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La Metamorfosis.  Franz Kafka
Capítulo 1.
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Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.

- ¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños - Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.

Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.

«Bueno –pensó–; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.

- ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! –se dijo–. Siempre de viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

- Estoy atontado de tanto madrugar –se dijo–. No duermo lo suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente sentados. Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían en el acto. Lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado. Hubiera ido a ver el director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no he perdido la esperanza.

En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres –unos cinco o seis años todavía–, me va a oír. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.

Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

- ¡Dios mío! -exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente.

En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador?

Desde la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado.

Pero ¿era posible seguir durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta los muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa. El muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría reprimenda del amo, pues el mozo del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado nunca enfermo. Vendría el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería de Gregorio, y refutaría cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia, fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía francamente bien, además de muy hambriento.

Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

- Gregorio –dijo la voz de su madre–, son las siete menos cuarto. ¿No tenías que ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio suya propia, que era la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a decir:

- Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa.

Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

- ¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:

- ¡Gregorio!

Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba suavemente:

- Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

- Ya estoy bien –respondió Gregorio a ambos a un tiempo, esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno, pero la hermana siguió susurrando:

- Abre, Gregorio, por favor.

Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el contrario, de la precaución –contraída en los viajes– de encerrarse en su cuarto por la noche, aun en su propia casa.

Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente, arreglarse sin que le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo después de hecho todo esto pensaría en lo demás, pues se daba cuenta de que en la cama no podía pensar con claridad. Recordaba haber sentido en más de una ocasión un vago malestar en la cama, producido, sin duda, por alguna postura incómoda, la cual, una vez levantado, se disipaba rápidamente; y tenía curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de hoy. En cuanto al cambio de su voz era simplemente el preludio de un resfriado, enfermedad profesional del viajante de comercio.

Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía ahora innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas. Y el caso es que quería incorporarse. Se estiraba; lograba por fin dominar una de sus patas; pero, mientras tanto, las demás proseguían su anárquica y penosa agitación.

«No es bueno haraganear en la cama», pensó Gregorio.

Primero intentó sacar la parte inferior del cuerpo. Pero dicha parte inferior –que no había visto todavía y que, por tanto, no podía imaginar con exactitud– resultó sumamente difícil de mover. Inició la operación muy lentamente. Hizo acopio de energías y se arrastró hacia delante. Pero calculó mal la dirección, se dio un fuerte golpe contra los pies de la cama, y el dolor subsiguiente le reveló que la parte inferior de su cuerpo era quizá, en su nuevo estado, la más sensible. Intentó, pues, sacar la parte superior, y volvió cuidadosamente la cabeza hacia el borde del lecho. Hizo esto sin problemas y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió por fin, lentamente, el movimiento iniciado por la cabeza. Pero entonces tuvo miedo de continuar avanzando de aquella forma, porque, si se dejaba caer así, sin duda se haría daño en la cabeza; y ahora menos que nunca quería Gregorio perder el sentido. Prefería quedarse en la cama.

Pero cuando, después de realizar a la inversa los mismos movimientos, en medio de grandes esfuerzos y jadeos, se halló de nuevo en la misma posición y volvió a ver sus patas moviéndose frenéticamente, comprendió que no podía hacer otra cosa, y volvió a pensar que no debía seguir en la cama y que lo más sensato era arriesgarlo todo, aunque sólo tuviera una mínima posibilidad. Pero en seguida recordó que meditar serenamente era mejor que tomar decisiones drásticas. Sus ojos se clavaron en la ventana; pero, por desgracia, la niebla que aquella mañana ocultaba por completo el lado opuesto de la calle, pocos ánimos le infundió.

«Las siete ya –pensó al oír el despertador–. ¡Las siete ya, y todavía sigue la niebla!» Durante unos momentos permaneció echado, inmóvil y respirando lentamente, como si esperase que el silencio le devolviera a su estado normal.

Pero, al poco rato, pensó: «Antes de que den las siete y cuarto es indispensable que me haya levantado. Además, seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar por mí, pues abren antes de las siete.» Se dispuso a salir de la cama, balanceándose sobre su borde. Dejándose caer de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener firmemente erguida, probablemente no sufriría daño ninguno. La espalda parecía resistente, y no le pasaría nada al dar con ella en la alfombra. Únicamente le hacía vacilar el temor al estrépito que esto habría de producir, y que sin duda asustaría a su familia. Pero no quedaba más remedio que correr el riesgo.

Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama (el nuevo método era como un juego, pues consistía simplemente en balancearse hacia atrás), cuando cayó en cuenta de que todo sería muy sencillo si alguien viniese en su ayuda. Con dos personas robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría. Sólo tendrían que pasar los brazos por debajo de su abombada espalda, sacarle de la cama y, agachándose luego con la carga, dejar que se estirara en el suelo, en donde era de suponer que las patas se mostrarían útiles. Ahora bien, y prescindiendo del hecho de que las puertas estaban cerradas con llave, ¿convenía realmente pedir ayuda? Pese a lo apurado de su situación, no pudo por menos de sonreír.

Había adelantado ya tanto, que un solo balanceo, algo más enérgico que los anteriores, bastaría para hacerle bascular sobre el borde de la cama. Además pronto no le quedaría más remedio que decidirse, pues sólo faltaban cinco minutos para las siete y cuarto. En ese momento, llamaron a la puerta del piso.

«Debe ser alguien del almacén», pensó Gregorio, mientras sus patas se agitaban cada vez más rápidamente. Por un momento permaneció todo en silencio. «No abren», pensó entonces, aferrándose a tan descabellada esperanza. Pero, como no podía por menos de suceder, oyó aproximarse a la puerta las fuertes pisadas de la criada. Y la puerta se abrió. A Gregorio le bastó oír la primera palabra del visitante para percatarse de quién era. Era el gerente en persona. ¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en la cual la más mínima ausencia despertaba inmediatamente las más terribles sospechas? ¿Es que los empleados eran todos unos sinvergüenzas? ¿Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después de perder un par de horas en la mañana, se volviese loco de remordimiento y no estuviera en condiciones de abandonar la cama? ¿Es que no bastaba con mandar a un chico a preguntar (suponiendo que tuviese fundamento esa manía de averiguar), sino que tenía que venir el mismísimo gerente a enterar a una inocente familia de que sólo él tenía autoridad para intervenir en la investigación de tan grave asunto? Y Gregorio, excitado por estos pensamientos más que decidido a ello, se tiró violentamente de la cama. Se oyó un golpe sordo, pero no demasiado. La alfombra amortiguó la caída; la espalda tenía mayor elasticidad de lo que Gregorio había supuesto, y esto evitó que el ruido fuese tan estrepitoso como había temido. Pero no tuvo cuidado de mantener la cabeza suficientemente erguida; se lastimó y el dolor le hizo frotarla furiosamente contra la alfombra.

- Algo ha ocurrido ahí dentro –dijo el gerente en la habitación de la izquierda.

Gregorio intentó imaginar que al gerente pudiera sucederle algún día lo mismo que hoy a él, cosa ciertamente posible. Pero el gerente, como replicando con energía a esta suposición, dio unos cuantos pasos por el cuarto vecino, haciendo crujir sus zapatos de charol. Desde la habitación contigua de la derecha, la hermana susurró:

- Gregorio, está aquí el gerente del almacén.

- Ya lo sé –contestó Gregorio débilmente, sin atreverse a levantar la voz hasta el punto de hacerse oír por su hermana.

- Gregorio –dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda–, ha venido el señor gerente y pregunta por qué no tomaste el primer tren. No sabemos que contestar. Además, desea hablar personalmente contigo. Con que haz el favor de abrir la puerta. El señor tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto.

- ¡Buenos días, señor Samsa! –terció entonces amablemente el gerente.

- No se encuentra bien –dijo la madre a este último mientras el padre continuaba hablando junto a la puerta–. Está enfermo, créame. ¿Cómo si no, iba a perder el tren? Gregorio no piensa más que en el almacén. ¡Si casi me molesta que no salga ninguna noche! Ahora, por ejemplo, ha estado aquí ocho días; pues bien, ¡ni una sola noche ha salido de casa! Se sienta con nosotros alrededor de la mesa lee el periódico en silencio o estudia itinerarios. Su única distracción es la carpintería. En dos o tres tardes ha tallado un marquito.

Cuando lo vea, se va a asombrar; es precioso. Está colocado en su cuarto; ahora lo verá en cuanto abra Gregorio. Por otra parte, me alegro de que haya venido usted, pues nosotros no hubiéramos podido convencer a Gregorio de que abra la puerta. ¡Es tan testarudo! Seguramente no se encuentra bien, aunque antes dijo lo contrario.

- Voy en seguida –dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder palabra de la conversación.

