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El autor sale de Lagado y llega a Maldonado. -No hay barco listo. -Hace un corto viaje a Glubbdrubdrib. - Cómo le recibió el gobernador.

El continente de que forma parte este reino se extiende, según tengo razones para creer, al Este de la región desconocida de América situada al Oeste de California y al Norte del océano Pacífico, que no se encuentra a más de ciento cincuenta millas de Lagado. Esta ciudad tiene un buen puerto y mucho comercio con la gran isla de Luggnagg, situada en el Noroeste, a unos 29 grados de latitud Norte y a 140 de longitud.

Esta isla de Luggnagg está al Sudeste y a unas cien leguas de distancia del Japón. Existe una estrecha alianza entre el emperador japonés y el rey de Luggnagg, que ofrece frecuentes ocasiones de navegar de una isla a otra; en consecuencia, determiné dirigir el viaje en ese sentido para mi regreso a Europa. Alquilé un guía con dos mulas para que me enseñase el camino y trasladar mi reducido equipaje. Me despedí de mi noble protector, que tanto me había favorecido y que me hizo un generoso presente a mi partida.

No me ocurrió en el viaje aventura ni incidente digno de mención. Cuando llegué al puerto de Maldodano -que tal es su nombre- no había ningún barco destinado para Luggnagg, ni era probable que lo hubiese en algún tiempo. Pronto hice algunos conocimientos y fui hospitalariamente recibido. Un distinguido caballero me dijo que, pues los barcos destinados para Luggnagg no estarían listos antes de un mes, podría yo encontrar agradable esparcimiento en una excursion a la pequeña isla de Glubbdrubdrib, situada unas cinco leguas al Sudoeste. Se ofreció con un amigo suyo para acompañarme y asimismo para proporcionarme una pequeña embarcación adecuada a la travesía.

Glubbdrubdrib, interpretando la palabra con la mayor exactitud posible, viene a significar la isla de los hechiceros o de los mágicos. Es como una tercera parte de la isla de White y en extremo fértil; está gobernada por el jefe de una cierta tribu en que todos son mágicos. Los matrimonios se verifican solamente entre individuos de la tribu, y el más viejo es por sucesión príncipe o gobernador. Este príncipe tiene un hermoso palacio y un parque de tres mil acres aproximadamente, rodeado de un muro de piedra tallada de veinte pies de altura. En este parque hay pequeños cercados para ganados, mies y jardinería.

Sirven y dan asistencia al gobernador y a su familia criados de una especie en cierto modo extraordinaria. Su habilidad en la nigromancia concede a este gobernador el poder de resucitar a quien quiere y encargarle de su servicio por veinticuatro horas, pero no más tiempo; así como tampoco puede llamar a la misma persona otra vez antes de transcurridos tres meses, salvo en ocasiones muy excepcionales.

Cuando llegamos a la isla -lo que aconteció sobre las once de la mañana- uno de los caballeros que me acompañaban fue a ver al gobernador y le rogó que permitiese visitarle a un extranjero que iba con el propósito de tener el honor de ponerse al servicio de Su Alteza. Le fue concedido inmediatamente, y los tres pasamos por la puerta del palacio entre dos filas de guardias armados y vestidos a usanza muy antigua y con no sé qué en sus rostros, que hizo estremecer mis carnes con un horror que no puedo expresar.

Atravesamos varias habitaciones entre servidores de la misma catadura, alineados a un lado y otro, como en el caso anterior, hasta que llegamos a la sala de audiencia, donde, luego de hacer tres profundas cortesías y contestar algunas preguntas generales, nos fue permitido tomar asiento en tres banquillos próximos a la grada inferior del trono de Su Alteza. Comprendía el gobernador el idioma de Balnibarbi, aunque era distinto del de su isla. Me pidió que le diese alguna cuenta de mis viajes, y para demostrarme que sería tratado sin ceremonia mandó retirarse a sus cortesanos moviendo un dedo, a lo cual, con gran asombro mío, se desvanecieron en un instante como las visiones de un sueño cuando nos despiertan de repente. Tardé en volver en mí buen rato, hasta que el gobernador me dio seguridades de que no recibiría daño ninguno; y viendo que mis compañeros, a quienes otras muchas veces había recibido del mismo modo no aparentaban el menor cuidado, empecé a cobrar valor, e hice a Su Alteza un relato somero de mis diferentes aventuras, aunque no sin algún sobresalto ni sin mirar frecuentemente detrás de mí al sitio donde antes había visto aquellos espectros domésticos. Tuve la honra de comer con el gobernador entre una nueva cuadrilla de duendes que nos traían las viandas y nos servían la mesa. Ya en aquella ocasión me sentí menos aterrorizado que por la mañana. Seguí allí hasta la caída de la tarde, pero supliqué humildemente a Su Alteza que me excusara de aceptar su invitación de alojarme en el palacio. Mis dos amigos y yo nos hospedamos en una casa particular de la ciudad próxima, que es la capital de esta pequeña isla, y a la mañana siguiente volvimos a ponernos a las órdenes del gobernador en cumplimiento de lo que se dignó mandarnos.

