Читать параллельно с  Английский  Немецкий  Русский 
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

El rey y la reina hacen una excursión a las fronteras. -El autor les acompaña. -Muy detallada relación del modo en que sale del país. -Regreso a Inglaterra.

Tenía yo siempre una firme confianza en que recobraría la libertad alguna vez, aunque me era imposible conjeturar por qué medios, ni formar proyecto ninguno que tuviese probabilidad de salir bien. El barco en que yo navegaba fue el único del que supiese que hubiera llegado a la vista de aquellas costas, y el rey había dado rigurosas órdenes para que, si algún otro apareciera, lo sacaran del agua y en un carro lo llevaran a Lorbrulgrud. Tenía él grandes deseos de procurarme una mujer de mi mismo tamaño con quien pudiera propagar la casta; pero yo creo que hubiese consentido morir antes que sufrir la desventura de dejar una descendencia para ser enjaulada como canarios domésticos, y quizá alguna vez vendida por todo el reino a las personas de condición, en calidad de rareza. Cierto que se me trataba con mucha amabilidad y que era el favorito de unos poderosos reyes y el deleite de toda la corte; pero todo ello bajo un pie que resultaba en desdoro de la dignidad humana. Nunca podía olvidarme de los cariños domésticos que había dejado detrás de mí. Deseaba estar entre gentes con quienes pudiese conversar en términos llanos y pasear por las calles y los campos sin miedo a ser muerto de un pisotón, como una rana o un perrillo faldero. Pero mi liberación vino más pronto de lo que yo esperaba y por caminos nada comunes. Relataré fielmente la completa historia y las circunstancias de ella.

Llevaba ya dos años en aquel país, y hacia el principio del tercero, Glumdalclitch y yo acompañábamos al rey y a la reina en un viaje a la costa Sur del reino. A mí me llevaban, según costumbre, en mi caja de viaje, que, como ya he referido, era un muy cómodo gabinete de doce pies de anchura. Yo había mandado que me colgaran una hamaca con cuerdas de seda sujetas a los cuatro ángulos superiores a fin de amortiguar los vaivenes cuando un criado me llevaba delante de él en el caballo, como muchas veces solicité, y con frecuencia dormía en ella cuando estábamos en camino. En el techo de mi gabinete, justamente sobre el centro de la hamaca, abrió el carpintero por encargo mío un agujerito de un pie cuadrado para que me entrara aire en tiempo caluroso mientras dormía, agujero que yo cerraba y abría a voluntad con un tablero que se deslizaba por una muesca.

Cuando llegamos al término de nuestro viaje, el rey encontró de su gusto pasar unos días en un palacio que tenía cerca de Flanfasnic, ciudad enclavada a unas dieciocho millas inglesas del mar. Glumdalclitch y yo estábamos muy fatigados. Yo me había enfriado un poco, y en cuanto a la pobre niña, estaba tan delicada, que no salía de su habitación. Yo ansiaba ver el océano, que había de ser el único escenario de mi escapatoria, si era que alguna vez llegaba. Fingía yo estar más enfermo de lo que estaba realmente y pedí licencia para tomar el aire fresco del mar con un paje a quien yo apreciaba mucho y a quien algunas veces me habían confiado. Nunca olvidaré con qué mala gana consintió Glumdalclitch, ni el severo encargo que hizo al paje para que tuviese cuidado conmigo, al mismo tiempo que se deshacía en lágrimas, como si tuviese algún presentimiento de lo que había de ocurrir. El joven me llevó en mi caja durante una media hora de camino desde el palacio hacia las rocas de la costa. Le ordené que me pusiera en el suelo, y levantando una de las vidrieras miré melancólica y atentamente hacia el mar. No me encontraba bueno del todo y dije al paje que iba a echar en la hamaca una siesta, que esperaba que me hiciese bien. Entré y el muchacho cerró la ventana para preservarme del frío. Me dormí pronto, y todo lo que puedo deducir es que mientras yo dormía, el paje, pensando que nada podría ocurrirme, iría a buscar entre las rocas huevos de pájaros, pues antes le había visto desde la ventana coger uno o dos de las hendeduras. Sea lo que fuere, me despertó de pronto un violento tirón del anillo que tenía la caja en la parte superior para facilitar el transporte. Sentí mi caja levantada por los aires a gran altura y luego llevada hacia adelante con velocidad prodigiosa. La primera sacudida casi me lanzó de la hamaca; pero luego el movimiento se hizo bastante suave. Grité varias veces tan alto como pude, pero no me sirvió de nada. Miré hacia las ventanas y no vi sino nubes y cielo. Oía sobre mi cabeza un ruido como de batir de alas, y entonces empecé a darme cuenta de la espantosa situación en que me veía: alguna águila había cogido sin duda en el pico mi caja por la anilla con la intención de dejarla caer sobre una peña, como una tortuga dentro de su concha, y sacar luego mi cuerpo y devorarlo. Sabido es que la sagacidad y el olfato de esta ave le permiten descubrir su presa a gran distancia y aunque esté más escondida que pudiera yo estar bajo una tabla de dos pulgadas, A poco advertí que el ruido y el aleteo aumentaban rápidamente, al tiempo que mi caja era agitada de arriba abajo como poste de señales en un día de viento. Oí como si diesen de puñadas al águila -pues estoy cierto de que tal debía de ser la que llevaba mi caja en el pico cogida por la anilla-, y de pronto me sentí caer perpendicularmente por espaco de un minuto y con tan increíble celeridad, que casi me faltó el aliento.