- Seguro que es como dice usted señora. –repuso el jefe–. Espero que no sea nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes, tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo a todo los negocios.

- Bueno –preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta–; ¿puede entrar ya el señor?

- No –respondió Gregorio.

En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha comenzó a sollozar la hermana.

¿Por qué no iba a reunirse con los demás? Claro, acababa de levantarse y ni siquiera habría empezado a vestirse. Pero ¿por qué lloraba? Acaso porque el hermano no se levantaba, porque no abría la puerta, porque corría riesgo de perder su empleo, con lo cual el dueño volvería a atormentar a los padres con las viejas deudas. Pero, por el momento, estas preocupaciones no venían a cuento. Gregorio estaba allí, y no pensaba ni remotamente en abandonar a los suyos. Yacía sobre la alfombra, y nadie que supiera en qué estado se encontraba hubiera pensado que podía hacer pasar a su jefe. Pero esta leve descortesía, que más adelante explicaría satisfactoriamente, no era motivo suficiente para despedirle. Y Gregorio pensó que, de momento, en vez de molestarle con quejas y sermones era mejor dejarle en paz. Pero la incertidumbre en que se hallaban con respecto a él era precisamente lo que inquietaba a los otros, disculpando su actitud.

- Señor Samsa –dijo por fin, el gerente con voz engolada–, ¿qué significa esto?

Se ha atrincherado usted en su cuarto y no contesta más que con monosílabos.

In quieta usted inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta a su obligación con el almacén de una manera inconcebible. Le hablo en nombre de sus padres y de la empresa, y le ruego encarecidamente que se explique en seguida y con claridad. Estoy asombrado; yo le tenía a usted por un hombre formal y juicioso, y no entiendo estas extravagancias. La verdad es que el señor director me insinuó esta mañana una posible explicación de su ausencia: el cobro que se le encomendó que hiciese efectivo anoche. Yo dije que respondía personalmente que no había ni que pensar en tal posibilidad; pero por ahora, ante esta incompresible actitud, no siento ya deseos de seguir intercediendo por usted. Su posición no es, desde luego, muy sólida. Mi intención era decirle todo esto a solas; pero como a usted al parecer no le importa hacerme perder el tiempo, no veo por qué no habrían de oírlo sus señores padres. Últimamente su trabajo ha dejado bastante que desear. Es verdad que no está en la época más propicia para los negocios; nosotros mismos lo reconocemos. Pero, señor Samsa, no hay época, no puede haberla, en que los negocios se paralicen.

- Ya voy –gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose en su excitación de todo lo demás–. Voy inmediatamente. Una ligera indisposición me retenía en la cama.

Estoy todavía acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto.

¡Un momento! Aún no me encuentro tan bien como creía. Pero ya estoy mejor. ¡No entiendo cómo me ha podido ocurrir! Ayer me encontraba perfectamente. Sí, mis padres lo saben. Mejor dicho, ya ayer percibí los primeros síntomas. ¿Cómo no me lo habrán notado? ¿Por qué no lo diría yo en el almacén? Pero siempre se cree uno que pondrá bien sin necesidad de quedarse en casa. ¡Por favor, tenga consideración de mis padres! No hay motivo para los reproches que me acaba de hacer; nunca me han dicho nada parecido. Sin duda, no ha visto usted los últimos pedidos que he transmitido.

Además, saldré en el tren de las ocho. Con estas dos horas de descanso he recuperado las fuerzas. No se entretenga usted más. En seguida voy al almacén. Explique allí esto, se lo suplico, y presente mis respetos al director.

Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio, gracias a la habilidad adquirida en la cama, se acercó sin dificultad al baúl e intentó enderezarse apoyándose en él. Quería abrir la puerta, presentarse ante el gerente, hablar con él. Sentía curiosidad por saber lo que dirían cuando le viesen los que tan insistentemente le llamaban. Si se asustaban, no era culpa de él y no tenía nada que temer. Si, por el contrario, se quedaban tranquilos, tampoco él tenía por que excitarse, y podía, si se daba prisa, estar a las ocho en la estación. Varias veces resbaló contra las lisas paredes del baúl; pero, al fin logró incorporarse. El dolor en el abdomen, aunque muy intenso, no le preocupaba. Se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patas. Logró tranquilizarse, y calló para escuchar lo que decía el gerente.

- ¿Han entendido una sola palabra? –preguntó éste a los padres–. ¿No será que se hace el loco?

