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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 7. Los niños de Marte
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Luego de un desayuno que era la réplica exacta de la comida del día anterior y un indicio de lo que serían prácticamente todas las que tendría mientras estuviera con los marcianos, Sola me acompañó hasta la plaza, donde encontré a la comunidad entera ocupada en observar y ayudar a enganchar inmensos mastodontes a unos grandes carros de tres ruedas. Había alrededor de doscientos cincuenta de esos vehículos, cada uno tirado por un solo animal que, por su apariencia, podría haber tirado fácilmente de una caravana completa cargada hasta el tope.

Los carros en sí eran grandes y cómodos y estaban suntuosamente decorados. En cada uno estaba sentada una mujer marciana cargada de ornamentos de metal, con joyas, sedas y pieles, y sobre el lomo de los animales de tiro iba montado un joven conductor marciano. Al igual que los animales que montaban los guerreros, los de carga, más pesados, no tenían bridas ni freno, sino que eran conducidos por medios totalmente telepáticos.

Esa facultad está maravillosamente desarrollada en todos los marcianos y explica ampliamente la simplicidad de su lenguaje y las relativamente escasas palabras que intercambiaban al hablar, aun en conversaciones largas. Ese es el lenguaje universal de Marte, por cuyo medio los seres superiores e inferiores de este mundo de paradojas tienen la posibilidad de comunicarse en mayor o menor grado, según la esfera intelectual de cada especie y el desarrollo de cada individuo.

Cuando la caravana se ordenó en formación de marcha en una sola fila, Sola me condujo a un carro vacío y seguimos a la procesión hacia el punto por el cual yo había entrado en la ciudad el día anterior. A la cabeza de la caravana montaban alrededor de doscientos guerreros, en fila de cinco, y un número similar iba a la retaguardia, mientras que veinticinco o treinta marchaban a ambos lados.

Todos, excepto yo - hombres, mujeres y niños -, estaban sumamente armados, y detrás de cada carro trotaba un sabueso marciano. Mi propia bestia nos seguía de cerca. Dicho sea de paso, la leal criatura nunca me abandonaría voluntariamente durante los diez años enteros que pasé en Marte.

Nuestra ruta se internaba en el pequeño valle que había delante de la ciudad, atravesaba las montañas y descendía hacia el lecho muerto del mar que había surcado en mi viaje desde la incubadora a la plaza. La incubadora, como pude advertir, era el punto terminal de aquella jornada, y como la cabalgata se transformó en desenfrenado galope tan pronto como alcanzamos el nivel del lecho del mar, pronto tuvimos a la vista nuestra meta.

Al llegar, los carros estacionaron con precisión matemática en los cuatro costados de la construcción. La mitad de los guerreros, encabezados por un enorme caudillo, y entre ellos Tars Tarkas y otros jefes de menor importancia desmontaron y se dirigieron hacia aquélla. Pude ver a Tars Tarkas explicando algo al caudillo principal, cuyo nombre dicho sea de paso era - según la traducción más aproximada a nuestro idioma - Lorcuas Ptomel, Jed (este último es el título) Pronto pude apreciar el motivo de su conversación. Entonces, llamando a Sola, Tars Tarkas le indicó que me condujera a él.

Para ese entonces yo dominaba ya los problemas para caminar en las condiciones imperantes en Marte, de suerte que respondí rápidamente a sus órdenes y avancé hacia el costado de la incubadora, donde se encontraban los guerreros.

Cuando llegué allí, una mirada me bastó para ver que, salvo unos pocos, casi todos los huevos habían empollado y que en la incubadora pululaban aquellos pequeños demonios horribles. Tenían alrededor de un metro de alto y se movían sin descanso dentro de la incubadora, como si estuvieran buscando comida. Cuando estuve a su lado Tars Tarkas señaló hacia la incubadora y dijo "sak".

