Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 10. El cautiverio
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Los días transcurrían repletos de enseñanzas para Colmillo Blanco. Durante el tiempo que Kiche estuvo atada al palo, él correteó por todo el campamento averiguando cosas, investigándolas, aprendiendo. Pronto llegó a saber cómo solían proceder los hombres, pero la familiaridad no engendró en él desdén. Cuanto más los iba conociendo, mas veía afirmarse su superioridad y más se manifestaba su misterioso poder. Seguía viéndolos como verdaderas divinidades.

Propio del hombre ha sido con frecuencia el dolor de ver destruidos sus dioses y derribados los altares en que se veneraban; pero al lobo y al perro salvaje que han llegado a prestar acatamiento al hombre no les ha ocurrido esto nunca. Ellos ven al hombre como un ser de carne y hueso, que puede tocarlos. Lo tienen delante andando a dos pies, garrote en mano, inmensamente poderoso, colérico o suave y cariñoso.

Para ellos es un dios hecho carne. Esto es lo que le acontecía a Colmillo Blanco. Los hombres eran para él dioses, indudable e inevitablemente. Como su madre, Kiche, les había rendido vasallaje desde la primera vez que les oyó pronunciar su nombre, él lo hacía también. Les reconocía el derecho de iniciativa, como cosa que indudablemente les pertenecía. Se apartaba a su paso para dejarles libre el camino. Cuando lo llamaban, acudía inmediatamente. A la menor amenaza, se agachaba a sus pies. En cuanto le mandaban que se fuera, echaba a correr, porque detrás de cada uno de los deseos del hombre existía siempre el poder que venía a reforzarlos, un poder que sabía hacer daño, cuyos medios de expresión eran los coscorrones y los garrotazos, las piedras que volaban por los aires y los latigazos que escocían.

Les pertenecía igual que el resto de los perros. Sus acciones se hallaban pendientes de lo que le mandaban. Su propio cuerpo les pertenecía, para manosearlo, pisarlo o simplemente tolerar su presencia. Había aprendido todo aquello rápidamente. Algo cuesta arriba se le hacía tener que ponerse en contradicción con los fortísimos y dominantes impulsos que eran propios de su naturaleza; pero aunque le repugnaba aprender a doblegarse, se iba acostumbrando a hacerlo y, casi sin darse cuenta, empezaba ya a hallar placer en ello. Era un modo de entregar su destino a manos ajenas, de evadirse de las responsabilidades de la vida. Y ya esto llevaba en sí cierta compensación, porque siempre es más fácil descansar en otro que depender de uno mismo.

Pero esa entrega de sí mismo, en cuerpo y alma, por decirlo así, no fue cosa de un día. No era posible la inmediata renuncia de su herencia salvaje y de todos los recuerdos de su vida en libertad. Hubo días en que se arrastró hasta el propio borde del bosque, y se quedó allí de pie, escuchando algo que lo llamaba allá a lo lejos. Y siempre volvía de allí inquieto, violento, para llorar suave y pensativamente junto a Kiche, y lamerle la cara con interrogante ansiedad. No cabe duda de que luchaba ante aquella forzada sumisión.

Colmillo Blanco aprendió rápidamente las costumbres del campamento. Conoció la injusticia y la voracidad de los perros mayores cuando les arrojaban las raciones de carne o de pescado. Sacó en conclusión que los hombres eran más justos, más crueles los niños, y las mujeres mas amables y más inclinadas a echarle un pedazo de carne o un hueso. Y después de dos o tres dolorosas aventuras con madres de cachorros algo mayores ya, adquirió el convencimiento de que siempre era prudente no meterse con ellas, tenerlas a la mayor distancia posible y evitar su encuentro cuando se acercaban.

Pero la causa de sus desdichas era Lip-Lip, pues Colmillo Blanco se había convertido en objeto especial de sus persecuciones. El lobato se batía de buena gana, pero siempre salía perdedor. Su enemigo era para él demasiado voluminoso. Llegó a convertirse en su pesadilla. En cuanto se apartaba de su madre, aparecía inmediatamente el bravucón, lo seguía pisándole los talones, gruñendo, molestándolo y esperando el momento oportuno en que no hubiera delante ningún hombre para echársele encima y obligarlo a la lucha. Como Lip-Lip siempre ganaba, gozaba con ello enormemente. Aquellas luchas eran el mayor placer de su vida, como resultaban para Colmillo Blanco su mayor tormento.

