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La Metamorfosis.  Franz Kafka
Capítulo 3.
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Aquella grave herida, que tardó más de un mes en curar –nadie se atrevió a quitarle la manzana, que quedó, pues, incrustada en su carne como testimonio ostensible de lo ocurrido–, pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, pese a su aspecto repulsivo actual, era un miembro de la familia, a quien no se debía tratar como a un enemigo, sino, por el contrario, con la máxima consideración, y que era un elemental deber de familia sobreponerse a la repugnancia y resignarse.

Aun cuando a causa de su herida se había mermado, acaso para siempre, su capacidad de movimiento; aun cuando precisaba ahora, como un viejo tullido, varios e interminables minutos para cruzar su habitación y no podía ni soñar en volver a trepar por las paredes, Gregorio tuvo, en aquel empeoramiento de su estado, una compensación que le pareció suficiente: por la tarde, la puerta del comedor, en la que tenía puestos fijos los ojos desde hacía una o dos horas antes, se abría, y él, echado en su cuarto a oscuras, invisible para los demás, podía observar a su familia en torno a la mesa iluminada y oír sus conversaciones con la aprobación general. Claro que dichas conversaciones no eran, ni mucho menos, las animadas charlas de otros tiempos, que Gregorio añoraba –durante sus viajes– en los cuartuchos de la fondas, al dejarse caer exhausto sobre las húmedas sábanas de una cama extraña. Ahora, las veladas eran casi siempre monótonas y tristes.

Poco después de cenar, el padre se dormía en su sillón, y la madre y la hermana se hacían mutuas señas de silencio. La madre, inclinada muy cerca de la luz, cosía lencería para una tienda, y la hermana, que se había colocado de dependienta, estudiaba por las noches estenografía y francés, con miras a conseguir un puesto mejor que el actual. De vez en cuando, el padre despertaba y, como si no se diese cuenta de haber dormido, la decía a la madre: «¡No haces más que coser!» Y volvía a dormirse en seguida, mientras la madre y la hermana, rendidas de cansancio, cambiaban una sonrisa.

El padre se negaba obstinadamente a quitarse, ni siquiera en casa, su uniforme de ordenanza. Y mientras el batín, ya inútil, colgaba de la percha, dormitaba totalmente uniformado, como si quisiera estar siempre preparado y esperase oír incluso en la casa la orden de algunos de sus jefes. De este modo el uniforme, que ya al principio no era nuevo, se fue ajando rápidamente, a pesar de los cuidados de la madre y la hermana.

Gregorio a menudo se pasaba horas enteras contemplando aquel traje lustroso, lleno de manchas, pero con los botones dorados siempre relucientes, dentro del cual su padre dormía incómodo pero tranquilo.

A las diez, la madre intentaba despertar al padre para convencerle de que se acostara y durmiera como es debido, cosa que él tanto necesitaba, puesto que entraba a trabajar a las seis. Pero el padre, con la obstinación que le caracterizaba desde que era ordenanza, insistía en permanecer más tiempo en la mesa, pese a que se dormía invariablemente y al gran trabajo que costaba hacerle cambiar el sillón por la cama.

Sordo a los argumentos de la madre y la hermana, seguía allí con los ojos cerrados dando cabezadas. La madre le tiraba de la manga, diciéndole al oído palabras cariñosas; la hermana interrumpía su tarea para ayudarla. Pero no servía de nada, pues el padre se hundía aún más en su sillón y no abría los ojos hasta que las dos mujeres le asían por debajo de los brazos. Entonces las miraba a una tras otra, y solía exclamar:

- ¡Vaya vida! ¿Ni siquiera los últimos años voy a poder estar tranquilo?

Y penosamente, como si llevara una pesada carga, se ponía de pie, apoyándose en la madre y la hermana, se dejaba acompañar hasta la puerta, les indicaba con un gesto que ya no las necesitaba, y seguía solo su camino, mientras las dos mujeres dejaban sus tareas e iban tras él para continuar ayudándole.

¿Quién, en aquella familia agotada por el trabajo, hubiera podido dedicar a Gregorio más tiempo que el estrictamente necesario? El nivel de la vida doméstica se redujo cada vez más. Se despidió a la criada y se contrató, para que ayudara en los trabajos más duros, a una asistenta corpulenta y huesuda, de cabellos blancos, que venía un rato por la mañana y otro por la tarde, y la madre tuvo que añadir a su nada desdeñable labor de costura las demás tareas de la casa. Incluso tuvieron que vender varias joyas de la familia, que en otros tiempos habían llevado orgullosas la madre y la hermana en fiestas y reuniones. Gregorio se enteró de ello por los comentarios acerca del resultado de la venta en una de las conversaciones nocturnas de la familia. Pero el mayor motivo de lamentación consistía siempre en la imposibilidad de dejar aquel piso, demasiado grande en las actuales circunstancias, ya que no había forma de trasladar a Gregorio. Sin embargo, éste se daba cuenta de que no era él el verdadero impedimento para la mudanza, ya que se le podría transportar fácilmente en un cajón con agujeros para respirar. La verdadera razón por la que no se mudaban, era porque ello les hubiera obligado a asumir plenamente el hacho de que habían sido alcanzados por una desgracia inaudita, sin precedentes en el círculo de sus parientes y conocidos.