- ¡Por el amor de Dios! –exclamó la madre llorando–. Tal vez se encuentre muy mal y nosotros le estamos mortificando. –Y seguidamente llamó–: ¡Grete!

¡Grete!

- ¿Qué quieres madre? –contestó la hermana desde el otro lado de la habitación de Gregorio, a través de la cual hablaban.

- Tienes que ir en seguida a buscar al médico Gregorio está enfermo. Ve corriendo. ¿Has oído cómo hablaba?

- Es una voz de animal –dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en comparación con los gritos de la madre.

- ¡Ana! ¡Ana! –llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través del recibidor y dando palmadas–. Vaya inmediatamente a buscar un cerrajero.

Se oyó por el recibidor el rumor de las faldas de dos jóvenes que salían corriendo (¿cómo se habría vestido la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del piso abrirse.

Pero no se escuchó ningún portazo. Debían de haber dejado la puerta abierta, como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.

Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda porque ya se le iba acostumbrando el oído; pero lo importante era que ya se habían percatado los demás de que algo anormal le sucedía y se disponían a acudir en su ayuda. Se sintió aliviado por la prontitud y energía con que habían tomado las primeras medidas. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba tanto del médico como del cerrajero acciones insólitas y maravillosas.

A fin de poder intervenir lo más claramente posible en las conversaciones decisivas que se avecinaban, carraspeó ligeramente; lo hizo muy levemente, por temor a que también este ruido sonase a algo que no fuese una tos humana, pues ya no tenía seguridad de poder apreciarlo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba un profundo silencio. Tal vez los padres, sentados a la mesa con el gerente, estuvieran hablando en voz baja. Tal vez permanecieran pegados a la puerta, escuchando.

Gregorio se deslizó lentamente con la silla hacia la puerta; al llegar allí, soltó la silla se dejó caer contra la puerta y se sostuvo en pie, pegado a ella por la viscosidad de sus patas. Descansó así un momento del esfuerzo realizado. Luego intentó hacer girar la llave con la boca. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos. ¿Con qué iba entonces a coger la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy fuerte y, gracias a ellas, pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño que seguramente se hacía, pues un líquido oscuro le salió por la boca, resbalando por la llave y goteando hasta el suelo.

- Escuchen –dijo el gerente–; está girando la llave.

Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre, deberían haber gritado: «¡Adelante, Gregorio!» Sí, deberían haber gritado: «¡Adelante!

¡Duro con la cerradura!» Imaginando la ansiedad con que todos seguirían sus esfuerzos, mordió con desesperación la llave, desfallecido. A medida que la llave giraba en la cerradura, Gregorio se bamboleaba en el aire, colgando por la boca, forcejeando, empujando la llave hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido metálico de la cerradura al abrirse le volvió completamente en sí.

«Bueno –se dijo con un suspiro de alivio–; no ha sido necesario que viniera el cerrajero», y dio con la cabeza en el pestillo para acabar de abrir.

Este modo de abrir la puerta fue la causa de que no le viesen inmediatamente.

Gregorio tuvo que girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran cuidado para no caer de espaldas. Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil operación, sin tiempo para pensar otra cosa, cuando oyó una exclamación del gerente que sonó como el aullido del viento, y le vio, junto a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como empujado por una fuerza invisible.

La madre –que, a pesar de la presencia del gerente, estaba allí sin arreglar, con el pelo revuelto– miró a Gregorio, juntando las manos, avanzó liego dos pasos hacia él, y se desplomó por fin, en medio de sus faldas desplegadas a su alrededor, con la cabeza caída sobre su pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, como si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; se volvió luego, saliendo con paso inseguro al recibidor y, cubriéndose los ojos con las manos, manos rompió a llorar de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho.

Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación; permaneció apoyado en la hoja de la puerta, mostrando sólo la mitad de su cuerpo, con la cabeza ladeada, contemplando a los presentes. La lluvia había amainado, y al otro lado de la calle se recortaba nítido un trozo de edificio negruzco de enfrente. Era un hospital, cuya monótona fachada jalonaban numerosas ventanas idénticas. La lluvia caía ahora en goterones aislados, que se veían llegar claramente al suelo. Sobre la mesa estaban los utensilios del desayuno; para el padre, era la comida principal del día, que prolongaba con la lectura de varios periódicos.

