te matarían de la manera más horrible en cualquier parte de la superficie de Barsoom si eso fuera cierto! ¡Dime que no! ¡Dime que no lo es!

Sus ojos brillaban con una luz extraña y misteriosa; su voz suplicante y sus pequeñas manos se posaron sobre mi pecho y lo oprimían como queriendo arrancar una negación de lo más profundo de mi corazón.

- No conozco tus costumbres, Dejah Thoris, pero en Virginia, mi tierra, un caballero no miente para salvarse a sí mismo. No soy de Dor. Nunca he visto el misterioso Iss, y el mar perdido de Korus permanece aún perdido, al menos para mí. ¿Me crees?

En ese momento, repentinamente se me ocurrió que mostraba demasiada ansiedad en mi deseo de que me creyera. No es que temiera qué pudiera resultar si se llegaba a creer que había regresado del paraíso o del infierno Barsoomiano, o lo que fuera. ¿Por qué era así, entonces? ¿Por qué me importaría tanto lo que pensara? La observé, su hermoso rostro elevado hacia mi y sus maravillosos ojos descubriéndome las profundidades de su alma. Cuando mis ojos encontraron los suyos descubrí el porqué y me estremecí.

Una oleada de sentimientos similares parecía agitarla. Se apartó de mí con un suspiro y susurro:

- Te creo, John Carter. No sé qué significa “caballero”, ni nunca había oído hablar de Virginia; pero en Barsoom, ningún hombre miente si no quiere decir la verdad, simplemente guarda silencio.

¿Dónde queda ese país tuyo, Virginia, John Carter? - me preguntó. Me pareció que el hermoso nombre de mi bella tierra jamás había sonado tan bonito como al salir de esos labios perfectos.

- Soy de otro mundo - le contesté -. Del gran planeta Tierra, que gira alrededor de nuestro Sol común y está cercano a la órbita de tu Barsoom, que nosotros conocemos como Marte.

No puedo decirte cómo llegué hasta aquí porque no lo sé; pero aquí estoy, y desde el momento en que esto me permite servir a Dejah Thoris, soy feliz de estar aquí.

Me miró largamente, con ojos confundidos e interrogantes. Sabía perfectamente que era difícil de creer mi afirmación y no podía esperar que la creyera a pesar de lo mucho que anhelaba su confianza y respeto. Hubiera sido mejor que no le contara nada de mis antecedentes, pero ningún hombre podría mirar en la profundidad de esos ojos y rehusar al más mínimo deseo de su dueña. Por último sonrió y levantándose dijo:

- Tendré que creerte aun cuando no pueda entender. Puedo darme cuenta fácilmente de que no perteneces a los actuales Barsoomianos; eres como nosotros, aunque diferente. Pero ¿por qué habría de romper mi pobre cabeza con tal problema, cuando mi corazón me dice que creo porque quiero creer?

Era un buen razonamiento, basado en una buena lógica femenina humana, y si a ella le satisfacía, por cierto que no podía dejar de sentirme yo también satisfecho. Para el caso, era el único tipo de lógica que podía ayudar a dominar mi problema. Luego caímos en una conversación sobre diversos asuntos, preguntándonos y contestándonos muchas cosas el uno al otro.

Ella tenía curiosidad por saber las costumbres de mi gente y mostró un gran conocimiento sobre las cosas de la Tierra.

Cuando le pregunté acerca de esa evidente familiaridad, se rió y exclamó:

- Bueno, todo estudiante en Barsoom conoce la geografía, la fauna y la flora así como la historia de tu planeta como la del propio. ¿No podemos ver todo lo que sucede en la Tierra, como tú la llamas? ¿No está suspendida aquí, en el cielo, a plena vista?

Debo confesar que eso me desconcertó tan completamente como mis argumentos la habían confundido a ella. Así se lo dije. Entonces me habló en general de los instrumentos que su gente había usado y perfeccionado durante mucho tiempo. Eran instrumentos que les permitían proyectar sobre una pantalla una imagen perfecta de lo que estaba sucediendo sobre cualquier planeta y sobre la mayoría de las estrellas. Esas películas eran tan perfectas en sus detalles que, al ampliarlas, hasta los objetos no mayores que una hoja de pasto podían distinguirse con toda facilidad. Más tarde, en Helium, vi muchas de esas películas, así como los instrumentos que las producían.

- Si estás entonces tan familiarizada con las cosas de la Tierra – pregunté -, ¿por qué no me reconociste como idéntico a los habitantes de mi planeta?