El infortunio se cebaba en ellos: el padre tenía que ir a buscar el desayuno del humilde empleado de Banco, la madre cosía ropas de extraños, sujeta a los caprichos de los clientes. La familia estaba llegando al límite de sus fuerzas. Y Gregorio sentía renovarse el dolor de la herida de su espalda cuando la madre y la hermana, después de acostar al padre, volvían al comedor y dejaban sus respectivas tareas para sentarse muy juntas, casi mejilla con mejilla. La madre señalaba hacia la habitación d Gregorio y decía:

- Grete, cierra esa puerta.

Y Gregorio quedaba de nuevo sumido en la oscuridad, mientras en la habitación contigua las dos mujeres lloraban en silencio o se quedaban mirando fijamente a la mesa, con los ojos secos.

Gregorio casi nunca dormía, ni de noche ni de día. A veces pensaba que iba abrirse la puerta de su cuarto, y que él iba a encargarse de nuevo, como antes, de los asuntos de la familia. Volvió acordarse, tras largo tiempo, del director y el gerente del almacén, el dependiente y el aprendiz, aquel ordenanza tan robusto, dos o tres amigos que tenía en otros comercios, una camarera de una fonda provinciana... También le asaltó el recuerdo dulce y pasajero de una cajera de una sombrerería, a quien había cortejado formalmente, aunque sin empeño suficiente...

Todas estas personas se mezclaban en su mente con otras extrañas hace tiempo olvidadas; pero ninguna podía ayudarle, ni a él ni a los suyos. Eran inasequibles, y se sentía aliviado cuando lograba apartar su recuerdo. Luego, dejaba también de preocuparse por su familia, y sólo sentía hacia ella la irritación producida por la poca atención que le prestaban. No había nada que le apeteciera realmente, sin embargo, hacía planes para llegar hasta la despensa y apoderarse, aunque sin hambre, de lo que le pertenecía por derecho propio. La hermana no se preocupaba ya de buscar alimentos a su gusto; antes de irse a trabajar, por la mañana y por la tarde, empujaba con el pie cualquier cosa dentro del cuarto, y luego, al regresar, sin mirar si Gregorio sólo había probado la comida –lo cual era lo más frecuente– o si ni siquiera al había tocado, recogía los restos con la escoba. El arreglo de la habitación, que siempre tenía lugar de noche, era igualmente apresurado. Las paredes estaban cubiertas de suciedad, y el polvo y los desperdicios se amontonaban en los rincones.

En los primeros tiempos, al entrar la hermana, Gregorio se situaba precisamente en el rincón en que había más suciedad. Pero ahora podía haber permanecido allí semanas enteras sin que ella se hubiese aplicado más, pues veía la porquería tan bien como él, pero al parecer estaba decidida a dejarla. Con una susceptibilidad en ella completamente nueva, pero que se había extendido a toda la familia, no admitía que ninguna otra persona se ocupase del arreglo de la habitación. Un día, la madre quiso limpiar a fondo el cuarto de Gregorio, tarea para la que tuvo que emplear varios cubos de agua, mientras Gregorio yacía amargado e inmóvil debajo del sofá, molesto por la humedad. Pero en cuanto noto la hermana, al regresar por la tarde, el cambio operado en la habitación, se sintió terriblemente ofendida, irrumpió en el comedor y, sin escuchar las explicaciones de la madre, rompió a llorar con tal violencia y desconsuelo que los padres se asustaron. El padre, a la derecha de la madre, le reprochó el no haber cedido por entero a la hermana el cuidado de la habitación de Gregorio; la hermana, a la izquierda, dijo que ya no le sería posible encargarse de aquella limpieza. La madre quería llevarse el dormitorio al padre, que no acababa de calmarse: la hermana, sacudida por los sollozos, daba puñetazos en la mesa, y Gregorio silbaba de rabia, porque nadie se había acordado de cerrar la puerta para ahorrarle aquel espectáculo.

