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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 6. Una lucha en la que gano amigos
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Este ser, que se asemejaba más a nuestra raza humana que a los marcianos que había visto hasta ahora, me mantenía contra el suelo con uno de sus inmensos pies, mientras charlaba y gesticulaba con su interlocutor que estaba detrás de mí. Esa otra criatura, que parecía ser su compañero, no tardó en acercársenos con un inmenso garrote de piedra con el que evidentemente pretendía romperme la cabeza.

Las criaturas tenían entre tres y cinco metros de alto. Se paraban muy erguidas y al igual que los marcianos tenían un juego intermedio de brazos o piernas entre sus miembros superiores e inferiores.

Sus ojos estaban muy juntos y no eran sobresalientes, y sus orejas estaban implantadas en la parte alta de la cabeza, pero más al costado que las de los marcianos, mientras que el hocico y los dientes eran sorprendentemente semejantes a los de los gorilas africanos. En conjunto no desmerecían tanto, comparados con los marcianos verdes.

El garrote se balanceaba en un arco que terminaba justo sobre mi cara vuelta hacia arriba, cuando un rayo de furia, con un millón de piernas, se lanzó a través de la puerta justamente sobre el pecho de mi ejecutor. Con un grito de terror, el simio que me sujetaba saltó por la ventana abierta, pero su compañero se trabó en una terrorífica lucha a muerte con mi salvador, que no era ni más ni menos que mi leal guardián - no puedo decidirme a calificar de perro a tan horrenda criatura -.

Me puse de pie con la mayor rapidez que pude, y recostándome contra la pared tuve la oportunida4 de presenciar una batalla como creo que a pocos humanos les ha sido concedido observar. La fuerza, agilidad y ciega ferocidad de aquellas dos criaturas no tenía ninguna semejanza con lo conocido en la Tierra. Mi bestia había conseguido ventaja al principio, ya que había hundido sus enormes colmillos profundamente en el pecho de su adversario, pero las inmensas patas y brazos del simio, reforzados por músculos mucho más fuertes que los de los marcianos que había visto, se habían cerrado en la garganta de mi guardián y lentamente estaban sofocando su vida, tratando de doblarle la cabeza y el cuello hacia atrás. Yo esperaba que mi guardián cayera al suelo con el cuello roto en cualquier momento.

Para lograr eso, el simio estaba desgarrando la parte de su propio pecho que mi guardián Sostenía entre sus mandíbulas fuertemente cerradas. Rodaban por el suelo de aquí para allá, sin que ninguno de los dos emitiera un solo sonido de miedo o dolor. En ese momento vi los grandes ojos de mi bestia salirse de sus órbitas y observé cómo la sangre chorreaba de su nariz. Era evidente que se estaba debilitando, pero también las arremetidas del simio estaban menguando visiblemente. De pronto volví en mí, con ese extraño instinto que siempre parecía impulsarme a cumplir con mi deber, empuñé el garrote que había caído al suelo al principio de la pelea y balanceándolo con toda la fuerza que poseían mis brazos humanos, golpeé con él de pleno en la cabeza del simio, aplastando su cráneo como si fuera la cáscara de un huevo.

Apenas me había sobrepuesto del contratiempo, cuando tuve que enfrentarme con un nuevo peligro: el compañero del simio, recobrado de su primer shock de terror, había regresado a la escena de la pelea por el interior del edificio. Lo pude ver justo antes que alcanzara la puerta, y al advertir que bramaba ante el espectáculo de su compañero sin vida, tendido sobre el suelo, y que echaba espuma por la boca en un ataque de furia, me asaltaron malos presentimientos, debo confesarlo.

En el momento en que esos pensamientos pasaban por mi mente, ya había girado yo para saltar por la ventana; pero mis ojos fueron a dar con la forma de mi antiguo guardián y todos mis pensamientos se dispersaron a los cuatro vientos. Este yacía jadeante en el suelo, en el umbral, con sus grandes ojos fijos en mí en lo que parecía una patética súplica de protección. No podía soportar esa mirada ni abandonar a mi salvador sin antes dar tanto de mi parte en su defensa como él había dado en la mía.