Mi caída terminó en un choque terrible contra un cuerpo blando, que sonó en mis oídos más fuerte que las cataratas del Niágara; después quedé durante otro minuto en obscuridad completa, y luego mi caja empezó a subir hasta una altura que me permitía ver la luz por la parte superior de las ventanas. Me di cuenta entonces de que había caído en el mar. La caja, por el peso de mi cuerpo, de los objetos que en ella había y de las anchas láminas de hierro puestas como refuerzo en las cuatro esquinas de la tapa y del fondo, flotaba sumergida más de cinco pies en el agua. Supuse entonces y supongo ahora que el águila que se llevó mi caja en el pico se vio perseguida por otras dos o tres y obligada a soltarme para defenderse de las que se llamaban a la parte en la rapiña. Las planchas de hierro fijadas en el fondo de la caja, como eran las más gruesas, impidieron el vuelco durante la caída y el destrozo contra la superficie de las aguas.Las ensambladuras de la caja estaban bien ajustadas y la puerta no se volvía sobre goznes, sino que subía y bajaba como una ventana corrediza; así, mi gabinete quedaba tan bien cerrado, que entró muy poca agua.

Con gran dificultad pude abandonar la hamaca después de haberme aventurado a correr el tablero del techo dispuesto para dejar entrada al aire, de que he hecho mención ya, pues me sentía casi asfixiado.

¡Cuántas veces deseé verme al lado de mi querida Glumdalclitch, de quien tanto me había separado el espacio de una sola hora! Y debo decir que en medio de todas mis desdichas no dejaba de entristecerme por mi pobre niñera y por el daño que de mi pérdida pudiera venirle con el disgusto de la reina y el consiguiente arruinamiento de su fortuna. Probablemente pocos viajeros se habían encontrado en dificultades y desventuras mayores de las que yo sufrí en este trance, temiendo a cada momento que mi caja se estrellase e hiciera pedazos o al menos se volcara con la primera ráfaga de aire. La simple rotura de un cristal hubiera significado la muerte inmediata, y nada hubiese librado las ventanas a no llevar el enrejado de alambre fuerte puesto por fuera a fin de evitar accidentes de viaje. Veía yo filtrarse el agua por diversas hendeduras, aunque no eran muy grandes las goteras, y traté de taparlas como pude. No podía levantar el techo de mi gabinete, lo que hubiera hecho ciertamente, de serme posible, para sentarme encima, donde, cuando menos, hubiera podido defenderme algunas horas más que encerrado en lo que podríamos llamar la bodega. Por otro lado, si lograba evitar estos peligros un día o dos, ¿qué podía esperar sino una miserable muerte de hambre y frío? Pasé cuatro horas en estas circunstancias aguardando y deseando en verdad que cada momento fuese el último de mi vida.

Ya he referido al lector que en el lado de mi caja que no tenía ventana había dos fuertes colgaderos, por los cuales el criado que me llevaba a caballo pasaba su cinto de correa que se ceñía luego al cuerpo.