Pro si la hermana, extenuada por el trabajo, estaba cansada de cuidar a Gregorio, no tenía por qué reemplazarla la madre, ni Gregorio tenía por qué sentirse abandonado: para eso estaba la asistenta. Aquella viuda entrada en años, a quien su huesuda constitución debía de haber permitido resistir las mayores amarguras a lo largo de su vida, no sentía hacia Gregorio ninguna repulsión. Sin que ello pudiera achacarse a la curiosidad, abrió un día la puerta del cuarto de Gregorio, que en su sorpresa, y aunque nadie le perseguía, comenzó a correr de un lado para otro; sin embargo, la mujer permaneció inmutable, con las manos cruzadas sobre el vientre.

Desde entonces, cada mañana y cada tarde entreabría furtivamente la puerta para contemplar a Gregorio. Al principio, incluso le llamaba, con palabras que sin duda creía cariñosas, como: «¡Ven aquí, bicharraco!».

Gregorio no respondía a estas llamadas: permanecía inmóvil, como si ni siquiera se hubiese abierto la puerta. ¡Cuánto mejor hubiera sido que se ordenase a la sirvienta limpiar diariamente su cuarto, en vez de dedicarse a importunarle inútilmente!

Una mañana temprano –mientras una lluvia que parecía anunciar la inminente primavera azotaba furiosamente los cristales– la asistenta le incordió como de costumbre, y Gregorio se irritó de tal manera que se volvió contra ella, lenta y débilmente, pero en disposición de atacar. Sin embargo, en vez de asustarse, la mujer alzó en alto una silla que estaba junto a la puerta, y esperó con la boca abierta de par en par, mostrando a las claras su propósito de no cerrarla hasta no haber desgarrado sobre la espalda de Gregorio la silla que blandía.

- No vienes, ¿eh? –dijo al ver que Gregorio retrocedía. Y tranquilamente volvió a colocar la silla en el rincón.

Gregorio casi no comía. Al pasar junto a los alimentos que le ponían, tomaba algún bocado, lo guardaba en la boca durante horas, y casi siempre acababa escupiéndolo.

Al principio, pensó que su desgana era efecto de la melancolía en que le sumía el estado de su habitación; pero se acostumbró muy pronto al aspecto de ésta. Habían adoptado la costumbre de meter allí las cosas que estorbaban en otra parte, que por cierto eran muchas, pues uno de los cuartos de la casa había sido alquilado a tres huéspedes. Eran tres señores muy formales –los tres llevaban barba, según comprobó Gregorio una vez por la rendija de la puerta– y cuidaban de que reinase el orden más escrupuloso no sólo en su habitación, sino en toda la casa, y muy especialmente en la cocina. No soportaban los trastos inútiles, y mucho menos la suciedad.

Además, habían traído consigo la mayor parte de su mobiliario, lo cual hacía innecesario algunos muebles imposibles de vender, pero que la familia tampoco quería tirar. Y todas esas cosas habían ido a parar al cuarto de Gregorio, junto con el recogedor de la ceniza y el cubo de la basura. Lo que de momento no había de ser utilizado, la asistenta lo tiraba rápidamente al cuarto de Gregorio, quien, por fortuna, la mayoría de las veces, sólo veía el objeto en cuestión y la mano que lo sujetaba. Quizá tuviese intención la asistenta de volver en busca de aquellas cosas cuando tuviese tiempo, o pensara tirarlas todas de una vez; pero el hecho es que permanecían allí donde habían sido dejadas, a menos que Gregorio se revolviese contra algún trasto y lo desplazara, impulsado a ello porque el objeto en cuestión no le dejaba ya sitio libre para arrastrarse o por pura rabia, aunque después de tales traslados quedaba horriblemente triste y fatigado, sin ganas de moverse durante horas enteras.

A veces los huéspedes cenaban en casa, en el comedor, con lo cual la puerta que daba a la habitación de Gregorio permanecía cerrada también algunas noches; pero a Gregorio esto le importaba ya muy poco, pues incluso algunas noches en que la puerta estaba abierta, no había aprovechado la ocasión, sino que se había retirado, sin que la familia lo advirtiese, al rincón más oscuro de su cuarto.

Un día la sirvienta dejó algo entornada la puerta que daba al comedor, y así siguió cuando los huéspedes entraron por la noche y encendieron la luz. Se sentaron a la mesa, en los sitios antaño ocupados por el padre, la madre y Gregorio, desdoblaron las servilletas y empuñaron los cubiertos. Acto seguido llagó la madre con una fuente de carne, seguida de la hermana, que llevaba otra fuente llena de patatas.

Los huéspedes se inclinaron sobre las fuentes de humeante comida, como si quisiesen probarla antes de servirse, y, en efecto, el que se hallaba sentado en medio y parecía llevar la voz cantante, cortó un pedazo de carne en la fuente misma, sin duda para comprobar que estaba suficientemente tierna y que no era necesario devolverla a la cocina. Mostró su aprobación, y la madre y la hermana, que habían observado expectantes la operación, respiraron aliviadas y sonrieron.

