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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 28. En la cueva de Arizona
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Estaba oscuro cuando volví a abrir los ojos. Mi cuerpo estaba extrañamente vestido, con vestimentas que se rasgaron y soltaron polvo cuando adopté otra posición para sentarme.

Me sentía recuperado de píes a cabeza y de pies a cabeza estaba vestido, aunque cuando había caído inconsciente en la pequeña puerta estaba desnudo. Delante de mí había un pedazo de cielo iluminado por la luz de la luna, que aparecía a través de una abertura desigual.

Cuando mis manos palparon mi cuerpo, encontraron unos bolsillos. En uno de ellos habla una pequeña caja de fósforos envuelta en papel encerado. Prendí uno y su débil llama iluminó lo que parecía ser una cueva hacia cuya parte trasera descubrí una extraña figura, inmóvil, apoyada sobre un pequeño banco.

Cuando me acerqué, vi que eran los restos momificados de una pequeña anciana, de largo cabello negro. La cosa sobre la que estaba apoyada era un pequeño carbonero sobre el que descansaba una vasija redonda de cobre con una pequeña cantidad de polvo verdoso.

Detrás de ella, colgada del techo por correas de cuero crudo, y extendiéndose a lo largo dé toda la cueva había una hilera de esqueletos humanos. De la cuerda que los sostenía se extendía otra hasta la mano de la pequeña anciana. Cuando toqué la cuerda, los esqueletos se movieron produciendo un ruido semejante al crujido de hojas secas.

Era la escena más grotesca y horrible que había visto jamás. Corrí hacia el aire fresco de afuera, feliz de escapar de un lugar tan horrendo.

Lo que encontraron mis ojos cuando me asomé a una pequeña saliente que se extendía delante de la entrada de la cueva, me llenó de consternación. Mi mirada encontró un nuevo cielo y un nuevo paisaje. Las montañas plateadas a la distancia, la casi estática luna en el cielo, el valle tachonado de cactos que se extendían delante de mí, no eran de Marte.

Apenas podía creerlo que mis ojos veían. Pero la verdad se fue abriendo camino lentamente en mí Estaba contemplando a Arizona desde la misma saliente desde la que diez años atrás había mirado con ansia hacia Marte.

Hundí mi cabeza entre mis brazos, y volví, deshecho y lleno de pena, a bajar por el camino que nacía en la cueva.

Sobre mí brillaba el ojo rojo de Marte, reteniendo su horrible secreto a setenta y cinco millones de kilómetros de distancia. ¿Habrían alcanzado los marcianos las salas de las bombas? ¿Habría llegado a tiempo el aire vital a aquel distante planeta para salvarlos? ¿Estaría viva Dejah Thoris, o su hermoso cuerpo se hallaría helado por la muerte, al lado de la pequeña incubadora, en el jardín del patio interior del palacio de Tardos Mors, Jeddak de Helium?

Durante diez años he esperado y rogado una respuesta a mi pregunta. Diez años he esperado y he rogado que me transportaran de vuelta al mundo de mi amada. Preferiría yacer allí, muerto a su lado, antes que vivir aquí, a tantos horribles millones de kilómetros de distancia como me separan de ella.

La vieja mina, que encontré intacta, me ha hecho fabulosamente rico, pero, ¿qué me importa la riqueza?

Hoy, sentado aquí, esta noche, en mi pequeño estudio que da al Hudson, sé que han pasado veinte años desde la primera vez que abrí los ojos en Marte.

Esta noche vi el planeta a través de la pequeña ventana de mi escritorio.

Esta noche parece llamarme de nuevo como no me ha llamado más desde aquella noche de muerte.

Me parece ver, a través del horrible abismo del espacio, una hermosa mujer de cabello negro, de pie en el jardín del palacio, y a su lado un niño que la rodea con los brazos mientras le señala en el cielo el planeta Tierra, y a sus pies una enorme y horrible criatura con un corazón de oro.

Creo que ellos me están esperando y algo me dice que pronto lo sabré.

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