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Una Princesa de Marte.  Edgar Rice Burroughs
Capítulo 8. Una hermosa cautiva
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Al tercer día de la ceremonia de la incubadora nos pusimos en marcha hacia casa, pero apenas la cabeza de la caravana salió a campo abierto delante de la ciudad se impartieron órdenes de regresar de inmediato. Como si hubieran sido adiestrados durante años en esa particular maniobra, los marcianos se disgregaron como bruma dentro de las amplias entradas de los edificios vecinos. En menos de tres minutos la caravana de carros en su totalidad, junto con los mastodontes y los guerreros que los montaban, se perdieron de vista.

Sola y yo habíamos entrado en un edificio del frente de la ciudad - el mismo, para más datos, en el que había tenido mi encuentro con el simio -, y esperando descubrir qué era lo que había causado tan repentina retirada, subí hasta uno de los pisos superiores y desde la ventana miré el valle y las colinas más lejanas. Allí encontré la causa de nuestra rápida retirada en busca de protección: una enorme nave larga, baja y pintada de gris se mecía lentamente sobre la cresta del cerro más próximo, detrás de ella apareció otra y luego otra y otra, hasta que llegaron a sumar una veintena, meciéndose muy cerca del suelo en tanto se dirigían lenta y majestuosamente hacía nosotros.

Todas llevaban una extraña bandera que flameaba de proa a popa sobre la superestructura, y en la proa de cada una había pintada una divisa particular que brillaba a la luz del sol y se distinguía completamente aun a la distancia que estábamos de las naves.

Pude distinguir figuras que abarcaban por completo la cubierta delantera y las partes superiores de la nave. No podía precisar si nos habían descubierto o si simplemente estaban investigando la ciudad desierta; pero, fuera cual fuere su intención, recibieron una ruda recepción, ya que los marcianos, de pronto y sin previo aviso, dispararon una tremenda descarga desde las ventanas de los edificios que daban al pequeño valle a través del cual las enormes naves estaban avanzando tan pacíficamente.

La escena cambió instantáneamente como por arte de magia: la nave delantera se deslizó hacia nosotros y, apuntando sus cañones, respondió al ataque. Al mismo tiempo se movió paralelamente a nuestro frente, a poca distancia, con la evidente intención de describir un gran círculo que la colocase una vez más en posición opuesta a nuestra línea de fuego. Las otras naves la siguieron inmediatamente detrás, y todas dispararon sobre nosotros y luego volvieron a ponerse en posición.

Nuestro propio fuego no disminuyó y dudo que un veinticinco por ciento de nuestros disparos hayan errado. Nunca jamás había visto tal exactitud de puntería y parecía como si cada bala derribara una pequeña figura en una de las naves, mientras las banderas y la superestructura se desvanecían en llamaradas al pasar las certeras balas de nuestros guerreros a través de ellas.

El fuego de las naves era menos efectivo debido - como más tarde sabría - a la inesperada brusquedad del primer ataque, que tomó a la tripulación de las naves completamente de sorpresa, y a la falta de defensa de los aparatos de mira de sus armas frente a la puntería mortal de los guerreros.

Parecía como si cada guerrero verde tuviera un objetivo que abatir, bajo circunstancias relativamente similares. Por ejemplo, una proporción de ellos, siempre los mejores tiradores, dirigían sus disparos directamente sobre los aparatos de puntería de los enormes cañones de todos los tipos de las naves atacantes. Otro grupo se encargaba del armamento más pequeño de la misma forma. Otros iban eliminando a los artilleros mientras que otros hacían lo mismo con los oficiales, al tiempo que otro grupo centraba su atención sobre los otros miembros de la tripulación, la superestructura, el timón y los propulsores.

Veinte minutos después de la primera descarga, la gran escuadra se retiró en la misma dirección por la que había aparecido. Varias de las naves estaban perceptiblemente averiadas y parecían estar apenas bajo el control de su agotada tripulación. Sus disparos habían cesado por completo y todas sus energías parecían estar centradas en su intento de fuga. Nuestros guerreros se abalanzaron entonces hacia los techos de los edificios que ocupábamos y siguieron a la escuadra en retirada con tina descarga continua de fuego mortífero.