La familia comía en la cocina. El padre, antes de dirigirse hacia ésta, entró en el comedor, hizo una reverencia y, con la gorra en la mano, se acercó a la mesa. Os huéspedes musitaron algo. Después, ya solos, comieron casi en silencio.

A Gregorio le resultaba extraño oír, entre los diversos ruidos de la comida, el de los dientes al masticar, como si quisiesen demostrarle que para comer se necesitan dientes, y que la más hermosa mandíbula de nada sirve sin ellos. «Qué hambre tengo – pensó Gregorio, preocupado–. Pero no son éstas las cosas que me apetecen... ¡Cómo comen estos huéspedes! ¡Y yo, mientras, muriéndome de hambre!» Aquella noche –Gregorio no recordaba haber oído el violín en todo aquel tiempo– oyó tocar en la cocina. Ya habían acabado los huéspedes de cenar. El que estaba en medio había sacado un periódico y dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres leían y fumaban recostados en sus asientos. Al oír el violín, se levantaron y, de puntillas, fueron hasta la puerta del recibidor, junto a la cual permanecieron inmóviles, apretados uno contra otro. Debieron de oírles desde la cocina, pues el padre preguntó:

- ¿A los señores les molesta la música? De ser así, puede cesar al momento.

- Todo lo contrario –aseguró el señor de más autoridad–. ¿No querría la señorita tocar aquí? Sería mucho más cómodo y agradable.

- ¡Claro no faltaba más! –contestó el padre, como si fuese él mismo el violinista.

Los huéspedes volvieron al comedor y esperaron. Muy pronto llegó el padre con el atril, luego la madre con las partituras y, por fin, la hermana con el violín. Grete lo dispuso todo para comenzar a tocar. Mientras, los padres, que nunca habían tenido habitaciones alquiladas y extremaban la cortesía para con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propios sillones. El padre quedó apoyado en la puerta, con la mano derecha metida entre los botones de la librea cerrada; uno de los huéspedes le ofreció un sillón a la madre, y ésta se sentó en un rincón apartado, pues no movió el asiento de donde aquel señor lo había colocado casualmente.

La hermana comenzó a tocar, y el padre y la madre, cada uno desde su sitio , seguían todos los movimientos de sus manos. Gregorio, atraído por la música, se atrevió a avanzar un poco y se encontró con la cabeza en el comedor. Casi no le sorprendía la escasa consideración que tenía para con los demás en los últimos tiempos; sin embargo, esa consideración había sido antes su mayor orgullo. Por otra parte, ahora más que nunca tenía motivo para ocultarse, pues, debido al estado de su habitación, cualquier movimiento que hacía levantaba nubes de polvo a su alrededor, y él mismo estaba cubierto de polvo y llevaba pegados, en el dorso y en los costados, hilachos, pelos y restos de comida. Su indiferencia hacia todos era mucho mayor que cuando podía, echado sobre la espalda, restregarse contra la alfombra. A pesar del estado en que se hallaba, no se avergonzaba lo más mínimo de arrastrarse por el inmaculado suelo del comedor.

Aunque lo cierto era que nadie se fijaba en él. La familia estaba completamente absorta por el violín, y los huéspedes, que al principio se habían colocado, con las manos en los bolsillos del pantalón, cerca del atril para poder ir leyendo las notas y molestaban seguramente a la hermana, no tardaron en retirarse hacia la ventana, en donde permanecían cuchicheando con la cabeza inclinada, observados por el padre, a quien esta actitud contrariaba visiblemente, pues parecía indicar a las claras que sus esperanzas de escuchar buena música habían sido defraudadas y empezaban a cansarse, y que sólo por cortesía seguían allí. Especialmente el modo en que echaban por la boca o la nariz el humo de sus cigarros, delataban gran nerviosidad.

Sin embargo, ¡que bien tocaba Grete! Con el rostro ladeado seguía el pentagrama atenta y tristemente. Gregorio se arrastró otro poco hacia adelante y mantuvo la cabeza pegada al suelo, ansioso de encontrar con su mirada la de su hermana.

¿Sería una fiera, que la música le emocionaba de aquel modo?

Era como si ante él se abriese un camino que había de conducirle hasta un alimento desconocido, ardientemente anhelado. Estaba decidido a llegar hasta su hermana, a tirarle de la falda y hacerle comprender que había de ir a su cuarto con el violín, porque nadie apreciaba su música como él. No la dejaría marcharse mientras él viviese. Por primera vez iba a servirle de algo su espantosa forma.