Cuando estaba en aquella desconsoladora situación oí, o al menos me pareció oír, en el lado de la caja donde estaban los colgaderos, una especie de ruido como si rasparan; poco después experimenté la sensación de que empujaran o remolearan la caja mar adelante, pues de vez en cuando sentía como un tirón que levantaba las olas cerca del filo de las ventanas, dejándome casi en la obscuridad. Esto me dio alguna débil esperanza de socorro, aunque no podía imaginar por dónde había de llegarme. Me decidí a destornillar una de mis sillas, que iban sujetas al suelo; y habiendo logrado con gran esfuerzo atornillarla nuevamente debajo de la corredera que antes había abierto, me subí en la silla, y, con la boca lo más cerca que pude de la abertura, pedí socorro a grandes voces y en todos los idiomas que conocía. Luego até el pañuelo a un bastón que de ordinario llevaba, y pasándolo por el agujero, lo ondeé repetidamente, a fin de que si algún bote o barco estuviera cerca pudiesen deducir los marinos que dentro de aquella caja estaba encerrado un infeliz mortal.

No saqué provecho ninguno de nada de lo que hice. Pero yo advertía claramente que empujaban mi gabinete; y al cabo de una hora, o más, el lado de la caja donde estaban los colgaderos y no había ventana chocó contra alguna cosa dura. Calculé que fuese una roca y me vi más sacudido y agitado que me había visto hasta entonces. Oí claramente un ruido en la tapa de mi gabinete, como el que hiciese un cable, y el roce de él al pasar por la anilla. Luego me sentí levantado poco a poco, al menos tres pies de donde estaba.

A esto saqué nuevamente el pañuelo y el bastón, pidiendo auxilio hasta casi quedarme ronco, y en respuesta oí un fuerte grito, repetido por tres veces, que me produjo transportes de alegría que sólo podría concebir quien los hubiese experimentado iguales. Oí entonces pasos por encima de mi cabeza y que alguien en voz alta y en lengua inglesa decía por el agujero que si había alguna persona abajo, hablase.

Respondí que yo era un inglés arrojado por la mala suerte a la mayor calamidad que nunca sufriera humana criatura y rogué en los términos más lastimeros que me sacasen del calabozo en que estaba. Replicó la voz que estaba a salvo, porque mi caja estaba sujeta al barco suyo, y que inmediatamente llegaría el carpintero y abriría un agujero en la cubierta lo bastante grande para poder sacarme. Contesté que era innecesario y llevaría demasiado tiempo, y que no había que hacer más sino que uno de la tripulación metiera el dedo por la anilla y llevase la caja del mar al barco y luego al camarote del capitán.

Algunos, oyéndome hablar tan disparatadamente, pensaron que estaba loco; otros se echaron a reír; pues era el caso que no me daba yo cuenta de que estaba ya entre gentes de mi misma fuerza y estatura.

Llegó el carpintero y en pocos minutos abrió con la sierra una abertura de unos cuatro pies, por la que salí, y de allí me llevaron al barco en estado de debilidad extremada.

Los marineros eran todo asombro y me hacían a millares preguntas que yo no tenía maldita la gana de contestar. Estaba igualmente confundido a la vista de tantos pigmeos, pues tales parecían a mis ojos, por tanto tiempo acostumbrado a los monstruosos objetos que acababa de dejar. El capitán, Mr. Thomas Wilcocks, un digno y honrado habitante de Shropshire, observando que yo estaba a punto de desmayarme me llevó a su camarote, me dio un cordial que me confortara y me hizo acostar en su propio lecho, con la recomendación de que descansara un poco, lo que bien había menester. Antes de dormirme le di a conocer que en mi caja tenía moblaje de algún valor, que sería lástima que se perdiese: una bonita hamaca, una hermosa cama de campaña, dos sillas, una mesa y un escritorio; que el gabinete estaba tapizado y aun acolchado con seda y algodón, y que si hacía que uno de la tripulación lo entrase en su camarote lo abriría y le enseñaría mis muebles. El capitán, al oírme tales absurdos, pensó que yo deliraba. No obstante, me prometió -supongo que para serenarme- que daría órdenes según mis deseos, y subiendo a cubierta mandó a algunos hombres que entrasen en mi gabinete, de donde -según vi después- sacaron todos los muebles y arrancaron todo el acolchado; pero las sillas, el escritorio y la cama, como estaban atornillados al suelo, sufrieron gran daño por la ignorancia de los marineros que los arrancaron por la fuerza. Quitaron después a golpes algunas tablas para emplearlas en el barco, y cuando hubieron cogido todo lo que les vino en gana, tiraron al mar el armatoste, que a causa de las numerosas brechas que le habían abierto en el fondo y en los costados, se hundió rápidamente. Y por cierto que tuve a ventura no haber sido espectador del estrago que hicieron, pues tengo la seguridad de que me hubiera impresionado profundamente recordándome episodios que prefería olvidar.