De nuevo sonrió como uno podría hacerlo indulgentemente ante una pregunta de un niño Porque. John Carter, casi todos los planetas v estrellas tienen condiciones atmosféricas parecidas a las de Barsoom y manifiestan normas de vida animal casi idénticas a la tuya y a la más aún, los terráqueos, casi sin excepción, cubren sus cuerpos con extrañas y horribles prendas de vestir y sus cabezas con tremendos artefactos cuyo propósito no hemos sido capaces de entender. Cuando fuiste encontrado por los guerreros Tharkianos, estabas completamente desnudo y sin adornos. El hecho de que no llevaras ornamentos es una prueba indiscutible de tu origen no Barsoomiano, al tiempo que la ausencia de una vestimenta grotesca podría suscitar dudas acerca de que procedieras de la Tierra.

Entonces le conté los detalles de mi partida de la Tierra, explicándole que allí mi cuerpo yacía completamente vestido con lo que, para ella, eran extraños adornos de los terráqueos. En ese momento Sola regresó con nuestras escasas pertenencias y su joven protegido marciano, quien por supuesto tendría que compartir las habitaciones con ellas.

Sola nos preguntó si habíamos tenido alguna visita su ausencia y pareció muy sorprendida cuando le contesté que no. Al parecer cuando ella iba subiendo hacia los superiores, donde se encontraban nuestros cuartos, se había encontrado con Sarkoja, quien iba descendiendo. Supusimos había estado escuchando detrás de la puerta, pero como no creíamos que nada de importancia había pasado entre nosotros, descartamos el problema, pero comprometiéndonos a ser precavidos en el futuro.

Luego Dejah Thoris y yo nos pusimos a observar la pintura y los decorados de los hermosos recintos de los aposentos que ocupábamos. Ella me explicó que esas personas habían vivido hacía más de cien mil años. Eran los fundadores de su raza pero se habían mezclado con otra gran raza de los primeros marcianos, que eran muy oscuros, casi negros, y también los amarillos rojizos que habían vivido en esa época.

Esas tres grandes divisiones de los marcianos superiores habían formado una alianza poderosa, cuando, al secarse los mares de Marte, se habían visto forzados a buscar las áreas fértiles relativamente escasas y siempre en disminución, y a defenderse bajo nuevas condiciones de vida, contra las hordas salvajes los hombres verdes.

Años de amistad y de uniones entre ellos habían dado como resultado la raza roja de la que Dejah Thoris era una bella y delicada exponente. Durante los años de privaciones e incesantes guerras entre sus propias razas, así como con los hombres verdes, y antes que se adaptaran a las nuevas condiciones, muchas de las altas civilizaciones y muchas de las obras de los marcianos de cabellos rubios se habían perdido. Pero la actual raza roja había llegado a un punto en el que sentía que se había compensado con nuevos descubrimientos y una nueva civilización más práctica, por todo lo que yacía irrecuperablemente enterrado con los antiguos Barsoomianos debajo de las incontables centurias intermedias.

Aquellos antiguos marcianos habían sido una raza de elevada cultura e ilustración, Pero durante las vicisitudes de los años en que habían tratado de adaptarse a las nuevas condiciones, no solamente cesó por completo su avance y producción, sino que prácticamente todos sus archivos, testimonios y literatura se perdieron.

Dejah Thoris contó cosas interesantes y leyendas concernientes a esta raza perdida de gente noble y amable. Dijo que la ciudad en la que estábamos acampando parecía haber sido un centro de comercio y cultura conocido como Korad. Había sido construida sobre un hermoso puerto natural, cercado por magníficas montañas. El pequeño valle del lado oeste de la ciudad, según me explicó, era todo lo que quedaba del puerto, mientras que el paso entre las montañas, que conducía hacia el viejo seno del mar, había sido el canal a través del cual la navegación llegaba a las entradas de la ciudad.

Las riberas de los antiguos mares estaban ocupadas por tales ciudades y se encontraban Otras menores, en número decreciente más hacia el centro de los océanos, ya que la gente se vio en la necesidad de seguir el cauce de las aguas, hasta que la necesidad los llevó a su última posibilidad de salvación: los llamados canales marcianos.

Habíamos estado tan absortos en la exploración del edificio Y en nuestra conversación que no fue hasta muy avanzada la tarde cuando nos dimos cuenta de ello.

Nos volvió a la realidad un mensajero, portador de una citación de Lorcuas Ptomel, con el pedido de que me presentara ante él inmediatamente. Me despedí, pues, de Dejah Thoris y de Sola, y ordenando a Woola que se quedara cuidándolas, me apresuré a dirigirme hacia el recinto de audiencias, donde encontré a Lorcuas Ptomel y Tars Tarkas sentados en la tribuna.