Quería poder estar a un tiempo en todas las puertas, dispuesto a saltar sobre los que pretendiesen atacarle. Pero era preciso que su hermana permaneciese junto a él, no a la fuerza, sino voluntariamente; era preciso que se sentase junto a él en el sofá, que se inclinase hacia él, y entonces le contaría al oído que había tenido el firme propósito de enviarla al conservatorio y que, de no haber sobrevenido la desgracia, durante las pasadas Navidades –pues las Navidades ya habían pasado, ¿no?– se lo hubiera dicho a los padres, sin aceptar ninguna objeción. Y al oír esta confidencia, la hermana, conmovida, rompería a llorar, y Gregorio se alzaría hasta sus hombros y la besaría en el cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba desnudo.

- Señor Samsa –dijo de pronto al padre el señor que parecía la voz cantante. Y sin más palabras señaló con el índice a Gregorio, que iba avanzando lentamente. El violín enmudeció al instante, y el señor sonrió a sus amigos, meneando la cabeza, y volvió a mirar a Gregorio.

Al padre le pareció más urgente echar de allí a Gregorio, tranquilizar a los huéspedes, los cuales no se mostraron ni muchos menos intranquilos, y parecían divertirse más con la aparición de Gregorio que con el violín. Se precipitó hacia ellos y, extendiendo los brazos, intentó empujarlos hacia su habitación a la vez que les ocultaba con su cuerpo la vista de Gregorio. Ellos, entonces, no disimularon su contrariedad, aunque no era posible saber si se debía a la actitud del padre o al hecho de descubrir que habían convivido sin saberlo con un ser de aquella índole.

Pidieron explicaciones al padre, alzaron los brazos al cielo, se mesaron las barbas nerviosamente y no retrocedieron sino muy despacio hacia su habitación.

Mientras, la hermana había logrado sobreponerse a la impresión causada por tan brusca interrupción. Permaneció un instante con los brazos caídos, sujetando con indolencia el arco y el violín, y la mirada fija en la partitura, como si todavía estuviera tocando. Y de pronto estalló: soltó el instrumento en el regazo de su madre, que seguía sentada en su sillón, respirando con gran dificultad, y corrió al cuarto contiguo, al que los huéspedes, empujados por el padre, se iban acercando ya más rápidamente. Con gran destreza manipuló mantas y almohadas, y antes de que los huéspedes entrasen en su habitación, ya había terminado de arreglarles las camas y se había escabullido.

El padre estaba tan fuera de sí que olvidaba hasta el más elemental respeto debido a los huéspedes, y los seguía empujando frenéticamente. Ya en el umbral, el que parecía llevar la voz cantante dio una patada en el suelo, y le detuvo diciendo enérgicamente:

- Participo a ustedes –alzó la mano al decir esto y buscó con la mirada también a la madre y a la hermana– que, en vista de las repugnantes circunstancias que en esta casa concurren –y al llegar aquí escupió con fuerza en el suelo–, en este mismo momento me despido. Por supuesto no voy a pagar lo más mínimo por los días que aquí he vivido; al contrario, me pensaré si he de pedirles una indemnización, la cual, desde luego, sería muy fácil de justificar.

Calló y miró a su alrededor, como esperando algo. Y, efectivamente, sus dos amigos se solidarizaron en el acto diciendo:

- También nosotros nos despedimos.

Tras lo cual, el primero en hablar agarró el picaporte y cerró la puerta de un golpe.

El padre, con paso vacilante, tanteando con las manos, fue hasta su sillón y se dejó caer en él. Parecía disponerse a echar su sueñecillo de todas las noches, pero la profunda inclinación de su cabeza, caída como sin vida, demostraba que no dormía.

Durante todo este tiempo, Gregorio había permanecido callado, inmóvil en el mismo sitio en que lo habían sorprendido los huéspedes. La decepción por el fracaso de su plan, y tal vez también la debilidad producida por el hambre, le hacían imposible el menor movimiento. No sin razón, temía que se desencadenara de un momento a otro una reacción general contra él, y esperaba. No siquiera se sobresaltó con el ruido del violín, que cayó del regazo de la madre a causa del temblor de sus manos.

- Queridos padres –dijo la hermana, dando, a modo de introducción, un fuerte puñetazo sobre la mesa–, esto no puede seguir así. Si vosotros no lo queréis ver, yo sí. Ante este monstruo, no quiero ni siquiera pronunciar el nombre de mi hermano; y, por tanto, sólo diré que hemos de librarnos de él. Hemos hecho todo lo humanamente posible para cuidarlo y soportarlo, y no creo que nadie pueda hacernos el menor reproche.

- Tienes toda la razón –dijo el padre.

La madre, que aún no podía respirar bien, comenzó a toser ahogadamente, con la mano en el pecho y los ojos extraviados como una loca.

La hermana corrió hacia ella y le sostuvo la cabeza.

Al padre, las palabras de la hermana parecían haberle movido a reflexión. Se había incorporado en el sillón, jugaba con su gorra de ordenanza por entre los platos de la cena de los huéspedes y de vez en cuando dirigía una mirada a Gregorio, impertérrito.