Comprendí que quería que repitiera mi función' del día anterior para regocijo de Lorcuas Ptomel y, como debo confesar que mi hazaña no me brindaba poca satisfacción, respondí con presteza y salté limpiamente sobre los carros estacionados, del lado opuesto de la incubadora. Cuando regresé, Lorcuas Ptomel me refunfuñó algo y, girando hacia donde estaban los guerreros, emitió algunas órdenes relativas a la incubadora. No me prestaron demasiada atención y de esta forma se me permitió permanecer cerca y observar sus operaciones, que consistían en romper y abrir la pared de la construcción para permitir la salida de los pequeños marcianos.

A cada lado de la abertura, las mujeres y los jóvenes de ambos sexos, formaban dos filas compactas que se extendían más allá de los carros y bastante lejos hacia la llanura. Entre estas hileras corretearon los pequeños marcianos, salvajes como ciervos, extendiéndose a lo largo de todo el corredor y allí fueron capturados tino por tino por las mujeres y los jóvenes mayores: el último de la fila capturaba al primer pequeño que llegaba al fin del corredor, el que estaba en la fila frente a aquél atrapaba al segundo, y así hasta que todos los pequeños hubiesen salido de la construcción y hubieran sido tomados por alguna mujer o algún joven. Al tomar las mujeres a los niños salían de la fila y regresaban a sus respectivos carros mientras que los que caían en manos de los jóvenes eran transferidos más tarde a alguna de las mujeres.

Vi que la ceremonia - si se la puede llamar así – terminaba, y buscando a Sola la encontré en nuestro carro con una horrible criatura pequeña aferrada fuertemente entre sus brazos.

El trabajo de crianza de los jóvenes consistía solamente en enseñarles a hablar y a usar las armas para la guerra, las que cargaban desde los primeros años de vida. Provenientes de huevos en los que habían estado, durante cinco años, el período de incubación, se enfrentaban al mundo, perfectamente desarrollados, excepto por su tamaño. Desconocían por completo a sus propias madres, quienes a su vez no podían decir con certeza quiénes eran los padres. Eran hijos de la comunidad y su educación recaía sobre las mujeres que tenían oportunidad de atraparlos cuando abandonaban la incubadora.

Las madres adoptivas podían no haber puesto siquiera un huevo en la incubadora, como era el caso de Sola, quien había empezado a ovar menos de un año antes de convertirse en madre de un vástago de otra mujer.

Pero eso tenía poca importancia entre los marcianos verdes, ya que el cariño paterno y filial era desconocido para ellos, así como es común entre nosotros. Creo que ese horrible sistema, que se sigue desde hace años, es el resultado directo de la pérdida de todo sentimiento elevado y toda sensibilidad e instinto humanitario entre esas pobres criaturas. Desde el nacimiento no conocían amor de madre ni de padre, ni conocían el significado de la palabra hogar. Se les enseñaba que solamente era permitido vivir mientras demostraran por su físico y ferocidad que eran aptos para ello. En caso de tener alguna deformación o defecto eran exterminados de inmediato; y tampoco podían derramar una lágrima, ni siquiera por una de las muchas crueles penurias que tenían que soportar desde la infancia.

No quiero significar que los marcianos adultos fuesen innecesaria e intencionalmente crueles con los jóvenes, pero la suya es una lucha dura y penosa por la subsistencia, sobre un planeta que se está muriendo. Sus recursos naturales han mermado hasta tal punto que el sostener cada nueva vida significa un gravamen más para la comunidad en la que han sido arrojados.

Por medio de una cuidadosa selección, educan solamente a los especímenes más fuertes de cada especie, y con una previsión casi sobrenatural regulan el promedio de nacimientos simplemente para compensar las pérdidas por muerte.