Dormí algunas horas, aunque intranquilizado continuamente con sueños que me devolvían al país de donde acababa de salir y me representaban los riesgos de que había escapado. Sin embargo, al despertar me sentí muy aliviado. Eran sobre las ocho de la noche y el capitán mandó disponer la cena inmediatamente suponiendo que yo llevaría demasiado tiempo en ayunas. Me habló con gran cortesía y observó que yo no tenía aspecto extraviado ni hablaba sin fundamento, y cuando quedamos solos me pidió que le hiciese relación de mi viaje y del accidente en virtud del cual me había visto flotando a la ventura en aquella extraordinaria barca de madera. Me dijo que a eso de las doce del día estaba mirando con el anteojo y la divisó a alguna distancia, y suponiendo que fuese una vela formó propósido de acercarse -ya que no estaba muy apartado de su ruta-, con la esperanza de comprar algo de galleta, que empezaba a faltarle. Al aproximarse descubrió su error, y entonces envió la lancha para que averiguase lo que era. Sus hombres volvieron asustados, jurando que habían visto una casa que nadaba; se rió de la simpleza y entró él mismo en el bote, dando a sus hombres orden de que llevasen un cable fuerte con ellos. Aprovechando el tiempo de calma que hacía, remó a mi alrededor varias veces y observó mis ventanas y los enrejados de alambre que las protegían. Descubrió dos colgaderos en un costado, que era todo de madera, sin paso ninguno para la luz. Entonces mandó a sus hombres remar hacia aquel lado, y, atando el cable a uno de los colgaderos, les ordenó remolcar mi arca -como él decía- en dirección al barco. Cuando estuvo allí dispuso que atasen otro cable a la anilla de la tapa y que se guindase mi arca por medio de poleas, lo que entre todos los marineros no lograron en más de dos o tres pies. Añadió que había visto mi bastón y mi pañuelo salir por la abertura, y juzgó que algún desventurado debía de estar encerrado en el interior.

Le pregunté si él o la tripulación habían visto en los aires alguna gigantesca ave por el tiempo en que echaron de ver la caja por primera vez. A ello me contestó que hablando de este asunto con sus marineros, mientras yo dormía, dijo uno de ellos que había visto tres águilas que volaban hacia el Norte; pero no hizo observación ninguna en cuanto a que fuesen mayores del tamaño normal, lo cual supongo yo que ha de atribuirse a la gran altura a que estaban. No acertaba el capitán a comprender la razón de mi pregunta; le interrogué entonces a qué distancia de tierra calculaba que estaríamos. Me dijo que, según su cómputo más exacto, estábamos por lo menos a cien leguas. Le aseguré que debía de estar equivocado casi en una mitad, puesto que yo no había salido del país de que procedía más de dos horas antes de mi caída en el mar. Con esto él empezó a creer nuevamente que mi cabeza no estaba firme, lo cual me sugirió en cierto modo, y me aconsejó que me fuese a acostar a un camarote que me había preparado. Le aseguré que su buen trato y compañía me habían reconfortado mucho y que estaba tan en mi juicio como toda mi vida había estado. Se puso serio entonces y me preguntó francamente si no estaría yo perturbado por el sentimiento interior de algún enorme crimen que fuese la causa de que, por mandato de algún príncipe, se me hubiera castigado poniéndome en aquella arca, al modo que en otros países se ha lanzado a grandes criminales al mar en un barco agujereado, sin provisiones; pues aunque sentiría haber recogido en su barco a hombre tan perverso, comprometería su palabra de dejarme salvo en tierra en el primer puerto a que llegásemos. Añadió que habían aumentado sus sospechas algunos razonamientos absurdos de todo punto que yo había hecho a los marineros primero, y luego a él mismo, en relación con mi gabinete o caja, así como mi conducta y mis miradas extrañas durante la cena.