En la pared que Gregorio tenía enfrente, colgaba un retrato de éste durante su servicio militar, con uniforme de teniente, la mano en el puño de la espada, sonriendo despreocupadamente, con un aire que parecía exigir respeto para su uniforme y su actitud. Esa habitación daba al recibidor; por la puerta abierta se veía la del piso, también abierta, el rellano de la escalera y el primer tramo de ésta que conducía a los pisos inferiores,

- Bueno –dijo Gregorio, convencido de ser el único que había conservado la calma–. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejaréis que salga de viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo con gusto. Viajar es cansado; pero yo no sabría vivir sin viajar.

¿Adónde va usted? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido?

Uno puede tener un bajón momentáneo; pero es precisamente entonces cuando deben acordarse los jefes de lo útil que uno ha sido y pensar que, una vez superado el contratiempo, trabajará con redobladas energías. Yo, como usted bien sabe, le estoy muy agradecido al señor director. Por otra parte, tengo que atender a mis padres y a mi hermana. Es verdad que hoy me encuentro en un apuro. Pero trabajando saldré bien de él. No me ponga las cosas más difíciles de lo que están. Póngase de mi parte. Ya sé que al viajante no se le quiere. Todos creen que gana el dinero a espuertas, sin trabajar apenas. No hay ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted está más enterado de l que son las cosas que el resto del personal, incluso que el propio director, que, en su calidad de propietario, se equivoca con frecuencia respecto a un empleado. Usted sabe muy bien que el viajante, como está fuera del almacén la mayor parte del año, es fácil blanco de habladurías, equívocos y quejas infundadas, contra las cuales no le es fácil defenderse, ya que la mayoría de las veces no llegan a sus oídos, y sólo al regresar reventado de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias negativas de una acusación desconocida. No se vaya sin decirme algo que me pruebe que me da usted la razón, por lo menos en parte.

Pero, desde las primeras palabras de Gregorio, el gerente había dado media vuelta y le contemplaba por encima del hombro, con una mueca de repugnancia en el rostro.

Mientras Gregorio hablaba, no permaneció un momento quieto. Se retiró hacia la puerta sin quitarle la vista de encima, muy lentamente, como si una fuerza misteriosa le retuviese allí. Llegó, por fin, al recibidor y dio los últimos pasos con tal rapidez que parecía que estuviera pisando brasas ardientes. Alargó el brazo derecho en dirección a la escalera, como si esperase encontrar allí milagrosamente la libertad.

Gregorio comprendió que no debía permitir que el gerente se marchará de aquel modo, pues si no su puesto en el almacén estaba seriamente amenazado. No lo veían los padres tan claro como él, porque, con el transcurso de los años, habían llegado a pensar que la posición de Gregorio en aquella empresa era inamovible; además, con la inquietud del momento se habían olvidado de toda prudencia. Pero no así Gregorio, que se daba cuenta de que era indispensable retener al gerente y tranquilizarle. De ello dependía el porvenir de Gregorio y de los suyos. ¡Si al menos estuviera allí su hermana! Era muy lista; había llorado cuando Gregorio yacía aún tranquilamente sobre su espalda. Seguro que el gerente, hombre galante, se hubiera dejado convencer por la joven. Ella habría cerrado la puerta del piso y le habría tranquilizado en el recibidor. Pero no estaba su hermana, y Gregorio tenía que arreglárselas solo. Sin reparar en que todavía no conocía sus nuevas facultades de movimiento, y que lo más probable era que no lograse entender, abandonó la hoja de la puerta en que se apoyaba y se deslizó por el hueco formado al abrirse la otra con intención de avanzar hacia el gerente, que seguía cómicamente agarrado a la barandilla del rellano. Pero inmediatamente cayó al suelo, intentando con grandes esfuerzos, sostenerse sobre sus innumerables y diminutas patas, profiriendo un leve quejido. Entonces se sintió, por primera vez en el día, invadido por un verdadero bienestar: las patitas, apoyadas en el suelo, le obedecían perfectamente. Con alegría, vio que empezaban a llevarle adonde deseaba ir, dándole la sensación de que sus sufrimientos habían concluido. Pero en el momento en que Gregorio empezaba a avanzar lentamente, balanceándose a ras de tierra, no lejos y enfrente de su madre, ésta, pese a su desvanecimiento previo, dio de pronto un brinco y se puso a gritar, extendiendo los brazos con las manos abiertas: «¡Socorro! ¡Por el amor de Dios! ¡Socorro!» Inclinaba la cabeza como para ver mejor a Gregorio, pero de pronto, como para desmentir esta impresión, se desplomó hacia atrás cayendo sobre la mesa, y, ajena al hecho de que estaba aún puesta, quedó sentado en ella, sin darse cuenta de que a su lado el café salía de la cafetera volcada, derramándose sobre la alfombra.