Cada mujer marciana adulta produce alrededor de trece huevos por año, y aquellos que llenan las exigencias de tamaño y peso específico son escondidos en el hueco de alguna cueva subterránea donde la temperatura es demasiado baja para la incubación. Cada año estos huevos son cuidadosamente examinados por un consejo de veinte jefes, y todos, salvo cien de los más perfectos, son destruidos de cada reserva anual. Al fin de cinco años, cerca de quinientos huevos casi perfectos han sido seleccionados de entre los miles producidos. Estos son entonces colocados en las incubadoras casi herméticas para que empollen con los rayos solares después de un período de otros cinco años. La empolladura que habíamos presenciado ese día era un proceso bastante representativo de los de este tipo. Salvo el tino por ciento de estos huevos, todos rompían en dos días. Si los restantes huevos rompieron, en algún momento no supimos nada del destino de los pequeños marcianos.

No los querían, ya que sus vástagos podrían heredar y transmitir la tendencia a prolongar la incubación y de ese modo echar a perder el sistema que se había mantenido durante siglos y que permitía a los marcianos adultos calcular el tiempo exacto para volver a las incubadoras con un error de más o menos una hora.

Las incubadoras estaban construidas en antiguas fortalezas donde había poca o nula probabilidad de que fueran descubiertas por otras tribus. El resultado de tal catástrofe podía significar la ausencia de niños en la comunidad durante otros cinco años. Más tarde iba a ser testigo de los resultados del descubrimiento de una incubadora ajena.

La comunidad de la cual formaban parte los marcianos con quienes estaba echada mi suerte, estaba compuesta por cerca de treinta mil almas, distribuidas en una enorme región de tierra árida y semiárida entre los 40 y 80 grados de latitud Sur, y se congregaba al este y Oeste en dos vastas comarcas fértiles. Sus cuarteles generales estaban situados en el ángulo sudoeste de este distrito, cerca del cruce de dos de los llamados canales marcianos.

Como la incubadora había sido colocada muy al norte del territorio, en un área supuestamente inhabitada y no frecuentada, teníamos por delante un tremendo viaje, acerca del cual, por supuesto, no tenía la menor idea.

Después de nuestro regreso a la ciudad muerta pasé varios días de relativo ocio. Al día siguiente de nuestro regreso todos los guerreros habían montado y habían partido temprano por la mañana, para regresar poco antes de que oscureciera. Como sabría más tarde, habían ido a las cuevas subterráneas en las que se mantenían los huevos y los habían transportado a las incubadoras que habían cerrado por otros cinco años y las cuales casi seguramente no volverían a ser visitadas durante ese período.

Las cuevas que escondían los huevos hasta que estuvieran listos para ser incubados estaban situadas a muchas millas al sur de las incubadoras y eran visitadas anualmente por un consejo de veinte jefes. Las razones por las cuales no habían tratado de construir sus cuevas e incubadoras más cerca de sus hogares serían siempre un misterio para mí y, como tantas otras costumbres marcianas, inexplicable por medio de razonamientos y costumbres humanas.

Las ocupaciones de Sola eran ahora dobles, ya que estaba obligada a cuidar tanto del pequeño marciano como de mí, pero ninguno de los dos necesitaba demasiada atención, y como ambos estábamos parejos en el avance de la educación marciana. Sola había tomado a su cargo la enseñanza de los dos juntos.

Su presa consistía en un varoncito de alrededor de dos metros de alto, muy fuerte y físicamente perfecto. También él aprendía enseguida y nos divertíamos bastante, o al menos yo, por la sutil rivalidad que poníamos de manifiesto. El lenguaje marciano, como ya dije, es extremadamente simple, de modo que en una semana pude lograr que todas mis necesidades se conocieran y entender casi todo lo que se me decía. Asimismo, bajo la tutela de Sola desarrollé mis fuerzas telepáticas y así, en poco tiempo, pude captar prácticamente todo lo que ocurría alrededor de mí.

Lo que más le sorprendió a Sola fue que, mientras yo podía captar con facilidad mensajes telepáticos de los demás y. casi siempre, cuando no estaban dirigidos a mí, nadie podía leer ni jota de mi mente en ninguna circunstancia. Al principio esto me molestó, pero después me sentí muy feliz porque eso ya me daba una indudable ventaja sobre los marcianos.