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Siguen las referencias acerca de Glubbdrubdrib. -Corrección de la historia antigua y moderna.

Deseando ver a aquellos antiguos que gozan de mayor renombre por su entendimiento y estudio, destiné un día completo a este propósito. Solicité que se apareciesen Homero y Aristóteles a la cabeza de todos sus comentadores; pero éstos eran tan numerosos, que varios cientos de ellos tuvieron que esperar en el patio y en las habitaciones exteriores del palacio. Conocí y pude distinguir a ambos héroes a primera vista, no sólo entre la multitud, sino también a uno de otro. Homero era el más alto y hermoso de los dos, caminaba muy derecho para su edad y tenía los ojos más vivos y penetrantes que he contemplado en mi vida. Aristóteles marchaba muy inclinado y apoyándose en un báculo; era de cara delgada, pelo lacio y fino y su voz hueca. Aprecié en seguida que ambos eran perfectamente extraños al resto de la compañía y nunca habían visto a aquellas personas ni oído hablar de ellas hasta aquel momento, y un espíritu cuyo nombre no diré me susurró al oído que estos comentadores se mantenían siempre en el mundo interior en los parajes más apartados de aquellos que ocupaban sus inspiradores, a causa del sentimiento de vergüenza y de culpa que les producía haber desfigurado tan horriblementepara la posteridad la significación de aquellos autores. Hice la presentación de Dídimo y Eustathio a Homero, recomendándole que los tratase mejor de lo que quizá merecían, pues él al instante descubrió que habían pretendido encajar un genio en el espíritu de un poeta. Pero Aristóteles no pudo guardar calma ante la cuenta que le di de quiénes eran Escoto y Ramus al tiempo que los presentaba, y les preguntó si todos los demás de la tribu eran tan zotes como ellos.

Pedí después al gobernador que llamase a Descartes y a Gassendi, a quienes hice que explicaran sus sistemas de Aristóteles. Este gran filósofo reconoció francamente sus errores en filosofía natural, debidos a que en muchas cosas había tenido que proceder por conjeturas, como todos los hombres, y observó que Gassendi -que había hecho la doctrina de Epicuro todo lo agradable que había podido- y los vórtices de Descartes estaban igualmente desacreditados. Predijo la misma suerte a la atracción, de que los eruditos de hoy son tan ardientes partidarios. Añadió que los nuevos sistemas naturales no son sino nuevas modas, llamadas a variar con los siglos; y aun aquellos cuya demostración se pretende asentar sobre principios matemáticos florecerán solamente un corto espacio de tiempo y caerán en la indiferencia cuando les llegue la hora.

Empleé cinco días en conversar con muchos otros sabios antiguos. Vi a la mayor parte de los primeros emperadores romanos. Conseguí del gobernador que llamase a los cocineros de Heliogábalo para que nos hicieran una comida; pero no pudieron demostrarnos toda su habilidad por falta de materiales. Un esclavo de Agesilao nos hizo un caldo espartano; pero me fue imposible llevarme a la boca la segunda cucharada.

Los dos caballeros que me habían llevado a la isla tenían que regresar en un plazo de tres días, urgentemente solicitados por sus negocios, y empleé ese tiempo en ver a algunos de los muertos modernos que más importantes papeles habían desempeñado durante los dos o tres siglos últimos en nuestro país y en otros de Europa. Admirador siempre de las viejas familias ilustres, rogué al gobernador que llamase a una docena o dos de reyes con sus antecesores, guardando el orden debido, de ocho o nueve generaciones. Pero mi desengaño fue inesperado y cruel, pues en lugar de una larga comitiva ornada de diademas reales, vi en una familia dos violinistas, tres bien parecidos palaciegos y un prelado italiano; y en otra, un barbero, un abad y dos cardenales. Siento demasiada veneración hacia las testas coronadas para detenerme más en punto tan delicado.

Pero por lo que hace a los condes, marqueses, duques, etc., no fue tan allá mi escrúpulo, y confieso que no sin placer seguí el rastro de los rasgos particulares que distinguen a ciertas alcurnias desde sus orígenes. Pude descubrir claramente de dónde le viene a tal familia una barbilla pronunciada; por qué tal otra ha abundado en pícaros durante dos generaciones y en necios durante dos más; por qué le aconteció a una tercera perder en entendimiento, y a una cuarta hacerse toda ella petardistas; de dónde lo que dice Polidoro Virgilio de cierta casa: Nec vir fortis, nec femina casta. Y, en fin, de qué modo la crueldad, la mentira y la cobardía han llegado a ser características por las que se distingue a determinadas familias tanto como por su escudo de armas. Y no me asombré, ciertamente, de todo esto cuando vi tal interrupción, de descendencias con pajes, lacayos, ayudas de cámara, cocheros, monteros, violinistas, jugadores, capitanes y rateros.

Quedé disgustado muy particularmente de la historia moderna; pues habiendo examinado con detenimiento a las personas de mayor nombre en las cortes de los príncipes durante los últimos cien años, descubrí cómo escritores prostituidos han extraviado al mundo hasta hacerle atribuir las mayores hazañas de la guerra a los cobardes, los más sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud romana a los traidores a su país, piedad a los ateos, veracidad a los espías; cuántas personas inocentes y meritísimas han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros sobre corrompidos jueces y por la maldad de los bandos; cuántos villanos se han visto exaltados a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho; cuán grande es la parte que en los actos y acontecimientos de cortes, consejos y senados puede imputarse a parásitos y bufones. ¡Qué bajo concepto formé de la sabiduría y la integridad humana cuando estuve realmente enterado de cuáles son los resortes y motivos de las grandes empresas y revoluciones del mundo, y cuáles los despreciables accidentes a que deben su victoria!