- ¡Madre! ¡Madre! –gimió Gregorio, mirándola desde abajo. Por un momento se olvidó del gerente; y no pudo evita, ante el café vertido, abrir y cerrar repetidas veces las mandíbulas en el vacío. Su madre, gritando de nuevo y huyendo de la mesa, se lanzó en brazos del padre, que corrió a su encuentro.

Pero Gregorio no podía dedicar ya su atención a sus padres; el gerente estaba en la escalera y, con la barbilla apoyada sobre la baranda, dirigía una última mirada a aquella escena. Gregorio tomó impulso para darle alcance, pero él debió de comprender su intención, pues, de un salto, bajó varios escalones y desapareció, profiriendo unos alaridos que resonaron por toda la escalera. Para colmo de males, la huida del jefe pareció trastornar por completo al padre, que hasta entonces se había mantenido relativamente sereno; pues, en lugar de correr tras el fugitivo, o por lo menos permitir que así lo hiciese Gregorio, empuño con la diestra el bastón del gerente –que éste no había recogido, como tampoco su sombrero y su gabán, olvidados en una silla– y, armándose con la otra mano de un gran periódico que había sobre la mesa, se dispuso, dando fuertes patadas en el suelo, esgrimiendo papel y bastón, a hacer retroceder a Gregorio hasta el interior de su cuarto. De nada le sirvieron a éste sus súplicas, que no fueron entendidas; y aunque inclinó sumiso la cabeza, sólo consiguió excitar aún más a su padre. La madre, a pesar del mal tiempo, había abierto una ventana y, violentamente inclinada hacia fuera, se cubría el rostro con las manos. Entre el aire de la calle y el de la escalera se estableció una fuerte corriente; las cortinas de la ventana se ahuecaron; sobre la mesa se agitaron los periódicos, y algunas hojas sueltas se agitaron por el suelo. El padre, inflexible, resoplaba violentamente, intentando hacer retroceder a Gregorio.

Pero éste carecía aún de práctica en la marcha hacia atrás, y la cosa iba muy despacio. ¡Si al menos hubiera podido moverse! En un santiamén se hubiese encontrado en su cuarto. Pero temía, con su lentitud en girar, impacientar a su padre, cuyo bastón podía deslomarle o abrirle la cabeza. Finalmente, sin embargo, no tuvo más remedio que volverse, pues advirtió contrariado que, caminado hacia atrás, no podía controlar la dirección. Así que, sin dejar de mirar angustiosamente a su padre, empezó a girar lo más rápidamente que pudo, es decir, con extraordinaria lentitud. El padre debió percatarse de su buena voluntad, pues dejó de hostigarle, dirigiendo incluso de lejos, con la punta del bastón, el movimiento giratorio. ¡Si al menos hubiese dejado de resopla! Esto era lo que más alteraba a Gregorio. Cuando ya iba a terminar el giro, aquel resoplido le hizo equivocarse, obligándole a retroceder poco a poco. Por fin logró quedarse frente a la puerta. Pero entonces recordó que su cuerpo era demasiado ancho para poder pasar sin más. Al padre, en medio de su excitación, no se le ocurrió abrir la otra hoja para dejar espacio suficiente.

Estaba obsesionado con la idea de que Gregorio había de meterse cuanto antes en su habitación. Tampoco hubiera permitido los lentos preparativos que Gregorio necesitaba para incorporarse y, de este modo, pasar por la puerta.

Como si no hubiese problema alguno azuzaba a Gregorio con furia creciente.

Gregorio oía tras de sí una voz que parecía imposible que fuese la de un padre.

Se incrustó en el marco de la puerta. Se irguió de medio lado y quedó atravesado en el umbral, lacerándose el costado. En la puerta aparecieron unas manchas repulsivas. Gregorio quedó allí atascado, sin posibilidad de hacer el menor movimiento.

Las patitas de uno de los lados colgaban en el aire, mientras que las del otro quedaban dolorosamente oprimidas contra el suelo... En esto, el padre le dio por detrás un empujón enérgico y salvador, que lo lanzó dentro del cuarto, sangrando copiosamente.

Luego, cerró la puerta con el bastón, y por fin volvió a la calma.

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