Le supliqué que tuviese paciencia para oírme referir mi historia, lo que hice puntualmente, desde mi última salida de Inglaterra hasta el momento en que me encontró. Y como la verdad siempre se abre camino en entendimientos racionales, este honrado y digno caballero, que tenía sus puntas de instruido y un criterio excelente quedó en seguida convencido de mi franqueza y veracidad. Pero para confirmar mejor cuanto le había dicho le rogué que diese orden de que llevaran mi escritorio, cuya llave tenía yo en el bolsillo -pues ya me había contado en qué modo habían los marinos usado de mi gabinete-. Lo abrí en su presencia y le mostré la pequeña colección de curiosidades que yo había reunido en el país de donde tan extrañamente me había libertado. Estaba el peine que yo había hecho con cañones de la barba de Su Majestad, y otro del mismo material, pero sujeto a una cortadura de uña del pulgar de Su Majestad la reina, que me servía como batidor. Había una colección de agujas y alfileres de un pie a media yarda de longitud; cuatro aguijones de avispas como tachuelas de carpintero; algunos cabellos de los que se le desprendían a la reina cuando la peinaban; un anillo de oro que ella me regaló un día de la manera más delicada, quitándoselo del dedo pequeño y pasándomelo por la cabeza a modo de collar. Rogué al capitán que aceptase este anillo en correspondencia a sus amabilidades; pero rehusó en absoluto. Le mostré un callo que había cortado con mis propias manos del pie de una dama de honor; venía a tener el tamaño de una manzana de Kent y estaba tan duro que a mi vuelta a Inglaterra lo hice ahuecar en forma de copa y lo monté en plata. Por último, le invité a que mirase los calzones que llevaba puestos, y que estaban hechos con la piel de un ratón.

No consintió en quedarse más que con un diente de un lacayo, que advertí que examinaba con gran curiosidad y comprendí que tenía capricho por él. Lo recibió con abundancia de palabras de agradecimiento, muchas más de las que tal chuchería pudiese merecer. Se lo había sacado un cirujano ignorante a uno de los servidores de Glumdalclitch que padecía dolor de muelas, pero estaba tan sano como cualquiera otro de su boca. Lo hice limpiar y lo guardé en mi escritorio. Tenía como un pie de largo y cuatro pulgadas de diámetro.

Quedó el capitán muy satisfecho de la sencilla relación que le hice, y me dijo que confiaba en que a mi regreso a Inglaterra haría al mundo la merced de escribirla y publicarla. Mi respuesta fue que, a mi juicio, teníamos ya demasiados libros de viaje, y apenas sucedía nada en la época que no fuese extraordinario, de donde sospechaba yo que algunos autores consultaban más que a la verdad, a su vanidad, a su interés o a la diversión de los lectores ignorantes. Y añadí que en mi historia casi no habría otra cosa que acontecimientos vulgares, sin aquellas ornamentales descripciones de extraños árboles, plantas, pájaros y otros animales, o de las costumbres bárbaras y la idolatría de pueblos salvajes, en que abundan la mayor parte de los escritores. No obstante, le di las gracias por la buena opinión en que me tenía y le ofrecí pensar el asunto.