Sin embargo, una por una las naves lograron desaparecer tras las crestas de las montañas, hasta qué sólo una de las naves averiadas quedó a la vista. Había recibido el grueso de nuestro fuego y parecía estar completamente desguarnecida ya que no se podía ver una sola figura sobre su cubierta.

Lentamente se desvió de su curso y giró alrededor de nosotros en forma errática y penosa. Los guerreros cesaron el fuego instantáneamente, ya que era por demás evidente que la nave estaba completamente indefensa y no podía causarnos daño alguno. Ni siquiera era capaz de controlarse a sí misma lo suficiente como para escapar.

Cuando estaba cerca de la ciudad, los guerreros se abalanzaron sobre ella, pero era evidente que todavía estaba demasiado alto para intentar alcanzar su cubierta. Desde mi ubicación privilegiada en la ventana puede ver los cuerpos de la tripulación esparcidos en ella, aunque no puede descifrar qué tipo de criaturas eran. No había señal alguna de vida sobre la nave, mientras se elevaba lentamente bajo el impulso de la suave brisa en dirección sudeste.

Se encontraba a una altura de veinte metros, seguida por casi todos los guerreros, exceptuando unos cien, a los que se les había ordenado volver a los techos a cubrir la posibilidad de un regreso de la escuadra o de refuerzos. De pronto se hizo evidente que la nave podría chocar contra el frente de los edificios situados a un kilómetro, más o menos, al sur de nuestra posición. Mientras observaba el desarrollo de la cacería vi que un número de guerreros se adelantaba al galope, desmontaban y entraban en el edificio que parecía que la nave, iba a tocar.

Mientras ésta se acercaba al edificio, y poco antes que chocara, los guerreros marcianos se encaramaron en ella desde las ventanas, y con sus enormes lanzas atenuaron el impacto de la colisión.

En poco tiempo la sujetaron con garfios y la enorme nave fue arrastrada hacia el suelo por los que se hallaban debajo. Después de amarraría, treparon por los costados y la inspeccionaron de proa a popa.

Puede ver cómo examinaban a los tripulantes muertos, evidentemente buscando algún signo de vida.

Luego una partida surgió desde el interior, arrastrando una pequeña figura entre ellos. La criatura era menos de la mitad de alta que los guerreros marcianos y desde mi ventana pude ver que caminaba erguida. Supuse que debía de ser alguna nueva y extraña monstruosidad marciana con la cual no había tenido la oportunidad de enfrentarme todavía.

Bajaron al prisionero al suelo y realizaron el pillaje sistemático de la nave. Esta operación requirió varias horas, durante cuyo lapso hubo que recurrir a un número de carros para transportar el botín que consistía en armas, municiones, sedas, pieles, joyas, jarras de piedra extrañamente labradas y una cantidad de comida sólida y bebidas, incluso varios barriles de agua, los primeros que veía desde mi llegada a Marte.

Después que la última carga hubo sido transportada, los guerreros formaron rápidamente filas hacia la nave y la remolcaron hacia el fondo del valle en dirección sudoeste. Algunos la abandonaron y estaban muy ocupados en lo que parecía el vaciamiento del contenido de varias damajuanas sobre los cadáveres de los tripulantes, cubierta y superestructura.

Cuando terminaron esta operación, descendieron rápidamente por sus costados dejando caer las sogas de amarre al suelo. El último en abandonar la cubierta se volvió y arrojó algo hacia atrás sobre la nave, esperando un instante para comprobar el resultado de su acción.

Cuando una tenue ráfaga de fuego se elevó del punto donde había golpeado el proyectil, saltó por la borda y rápidamente llegó al suelo. Simultáneamente soltaron las cuerdas de amarre y la gran nave de guerra, aligerada por el pillaje, se remontó majestuosamente en el aire, con sus cubiertas y superestructura envueltas en llamas.