Pero no se acobardaba precisamente. Aunque llevaba siempre la peor parte, su espíritu permanecía indomable. Sin embargo, como consecuencia, su genio se resentía y se le veía malhumorado. Ya de nacimiento, era de genio muy vivo; pero llegó a tenerlo peor ante aquella persecución continua. Lo que en él había de alegre y juguetón, como cachorro que era, se manifestaba en pocas ocasiones. Nunca lo vieron jugar y triscar con los perros de su edad que había en el campamento. Lip-Lip no se lo hubiera permitido. En el instante mismo en que Colmillo Blanco aparecía entre ellos, ya tenía encima a Lip-Lip, echando bravatas y como perdonándole la vida si no se agarraba a él y a la fuerza lo sacaba de allí.

El resultado de todo esto fue robarle a Colmillo Blanco una buena parte de su vida de cachorro y obligarlo a conducirse como un verdadero lobo antes de tiempo. Privado de la expansión de su energía por medio del juego, se reconcentró en sí mismo, lo que activó su proceso mental. Se hizo astuto y le sobró tiempo para dedicarse a inventar toda clase de picardías. Viendo que no conseguía ninguna ración de carne o pescado cuando arrojaban el alimento a los perros del campamento, se convirtió en un hábil ladrón. Tenía que buscarse el alimento él mismo, y se lo buscó, aunque se convirtiera de esta manera en una calamidad para las mujeres del campamento. Aprendió a hurtar por todas partes con maña; a estar al tanto de cuanto ocurría; a verlo y oírlo todo para obrar en consecuencia; a inventar procedimientos seguros para burlar a su implacable perseguidor.

En los primeros días de esta persecución puso en práctica la primera de las grandes tretas que inventó, gracias a lo cual pudo saborear por primera vez el placer de la venganza. Como Kiche, cuando formaba parte de la manada de lobos, sonsacaba a los perros de los campamentos humanos para acabar después con ellos, así también Colmillo Blanco atrajo de modo parecido a Lip-Lip para que cayera en las vengadoras quijadas de Kiche. Colmillo Blanco se declaró en franca retirada frente a Lip-Lip, salió huyendo de él y emprendió una carrera como al azar, metiéndose entre las chozas del campamento indio, entrando y saliendo aquí y allá o rodeándolas. A correr no le ganaba ninguno de los cachorros de su edad, ni siquiera Lip-Lip. Pero aquel día no corrió con todas sus fuerzas; se reservó. Se limitó a permanecer siempre frente a su perseguidor, a la distancia de un salto. Se reservaba fuerzas para fatigar a su constante rival.

Lip-Lip, excitado por aquella caza y por la continua proximidad de su víctima, perdió toda cautela olvidándose del sitio en que se hallaba. Cuando se acordó de ello, ya era tarde. Se lanzó a toda velocidad en la carrera emprendida alrededor de una choza y cayó de lleno sobre Kiche, que estaba echada al extremo del palo que la sujetaba. El perrillo lanzó un gañido que revelaba consternación, y en el instante mismo recibió el castigo, pues sobre su cuerpo se cerraron las abiertas quijadas de Kiche. Estaba muy fatigada, pero, a pesar de todo, Lip-Lip no pudo desprenderse de ella fácilmente. Lo revolcó impidiéndole correr, y entonces repitió varias veces sus dentelladas, llenándolo de desgarrones con sus terribles colmillos.

Cuando al fin el perro logró rodar hasta desembarazarse de ella, se enderezó como pudo, arrastrándose, hecho una lástima, herido no solo en su cuerpo, sino también en su orgullo. Tenía el pelo tieso en mechones numerosos que señalaban dónde había hundido la loba sus dientes. Se quedó en el mismo sitio, abrió la boca y prorrumpió en el prolongado y dolorido lamento propio de los cachorros. Pero ni siquiera eso pudo terminar. En mitad del aullido, Colmillo Blanco, precipitándose sobre él, le clavó los dientes en una de sus patas posteriores. A Lip-Lip no le quedaban ya ganas de luchar, y huyó ignominiosamente con su acostumbrada víctima detrás. Este iba mordiéndole los zancajos y atormentándolo durante todo el camino que siguió para llegar a la choza que le pertenecía. Allí acudieron en su ayuda las mujeres, y Colmillo Blanco, hecho un diablo, de puro enfurecido, fue ahuyentado por fin en medio de un diluvio de piedras.

Llegó un día en que Castor Gris consideró que había pasado ya toda probabilidad de que Kiche se escapara y la soltó. Colmillo Blanco no cabía en sí de júbilo al ver libre a su madre. La acompañó alegremente por todo el campamento; y mientras él estuvo a su lado, Lip-Lip se mantuvo a respetuosa distancia. Hasta llegó a permitir que Colmillo Blanco fuera hacia él con los pelos erizados y andando muy tieso; el perrillo se hizo el desentendido. Iba a aceptar el reto, pero aunque ardiera en deseos de venganza, nada le costaba esperar a que Colmillo Blanco estuviera solo.