Allí descubrí la malicia y la ignorancia de quienes se hacen pasar por escritores de anécdotas o historia secreta y envían a docenas reyes a la tumba con una copa de veneno, repiten conversaciones celebradas por un príncipe y un ministro principal sin presencia de testigo ninguno, abren los escritorios y los pensamientos de embajadores y secretarios de Estado y tienen la desgracia continua de equivocarse. Allí descubrí las verdaderas causas de muchos grandes sucesos que han sorprendido al mundo. Un general confesó en mi presencia que alcanzó una victoria, simplemente, por la fuerza de la cobardía y del mal comportamiento; y un almirante, que por no tener la inteligencia necesaria derrotó al enemigo, a quien pretendía vender la flota. Tres reyes me aseguraron que en sus reinados respectivos jamás prefirieron a persona alguna de mérito, salvo por error o por deslealtad de algún ministro en quien confiaban, ni lo harían si vivieran otra vez; y me daban como razón poderosa la de que el trono real no podía sostenerse sin corrupción, porque ese carácter positivo, firme y tenaz que la virtud comunica a los hombres era un obstáculo perpetuo para los asuntos públicos.

Tuve la curiosidad de averiguar, con ciertas mañas, por qué métodos habían llegado muchos a procurarse altos títulos de honor y crecidísimas haciendas. Limité mis averiguaciones a una época muy moderna, sin rozar, no obstante, los tiempos presentes, porque quise estar seguro de no ofender ni aun a los extranjeros -pues supongo que no necesito decir a los lectores que en lo que vengo diciendo no trato en lo más mínimo de mirar por mi país-; fueron llamadas en gran número personas interesadas, y con un muy ligero examen descubrí tal escena de infamia, que no puedo pensar en ella sin cierto dolor. El perjurio, la opresión, la subordinación, el fraude, la alcahuetería y flaquezas análogas figuraban entre las artes más excusables de que tuvieron que hacer mención, y para ellas tuve, como era de juicio, la debida indulgencia; pero cuando confesaron algunos que debían su engrandecimiento y bienestar al vicio, otros a haber traicionado a su país o a su príncipe, quién a envenamientos, cuántos más a haber corrompido la justicia para aniquilar al inocente, mi impresión fue tal, que espero ser perdonado si estos descubrimientos me inclinan un poco a rebajar la profunda veneración con que mi natural me lleva a tratar a las personas de alto rango, a cuya sublime dignidad debemos el mayor respeto nosotros sus inferiores. Había encontrado frecuentemente en mis lecturas mención de algunos grandes servicios hechos a los príncipes y a los estados, y quise ver a las personas que los hubiesen rendido. Preguntéles, y me dijeron que sus nombres no estaban en la memoria de nadie, si se exceptuaban unos cuantos que nos presentaba la Historia como correspondientes a los bribones y traidores más viles. Por lo que hacía a los demás llamados, yo no había oído nunca hablar de ellos; todos se presentaron con miradas de abatimiento y vestidos con los más miserables trajes. La mayor parte me dijeron que habían muerto en la pobreza y la desventura, y los demás, que en un cadalso o en una horca.

Había, entre otros, un individuo cuyo caso parecía un poco singular. A su lado tenía un joven como de dieciocho años. Me dijo que durante muchos había sido comandante de un barco, y que en la batalla de Accio tuvo la buena fortuna de romper la línea principal de batalla del enemigo, hundir a éste tres de sus barcos principales y apresar otro, lo que vino a ser la sola causa de la huída de Antonio y de la victoria que se siguió. El joven que tenía a su lado, su hijo único, encontró la muerte en la batalla. Añádió que, creyendo tener algún mérito a su favor, cuando terminó la guerra fue a Roma y solicitó de la corte de Augusto ser elevado al mando de un navío mayor cuyo comandante había sido muerto; pero sin tener para nada en cuenta sus pretensiones, se dio el mando a un joven que nunca había visto el mar, hijo de una tal Libertina, que estaba al servicio de una de las concubinas del emperador. De vuelta a su embarcación, se le acusó de abandono de su deber y se dio el barco a un paje favorito de Publícola, el vicealmirante; en vista de lo cual, él se retiró a una menguada heredad a gran distancia de Roma, donde terminó su vida. Tal curiosidad me vino por conocer la verdad de esta historia, que pedí que fuese llamado Agripa, almirante en aquella batalla.

Apareció y confirmó todo el relato, pero mucho más en ventaja del capitán, cuya modestia había atenuado y ocultado gran parte de su mérito.

Me maravillé de ver a qué altura y con cuánta rapidez había llegado la corrupción de aquel imperio por la fuerza de los excesos tan tempranamente introducidos; y ello me hizo sorprender menos ante casos paralelos que se dan en otros países donde por largo tiempo han reinado vicios de toda índole y donde todo encomio, asi como todo botín, ha sido monopolizado por el comandante jefe, que quizá tenía menos derecho que nadie a uno y a otro.

Como todas las personas llamadas se aparecían exactamente como fueron en el mundo, no podía yo dejar de hacer tristes reflexiones al observar cuánto ha degenerado entre nosotros la especie humana en los últimos cien años. Llegué al extremo de pedir que se exhortase a aparecer a algunos labradores ingleses del viejo cuño, en un tiempo tan famosos por la sencillez de sus costumbres, sus alimentos y sus trajes; por la rectitud de su conducta, por su verdadero espíritu de libertad, por su valor y por su cariño a la patria. No puedo menos de conmoverme al comparar los vivos con los muertos y considerar cómo todas aquellas virtudes naturales las prostituyeron por una moneda los nietos de quienes las ostentaron, vendiendo sus votos, amañando las elecciones y, con ello, adquiriendo todos los vicios y toda la corrupción que en una corte sea dado aprender.