De este modo continuamos en la isla diez días; las más horas de ellos, con el gobernador, y por la noche en nuestro alojamiento. Pronto me familiaricé con la vista de los espíritus, hasta el punto de que a la tercera o cuarta vez ya no me causabanimpresión ninguna, o, si tenía aún algunos recelos, la curiosidad los superaba. Su Alteza el gobernador me ordenó que llamase de entre los muertos a cualesquiera personas cuyos nombres se me ocurriesen y en el número que se me antojase, desde el principio del mundo hasta el tiempo presente, y les mandase responder a las preguntas que tuviera a bien dirigirles, con la condición de que mis preguntas habían de reducirse al periodo de los tiempos en que vivieron. Y agregó que una cosa en que podía confiar era en que me dirían la verdad indudablemente, pues el mentir era un talento sin aplicación ninguna en el mundo interior.

Expresé a Su Alteza mi más humilde reconocimiento por tan gran favor. Estábamos en un aposento desde donde se descubría una bella perspectiva del parque. Y como mi primera inclinación me llevara a admirar escenas de pompa y magnificencia, pedí ver a Alejandro el Grande a la cabeza de su ejército inmediatamente después de la batalla de Arbela; lo cual, a un movimiento que hizo con un dedo el gobernador, se apareció inmediatamente en un gran campo al pie de la ventana en que estábamos nosotros. Alejandro fue llamado a la habitación; con grandes trabajos pude entender su griego, que se parecía muy poco al que yo sé. Me aseguró por su honor que no había muerto envenenado, sino de una fiebre a consecuencia de beber con exceso.

Luego vi a Aníbal pasando los Alpes, quien me dijo que no tenía una gota de vinagre en su campo. Vi a César y a Pompeyo, a la cabeza de sus tropas, dispuestos para acometerse. Vi al primero en su último gran triunfo. Pedí que se apareciese ante mí el Senado de Roma en una gran cámara, y en otra, frente por frente, una Junta representativa moderna. Se me antojó el primero una asamblea de héroes y semidioses, y la otra, una colección de buhoneros, raterillos, salteadores de caminos y rufianes.

El gobernador, a ruego mío, hizo seña para que avanzasen hacia nosotros César y Bruto. Sentí súbitamente profunda veneración a la vista de Bruto, en cuyo semblante todas las facciones revelaban la más consumada virtud, la más grande intrepidez, firmeza de entendimiento, el más verdadero amor a su país y general benevolencia para la especie humana. Observé con gran satisfacción que estas dos personas estaban en estrecha inteligencia, y César me confesó francamente que no igualaban con mucho las mayores hazañas de su vida a la gloria de habérsela quitado. Tuve el honor de conversar largamente con Bruto, y me dijo que sus antecesores, Junius, Sócrates, Epaminondas, Catón el joven, sir Thomas Moore y él estaban juntos a perpetuidad; sextunvirato al que entre todas las edades del mundo no pueden añadir un séptimo nombre.

Sería fatigosa para el lector la referencia del gran número de gentes esclarecidas que fueron llamadas para satisfacer el deseo insaciable de ver ante mí el mundo en las diversas edades de la antigüedad.

Satisfice mis ojos particularmente mirando a los asesinos de tiranos y usurpadores y a los restauradores de la libertad de naciones oprimidas y agraviadas. Pero me es imposible expresar la satisfacción que en el ánimo experimenté de modo que pueda resultar conveniente recreo para el lector.