- Hay que deshacerse de él –repitió, por último, la hermana al padre, pues la madre, con su tos, no podía oír nada–. Esto acabará matándonos a los dos.

Cuando hay que trabajar como nosotros trabajamos, no se puede soportar, encima, una tortura como ésta. Yo tampoco puedo más.

Y se puso a llorar de tal forma que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de la madre, se las limpió mecánicamente con la mano.

- Hija mía –dijo el padre con compasión y sorprendente lucidez–. ¿Qué podemos hacer?

La hermana se encogió de hombros, expresando así la perplejidad que se había apoderado de ella mientras lloraba, en contraste con su anterior determinación.

- Si al menos nos comprendiese –dijo el padre en tono medio interrogativo.

Pero la hermana, sin cesar de llorar, agitó enérgicamente la mano, indicando con ello que no había ni que pensar en tal posibilidad.

- Si al menos nos comprendiese –insistió el padre, cerrando los ojos, como para dar a entender que él también estaba convencido de que era imposible–, tal vez pudiéramos llegar a un acuerdo con él. Pero en estas condiciones...

- Tiene que irse –dijo la hermana–. No hay más remedio, padre. Basta que procures desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo es, en realidad, la causa de nuestra desgracia. ¿Cómo puede ser Gregorio? Si lo fuera, hace ya tiempo que hubiera comprendido que unos seres humanos no pueden vivir con semejante bicho. Y se habría ido por su propia iniciativa. Habríamos perdido al hermano, pero podríamos seguir viviendo,, y su recuerdo perduraría para siempre entre nosotros. Mientras que así, este animal nos acosa, echa a los huéspedes y es evidente que quiere apoderarse de toda la casa y dejarnos en la calle. ¡Mira, padre –gritó de pronto–, ya empieza otra vez!

Y con un terror que a Gregorio le pareció incomprensible, la hermana se apartó el sillón, como si prefiriese abandonar a la madre que permanecer cerca de Gregorio, y corrió a refugiarse detrás del padre; éste, excitado a su vez por la actitud de su hija, se puso en pie, extendiendo los brazos ante Grete con gesto protector.

Gregorio no quería asustar a nadie, y mucho menos a su hermana. Lo único que había hecho era empezar a dar la vuelta para volver a su habitación, y esto era lo que había impresionado a los demás, pues, a causa de su deplorable estado, para realizar aquel difícil movimiento tenía que ayudarse con la cabeza, apoyándola en el suelo. Se detuvo y miró a su alrededor. Al parecer, su familia había captado su buena intención; sólo había sido un susto momentáneo.

Ahora todos le miraban tristes y pensativos. La madre estaba en su sillón, con las piernas muy juntas extendidas ante sí y los ojos entrecerrados de cansancio. La hermana estaba sentada junto al padre y rodeaba con su brazo el cuello de éste.

«Tal vez ya pueda moverme», pensó Gregorio, iniciando de nuevo sus penosos esfuerzos. No podía contener sus resoplidos, y de vez en cuando tenía que parase a descansar. Pero nadie le metía prisa; le dejaban actuar tranquilamente. Cuando hubo dado la vuelta, inició el regreso en línea recta. Le asombró la gran distancia que le separaba de su habitación; no lograba comprender cómo, dada su debilidad, había podido, momentos antes, recorrer ese mismo trecho sin notarlo. Con la única preocupación de arrastrarse lo más rápidamente posible, apenas se percató de que nadie le azuzaba con palabras o gritos.

Al llegar al umbral, volvió a cabeza, aunque sólo a medias, pues sentía cierta rigidez en el cuello, y vio que nada había cambiado. Únicamente su hermana se había puesto en pie.

Su última mirada había sido para su madre, que se había quedado dormida.

Apenas dentro de su habitación, oyó cerrarse rápidamente la puerta y echar la llave. El brusco ruido le asustó de tal modo que se le doblaron las patas. La hermana era quien tan prontamente había actuado. Había permanecido en pie esperando el momento de correr a encerrarlo. Gregorio no la había oído acercarse.

- ¡Por fin! –exclamó ella haciendo girar la llave en la cerradura.

«¿Y ahora?», se preguntó Gregorio mirando a su alrededor en la oscuridad.

Pronto comprendió que no podía moverse absoluto. Esto no le asombró: al contrario, no le parecía natural haber podido avanzar, como había hecho hasta entonces, con aquellas patitas tan endebles. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Si bien le dolía todo el cuerpo, le parecía que el dolor se iba atenuando poco a poco, y pensaba que, por último, cesaría. Apenas si notaba ya la manzana podrida que tenía en la espalda y la infección blanqueada por el polvo. Pensaba con emoción y cariño en los suyos. Estaba, si cabe, aun más convencido que su hermana de que tenía que desaparecer.

Permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico surgió débilmente su último suspiro.

A la mañana siguiente, cuando entró la asistenta –daba tales portazos que en cuanto llega era imposible seguir durmiendo, a pesar de lo mucho que se le había rogado que no hiciera tanto ruido– para hacer su breve visita de costumbre a Gregorio, no halló en él, al principio, nada de particular. Supuso que permanecía así, inmóvil, con toda intención, para hacerse el indiferente, pues le consideraba plenamente dotado de raciocinio. Casualmente llevaba en la mano el deshollinador, y le hizo cosquillas desde la puerta.

Al ver que seguía sin moverse, se irritó y empezó a hostigarle, y sólo después de que le hubo empujado sin encontrar ninguna resistencia se dio cuenta de lo sucedido, abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar un silbido de sorpresa. Acto seguido, abrió bruscamente la puerta del dormitorio de los padres y gritó en la oscuridad:

- ¡Ha estirado la pata!

El señor y la señora Samsa se incorporaron en la cama. Les costó bastante sobreponerse al susto, y tardaron en comprender lo que les anunciaba la asistenta. Pero en cuanto se hubieron hecho cargo de la situación, bajaron de la cama, cada uno por su lado y con la mayor rapidez posible. El señor Samsa se echó la colcha por los hombros; la señora Samsa sólo llevaba el camisón, y así entraron en la habitación de Gregorio.

Mientras, se había abierto también la puerta del comedor, donde dormía la hermana desde la llegada de los huéspedes. Grete estaba completamente vestida, como si no hubiese dormida en toda la noche, cosa que parecía confirmar la palidez de su rostro.

- ¿Muerto? –preguntó la señora Samsa, mirando interrogativamente a la asistenta, no obstante poder comprobarlo por sí misma, e incluso verlo sin necesidad de comprobación alguna.

- Así es –contestó la asistenta, empujando un buen trecho con el escobón el cadáver de Gregorio, como para comprobar la veracidad de sus palabras.

La señora Samsa hizo un movimiento como para detenerla, pero no la detuvo.

- Bueno –dijo el señor Samsa–, demos gracias a Dios.

Se santiguó, y las tres mujeres le imitaron.

Grete no apartaba la vista del cadáver:

- Qué delgado está –dijo–. Hacía tiempo que no probaba bocado. Siempre dejaba la comida intacta.

El cuerpo de Gregorio aparecía, efectivamente, completamente plano y seco. De esto sólo se daban cuenta ahora, porque ya no lo sostenían sus patitas. Nadie apartaba la vista de él.

- Grete, ven un momento con nosotros –dijo la Señora Samsa, sonriendo melancólicamente.

Y Grete, sin dejar de mirar hacia el cadáver, siguió a sus padres al dormitorio.

La asistenta cerró la puerta y abrió la ventana de par en par. Era todavía muy temprano, pero el aire no era del todo frío. Estaban a finales de marzo.

Los tres huéspedes salieron de su habitación y buscaron con la vista su desayuno.

Los habían olvidado.

- ¿Y el desayuno? –le preguntó a la asistenta, de mal humor, el que parecía llevar la voz cantante.

Pero la asistenta, poniéndose el índice ante los labios, les invitó silenciosamente, con grandes aspavientos, a entrar en la habitación de Gregorio.

Entraron, pues, y allí estuvieron, en el cuarto inundado de claridad, en torno al cadáver de Gregorio, con expresión desdeñosa y las manos hundidas en los bolsillos de sus raídos chaqués.

Entonces se abrió la puerta del dormitorio y apareció el señor Samsa, vestido con su librea, llevando del brazo a su mujer y del otro a su hija. Los tres tenían aspecto de haber llorado un poco, y Grete ocultaba de vez en cuando el rostro contra el brazo del padre.

- Salgan inmediatamente de mi casa –dijo el señor Samsa, señalando la puerta, pero sin soltar a las mujeres.

- ¿Qué pretende usted decir con esto? –le preguntó el que llevaba la voz cantante, algo desconcertado y sonriendo con timidez.

Los otros dos tenían las manos cruzadas a la espalda, y se las frotaban como si esperasen gozosos una disputa cuyo resultado les sería favorable.

- Pretendo decir exactamente lo que he dicho –contestó el señor Samsa, avanzando con las dos mujeres en una sola línea hacia el huésped.

Éste permaneció un momento callado y tranquilo, con la mirada fija en el suelo, como si estuviera ordenando sus pensamientos.

- En este caso, nos vamos –dijo, por fin, mirando al señor Samsa como si una fuerza repentina le impulsase a pedirle autorización incluso para esto.

El señor Samsa se limitó a abrir mucho los ojos y mover varias veces, breve y afirmativamente, la cabeza.