Aquel mismo día, algo más tarde, Kiche y su cachorro fueron vagando hasta llegar junto al bosque cercano al campamento. Él fue quien condujo allí a su madre paso a paso, y cuando vio que ella se detenía, trató de llevarla aún más lejos. El arroyo, el cubil y la quietud del bosque lo atraían, lo llamaban, y quería que su madre se fuera con él. Corrió un breve trecho, se paró y miró atrás. Ella no se había movido. El cachorro lloriqueó para persuadirla, y se metió jugueteando por la maleza, entró y salió de ella repetidas veces. Retrocedió hacia su madre, le lamió la cara y volvió a escaparse de nuevo. Ella continuaba sin moverse. Él se paró entonces y le dirigió una mirada, plagada de atención y anhelo; pero aquella expresión fue mitigándose hasta desaparecer, al observar que ella volvía la cabeza y miraba hacia el campamento.

Había algo allá, en la tierra libre y abierta, que estaba llamando al cachorro. Su madre lo oyó también. Pero oía al mismo tiempo otra llamada más fuerte y poderosa que la anterior, la voz del fuego y del hombre..., aquella voz a la que únicamente se le permitía contestar al lobo y al perro salvaje, que es su hermano.

Kiche se volvió y trotó lentamente hacia el campamento. Más fuerte que el lazo puramente físico de las cuerdas que la habían retenido, era para ella aquel otro lazo moral que le habían tendido los hombres para aprisionarla. Los dioses la tenían cogida por un lazo invisible y no querían soltarla. Colmillo Blanco se sentó a la sombra de un abedul y lloriqueó suavemente. El aire estaba impregnado del olor de los pinos, y otros sutiles aromas del bosque se mezclaban con él, recordándole su antigua vida de libertad, antes de los días de su actual cautiverio. Pero como no pasaba de ser un cachorro más o menos desarrollado, mayor fuerza que la voz de los hombres tenía para él la de su madre. Durante todos los días de su breve vida había dependido de ella. La hora de la independencia no había sonado aún para él.

Al fin se levantó, y trotando floja y resignadamente, regresó al campamento. Paró una o dos veces para sentarse y gimotear de nuevo, para oír aquella voz que aún lo estaba llamando desde las profundidades del bosque.

En la vida salvaje, el tiempo que suele dedicar una madre al cuidado de su cachorro es breve; pero bajo el dominio del hombre lo es aún más. Así ocurrió con Colmillo Blanco. Castor Gris estaba en deuda con Tres Águilas. Este se iba de excursión remontando el río Mackenzie, el gran lago de los Esclavos. Una tira de tela escarlata, una piel de oso, veinte cartuchos y Kiche sirvieron para saldar la deuda. Colmillo Blanco vio cómo se llevaban a su madre a la canoa de Tres Águilas e intentó seguirla. Un golpe del indio lo lanzó de nuevo a tierra. La canoa partió. El lobato se echó entonces al agua y se puso a nadar tras la embarcación, sin hacer caso de los gritos que le dirigía Castor Gris para que volviera. Hasta a un hombre, a un dios, se atrevió a desobedecer Colmillo Blanco: tanto terror le infundía ver que iba a perder a su madre. Pero los hombres están acostumbrados a que se les obedezca, y Castor Gris, furioso, echó al agua otra canoa y salió en persecución del lobezno. Cuando le hubo ganado la delantera a Colmillo Blanco, se agachó y, cogiéndolo por la piel del pescuezo, lo sacó del agua. No lo puso en el fondo de la canoa. Lo tuvo suspendido con una mano, mientras empleó la otra para darle una paliza. Y aquello sí que fue un soberano vapuleo. Castor Gris tenía la mano dura. Cada golpe lo asestaba del modo que más podía doler, y los que dio fueron numerosísimos y aplicados con fuerza.

Impulsado por aquel diluvio de porrazos, que igual venían de un lado que de otro, Colmillo Blanco se balanceaba como un péndulo que se movía a saltos. Bien variadas fueron las emociones que experimentó. Al principio, no sintió más que sorpresa. Luego vino el miedo, momentáneo, cuando a cada manotazo contestaba él con varios latidos. Pero a esto siguió la cólera. Era la afirmación de su libre naturaleza, y así mostró los dientes y le gruñó en el rostro, sin miedo ya, al enfurecido dios que le pegaba. Pero aquello no sirvió más que para aumentar todavía la furia del hombre. Arreciaron los golpes, cada vez más duros y crueles.