Una cosa dijo que le había llamado mucho la atención, y era oírme hablar tan alto, y me preguntó si el rey o la reina de aquel país eran duros de oídos. Le contesté que me había acostumbrado a ello por más de dos años, y que yo me admiraba no menos de su voz y la de sus hombres, que me parecía solamente un murmullo, aunque la oía bastante bien. Cuando yo hablaba en aquel país lo hacía en el tono que lo haría un hombre que desde la calle hablase con otro a lo alto de un campanario, a menos que me tuviesen colocado sobre una mesa o en la mano de alguna persona. Le dije que también habla observado otra cosa, y era que cuando al entrar en el barco se pusieron a mi alrededor todos los marinos, me parecieron las más pequeñas e insignificantes criaturas que hubiese visto en la vida; pues a buen seguro que mientras estuve en los dominios de aquel príncipe jamás consentí mirarme a un espejo una vez que mis ojos se acostumbraron a objetos tan descomunales, porque la comparación me inspiraba un lamentable concepto de mí mismo. Me dijo el capitán que mientras cenábamos observó que yo lo miraba todo con una especie de asombro y que muchas veces apenas pude contener la risa, lo que no sabía a qué atribuir, como no fuese a algún barrunto de desequilibrio mentaI. Le respondí que era cierto; que me maravillaba de cómo había podido contenerme viendo sus fuentes del tamaño de una moneda de tres peniques, un pernil de puerco con que apenas había para un bocado, una taza más chica que una cáscara de nuez, y así continué describiendo el resto de su menaje y sus provisiones en parecidos términos. Pues he de advertir que aunque la reina me había encargado una pequeña recámara de todas las cosas precisas para mí cuando estuve a su servicio, se había apoderado de mis ideas completamente lo que por todas partes me rodeaba, y pasaba por alto mi propia pequeñez, como es corriente en cada uno hacer con sus defectos. El capitán comprendió perfectamente mis burlas, y alegremente contestó, empleando el antiguo proverbio inglés, que sospechaba que mis ojos eran mayores que mi barriga, pues no había notado que mi estómago estuviese con muchos ánimos, aunque había ayunado todo el día; y prosiguiendo en su tono regocijado, aseguró que hubiese de muy buena gana dado cien libras por ver mi gabinete en el pico del águila y después su caída en el mar desde tan grande altura, lo que, sin duda, hubiera sido un espectáculo de lo más maravilloso, y su descripción digna de ser transmitida a las edades venideras. El recuerdo de Faetón era tan obvio, que no pudo privarse de aplicarlo, aunque yo no admiré mucho la ingeniosidad.

El capitán, que había estado en Tonquín, fue empujado a su regreso a Inglaterra hacia el Nordeste, hasta los 44 grados de latitud y los 143 de longitud. Pero habiendo encontrado un viento general dos días después de estar yo a bordo, navegamos al Sur largo tiempo, y costeando Nueva Holanda guardamos nuestra ruta Oeste-sudoeste, y luego Sur-sudoeste hasta que doblamos el Cabo de Buena Esperanza. La travesía fue muy próspera, y no molestaré al lector con un diario de ella. El capitán hizo escala en uno o dos puertos y mandó la lancha en busca de provisiones y agua dulce; pero yo no salí del barco hasta que llegamos a Las Dunas, lo que sucedió el 3 de junio de 1706, nueve meses después de mi escapatoria.

Ofrecí dejar mis muebles en prenda del pago de mi viaje; pero el capitán protestó que no consentiría en tomar un céntimo. Nos despedimos amablemente y le pedí promesa de que iría a visitarme a mi casa de Recriff. Alquilé un caballo y un guía por cinco chelines que pedí prestados al capitán.

Conforme iba de camino, viendo la pequeñez de las casas, los árboles, el ganado y las personas, se me venía a las mientes mi estancia en Liliput. Tenía miedo de pisar a los caminantes que tropezaba, y muchas veces les grité que se apartasen del camino, impertinencia con que por poco hago que se rompan la cabeza dos o tres.

Cuando llegué a mi casa, por la que tuve que preguntar, un criado abrió la puerta y yo me bajé para entrar, temeroso de darme en la cabeza. Mi mujer salió corriendo a besarme, pero yo me agaché hasta más abajo de sus rodillas creyendo que de otro modo no podría alcanzarme a la boca. Mi hija se puso de rodillas para que le diese mi bendición, pero yo no la vi hasta que se hubo levantado, hecho como estaba de tanto tiempo a dirigir la cabeza y los ojos para mirar a más de sesenta pies, y luego fuí a levantarla cogiéndola con una mano por la cintura. Miraba de arriba abajo a los criados y a dos o tres amigos que había en casa, como si ellos fuesen pigmeos y yo un gigante. Dije a mi esposa que se había mostrado económica en demasía, pues apreciaba que ella y su hija estaban consumidas de hambre. En suma, me comporté de modo tan inexplicable, que todos fueron de la opinión que formó el capitán al principio de verme y dieron por cierto que había perdido el juicio. Cito esto como ejemplo de la gran fuerza de la costumbre y el prejuicio.

En poco tiempo llegué con mi familia y mis amigos a buena inteligencia; pero mi mujer protestó que nunca volvería al mar en mi vida, aunque mi destino desgraciado dispuso de modo que ella no pudo estorbarlo, como verá el lector más adelante. En tanto, doy aquí por concluída la parte segunda de mis desventurados viajes.