Acto seguido, el huésped se encaminó con grandes pasos al recibidor. Sus dos compañeros habían dejado de frotarse las manos, y salieron pisándole los talones, como si temiesen que el señor Samsa llegase antes al recibidor y se interpusiese entre ellos y su guía.

Una vez en el recibidor, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus bastones del paragüero, se inclinaron en silencio y abandonaron la casa.

Con desconfianza injustificada, el señor Samsa y las dos mujeres salieron al rellano y, asomados sobre la barandilla, miraron cómo aquellos tres señores, lentamente pero sin pausas, descendían la larga escalera, desapareciendo al llegar a la vuelta que daba ésta en cada piso, y reapareciendo unos segundos después.

A medida que iban bajando, disminuía el interés que hacia ellos sentía la familia Samsa, y al cruzarse con ellos el repartidor de la carnicería, que sostenía su cesto sobre la cabeza, el señor Samsa y las mujeres abandonaron la barandilla y, aliviados, entraron de nuevo en la casa.

Decidieron dedicar aquel día al descanso y a pasear: no sólo tenían bien merecida una tregua en su trabajo, sino que les era indispensable. Se sentaron, pues, a la mesa y escribieron sendas cartas disculpándose: el señor Samsa, a su superior; la señora Samsa , al dueño de la tienda, y Grete, a su jefe.

Mientras escribían, entró la asistenta a decir que se iba, pues ya había terminado su trabajo de la mañana. Los tres siguieron escribiendo sin prestarle atención y se limitaron a hacer un signo afirmativo con la cabeza. Pero al ver que no se marchaba alzaron los ojos con irritación.

- ¿Qué pasa? –preguntó el señor Samsa.

La asistenta permanecía sonriente en el umbral, como si tuviese que comunicar una feliz noticia, pero indicando con su actitud que sólo lo haría después de haber sido convenientemente interrogada. La tiesa pluma de su sombrero, que molestaba al señor Samsa desde que aquella mujer había entrado a su servicio, se bamboleaba en todas direcciones.

- Bueno, ¿qué desea? –preguntó la señora Samsa, que era la persona a quien más respetaba la asistenta.

- Pues –contestó ésta, y la risa no la dejaba seguir–, pues que no tienen que preocuparse de cómo quitar de en medio eso de ahí al lado. Ya será todo arreglado.

La señora Samsa y Grete se inclinaron otra vez sobre sus cartas, como para seguir escribiendo, y el señor Samsa, notando que la asistenta se disponía a contarlo todo minuciosamente, la detuvo, extendiendo con energía la mano hacia ella.

La asistenta, al ver que no le dejaban contar lo que traía preparado, se fue bruscamente.

- ¡Buenos días! –dijo visiblemente ofendida.

Dio medio vuelta con gran irritación y abandonó la casa dando un portazo terrible.

- Esta misma tarde la despido –dijo el señor Samsa.

Pero no recibió respuesta, ni de su mujer ni de su hija, pues la asistenta parecía haber vuelto a turbar aquella tranquilidad que acababan apenas de recobrar.

La madre y la hija se levantaron y se dirigieron hacia la ventana, ante la cual permanecieron abrazadas. El señor Samsa hizo girar su sillón en aquella dirección, y estuvo observándolas un momento tranquilamente. Luego dijo:

- Vamos, vamos. Olvidad de una vez las cosas pasadas. Tened también un poco de consideración conmigo.

Las dos mujeres le obedecieron al instante, corrieron hacia él, le abrazaron y terminaron de escribir.

Luego, salieron los tres juntos, cosa que no habían hecho desde hacía meses, y tomaron el tranvía para ir a respirar el aire puro de las afueras. El tranvía, en el cual eran los únicos viajeros, estaba inundado por la cálida luz del sol. Cómodamente recostados en sus asientos, fueron cambiando impresiones acerca del provenir, y concluyeron que, bien mirado, no era nada negro, pues sus respectivos empleos –sobre los cuales todavía no habían hablado claramente– eran muy buenos y, sobre todo, prometían mejorar en un futuro próximo.

Lo mejor que de momento podían hacer era cambiarse de casa. Les convenía una casa más pequeña y más barata y, sobre todo, mejor situada y más cómoda que la actual, que había sido elegida por Gregorio.

Mientras charlaban, el señor y la señora Samsa se dieron cuenta casi a la vez de que su hija, pese a que con tantas preocupaciones había perdido el color en los últimos tiempos, se había desarrollado y convertido en una linda joven llena de vida. Sin palabras, entendiéndose con la mirada, se dijeron uno a otro que ya iba siendo hora de encontrarle un buen marido.

Y cuando, al llegar al final del trayecto, la hija se levantó la primera e irguió sus formas juveniles, pareció corroborar los nuevos proyecto y las sanas intenciones de los padres.

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