Lentamente se dirigió hacia el Sudeste, elevándose cada vez más alto a medida que las llamas iban devorando sus partes de madera e iban menguando su peso sobre ella. Entonces subí al techo del edificio y la pude observar durante horas hasta que finalmente se perdió a la distancia. El espectáculo era imponente al máximo, como si estuviera contemplando una pira funeraria flotando a la deriva y sin defensas a través de las solitarias extensiones de los cielos marcianos. Una nave de muerte y destrucción que tipificaba el modo de vida de esas criaturas extrañas y feroces, a cuyas manos poco amistosas el destino la había conducido.

Muy deprimido, sin saber bien las razones, bajé lentamente hacia la calle. La escena que había presenciado parecía sugerir el aniquilamiento de gente que me era afín, más que la derrota por nuestros guerreros de una horda de criaturas enemigas, pero similares a ellos. No podía desentrañar esta aparente alucinación, ni liberarme de ella, pero en lo más recóndito de mi alma sentí una extraña simpatía por esos enemigos desconocidos, y nació en mi una posible esperanza de que la escuadra regresara y pidiera cuentas a los marcianos verdes que tan ruda y desenfrenadamente la habían atacado.

Pegado a mis talones, como ahora era habitual en él, me seguía Woola, el sabueso, y en el instante que aparecí en la calle, Sola se abalanzó hacia mí como si hubiera sido objeto de su búsqueda. La caravana estaba regresando a la plaza, pues la marcha de regreso había quedado suspendida por ese día. En realidad no se reanudó hasta pasada más de una semana, debido al temor de un nuevo ataque de parte de las naves aéreas.

Lorcuas Ptomel era un viejo guerrero demasiado astuto para ser sorprendido en un lugar abierto con una caravana de carros y niños, y así permanecimos en la ciudad desierta hasta que el peligro pareció haber pasado.

Cuando Sola y yo entramos en la plaza, mis ojos sé encontraron con algo que llenó todo mi ser de una gran oleada de sentimientos confusos de esperanza, miedo, regocijo y depresión, y un sentimiento subconsciente, más dominante aún, de volver a la vida y a la felicidad, ya que al acercarnos a la muchedumbre pude atisbar a la criatura capturada en la batalla con la nave. La llevaba rudamente, hacia el interior de un edificio cercano, una pareja de mujeres marcianas. Lo que mis ojos vieron fue una figura femenina y esbelta, similar en todo a las mujeres humanas de mi vida anterior. Ella al principio no me vio, pero justo al desaparecer a través del portal del edificio que iba a ser su prisión se volvió y sus ojos se encontraron con los míos. Su rostro era ovalado y extremadamente bello: cada facción estaba finamente cincelada y era exquisita. Sus ojos eran grandes y brillantes y su cabeza estaba coronada por una cabellera ondulada de color negro azabache, sujeta en un extraño peinado. Su piel era algo cobriza, en contraste con la cual el rubor carmesí de sus mejillas y el rojo de sus labios hermosamente formados brillaban con un extraño efecto de realce, Estaba tan desprovista de ropa como los marcianos que la acompañaban; es más, salvo sus ornamentos extremadamente labrados, estaba completamente desnuda y ningún tipo de ropa hubiera podido realzar la belleza de su cuerpo perfecto y simétrico.

Al encontrarse conmigo, sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa e hizo una leve seña con su mano libre, seña que, por supuesto, no entendí. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y luego la chispa de esperanza y renovado valor que se había encendido en su rostro al descubrirme, se desvaneció en un total desaliento, mezcla de repulsión y desdén. Me di cuenta de que no había contestado a su seña, e ignorante como era de las costumbres marcianas, intuitivamente sentí que me había hecho una señal de súplica, de socorro y protección, que mi desafortunado desconocimiento no me había permitido contestar. En ese momento ella fue arrastrada fuera de mi vista hacia las profundidades del edificio abandonado.