Sin más alharaca, por lo tanto, giré para enfrentar el ataque del enfurecido simio que más parecía un toro. Estaba en ese momento demasiado cerca de mí como para probar un intento de salvación con el garrote; por lo tanto, simplemente lo arrojé tan fuerte como pude contra él. Le di justo debajo de las rodillas, provocándole un aullido de dolor y de rabia, y haciendo que perdiese el equilibrio de tal forma que se echó sobre mí con los brazos bien extendidos para facilitar la caída. De nuevo recurrí, como el día anterior, a instintos terráqueos, y dirigiendo mi puño derecho sobre su mentón, seguí con un golpe de izquierda en la boca del estomago. El efecto fue maravilloso, ya que al correrme ligeramente después de descargar el segundo golpe, el simio se tambaleó y cayó al suelo jadeando y retorciéndose de dolor. Entonces salté sobre el cuerpo derrumbado, tome el garrote y terminé con el monstruo antes que pudiera ponerse de pie.

En el momento de descargar el golpe, oí una risotada sonora a mis espaldas. Me di vuelta y pude ver a Tars Tarkas. Sola y tres o cuatro guerreros más en la puerta de la habitación. Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, fui por segunda vez el destinatario de su poco común aplauso.

Mi ausencia había sido advertida por Sola al despertarse y rápidamente había informado a Tars Tarkas, el que de inmediato había partido con un grupo de guerreros en mi búsqueda. Al acercarse a los limites de la ciudad habían sido testigos de las acciones del enorme simio, que había entrado en el edificio echando espuma por la boca de rabia.

Habían salido inmediatamente detrás de mí, creyendo apenas en la posibilidad de que los actos del simio pudieran dar una pista sobre mi paradero, y habían sido testigos de mi corta pero decisiva batalla con aquél. Ese encuentro, junto con la lucha que había tenido con el guerrero marciano el día anterior y mis proezas de saltarín, me ubicaban en una especie de cúspide en su aprecio.

Evidentemente, carentes de los más refinados sentimientos de amistad, amor o afecto, esas personas profesaban más el culto a la valentía y a la destreza física, y nada era mejor para el objeto de su adoración que el mantener su posición en todo lo posible por medio de repetidas muestras de habilidad, fuerza y coraje.

Sola, que había acompañado al grupo de búsqueda por propia voluntad, era la única de los marcianos cuyo rostro no se había transformado por una mueca de risa mientras peleaba por mi vida.

Ella, por el contrario, estaba serena, y tan pronto como terminé con el monstruo se precipitó hacia mí y examinó cuidadosamente mi cuerpo para comprobar si estaba herido. Satisfecha de que hubiera salido ileso, sonrió serenamente y tomándome de la mano me condujo hacia la puerta del recinto.

Tars Tarkas y los otros guerreros habían entrado y estaban alrededor de la bestia, que después de haberme salvado se estaba reanimando rápidamente y cuya vida había salvado yo, a mi vez, como agradecimiento.

Parecían tener profundas discusiones y finalmente uno de ellos se dirigió a mí, pero al recordar mi desconocimiento de su lenguaje se volvió hacia Tars Tarkas que con un gesto y una palabra dio alguna orden al compañero. Luego se dio vuelta para seguirnos.

Como parecía haber algo amenazador en su actitud hacia mi bestia, dudé en abandonarla antes de saber qué iba a ocurrir.

Por suerte no lo hice, ya que el guerrero desenfundó una pistola de apariencia diabólica y ya estaba a punto de poner fin a la vida de la criatura cuando salté y le golpeé el brazo. La bala dio contra el marco de la ventana y estalló dejando un orificio en la madera y la mampostería.

Me arrodillé entonces al lado de ese animal de apariencia terrorífica y levantándolo le indiqué que me siguiera. Las miradas de sorpresa que mis actos despertaron en los marcianos fueron cómicas. No podían entender más que en forma rudimentaria e infantil las muestras de gratitud y compasión. El guerrero cuya arma había derribado miró inquisitivamente a Tars Tarkas, pero éste le indicó que me dejara en paz y fue así como volvimos a la plaza con la enorme bestia pisándome los talones y Sola amarrándome fuertemente del brazo.

Al menos tenía dos amigos en Marte: una joven mujer que me había vigilado con solicitud de madre y una bestia silenciosa que, como luego sabría, guardaba debajo de su pobre y horrible apariencia más amor, lealtad y gratitud de la que podría haber encontrado en los cinco millones de marcianos que vagabundeaban por las ciudades desiertas y los lechos de los mares muertos de Marte.