Castor Gris seguía zurrando de lo lindo, y Colmillo Blanco, gruñendo. La cosa no podía durar siempre. Uno de los dos debía ceder, y fue Colmillo Blanco. El miedo volvió a apoderarse de él. Por primera vez se hallaba de verdad entre las manos de un hombre. Los palos y pedradas que había tenido que sufrir antes, de vez en cuando, resultaban caricias en comparación con lo de ahora. Su ánimo desfalleció y comenzó a lloriquear y a dar gañidos. Al principio, cada golpe le arrancaba uno; pero el miedo se convirtió en verdadero terror, y finalmente aquello fue un coro no interrumpido, que ninguna relación guardaba con el ritmo del castigo.

Al fin Castor Gris detuvo la mano. Colmillo Blanco, derrengado, continuó lloriqueando. Aquello dejó satisfecho a su amo, que lo arrojó brutalmente al fondo de la canoa. Entretanto, esta se había ido deslizando por la corriente. El indio empuñó el canalete*. Como Colmillo Blanco le estorbaba para ello, lo apartó de un furioso puntapié. Por un momento reapareció en el lobato su libre e indómita naturaleza y clavó los dientes en aquel pie calzado con zapatos de piel blanda.

La paliza que había tenido que soportar antes no fue nada en comparación con la que recibió ahora. La ira de Castor Gris fue terrible, tanto como el miedo que sintió Colmillo Blanco. No solo con la mano, sino con el mismo remo le pegaba también, y cuando el lobato se vio arrojado de nuevo al fondo de la canoa, todo su cuerpecillo, lleno de cardenales, le dolía. De nuevo, y esta vez con toda intención, Castor Gris repitió el puntapié. El lobato, en cambio, se guardó de morder el pie que lo castigaba. Acababa de aprender otra de las lecciones de su cautiverio. Jamás, fuera lo que fuese lo que le ocurriera, debía osar morder al dios que era su dueño y señor: el cuerpo de este era sagrado y no podían profanarlo dientes como los suyos. Aquello constituía, según toda evidencia, el mayor de los crímenes, un sacrilegio imperdonable, para el cual no había tolerancia posible.

Cuando la canoa llegó a la orilla, Colmillo Blanco seguía echado, gimiendo y en la inmovilidad completa, esperando que Castor Gris manifestara su voluntad. El indio decidió que saltara a tierra, pues a ella lo arrojó. El animal recibió un tremendo batacazo sobre las costillas que empeoró el dolor de sus cardenales. Se arrastró hasta ponerse en pie, mientras se quejaba desconsolado. Lip-Lip, que estaba observando toda la escena desde la orilla, aprovechó la ocasión para arremeter contra él, derribándolo y clavando los dientes en su cuerpo. Colmillo Blanco estaba ya demasiado extenuado para defenderse, y seguramente la cosa hubiera terminado mal si no llega a ser por otro puntapié de Castor Gris, que levantó en el aire a Lip-Lip con tal violencia que lo envió a estrellarse contra el suelo a tres o cuatro metros de distancia. Aquello era la justicia del hombre. Incluso en el lamentable estado en que se hallaba el lobezno, sintió un estremecimiento de gratitud. Sin apartarse lo más mínimo de los pies de Castor Gris, le siguió cojeando a través del campamento hasta llegar a su choza. Y así fue como Colmillo Blanco llegó a comprender que el derecho de castigo era algo que los dioses se reservaban para su uso particular, negándolo a los seres inferiores que estaban bajo su dominio. Esta era la brutal ley de la fuerza.

Aquella noche, cuando todo estuvo quieto y silencioso, Colmillo Blanco pensó en su madre y le entristeció el recuerdo. Su tristeza se manifestó demasiado ruidosamente, y Castor Gris le pegó por ello. En lo sucesivo expresó con mayor suavidad sus penas cuando los dioses se hallaban cerca. Pero de vez en cuando se escapaba a la linde del bosque y daba rienda suelta a su dolor por medio de desesperados lloriqueos y lamentos.

En este período, nada habría tenido de extraño que los recuerdos de su cubil y del arroyo cercano le hubieran hecho escapar definitivamente. Pero el recuerdo de su madre lo de tuvo. Los hombres que iban de caza regresaban después; su madre también volvería algún día a la ambulante aldea india. Siguió, pues, en su cautiverio esperando que ella volviera. Después de todo, aquello no era tan malo. Había muchas cosas que le interesaban. Siempre ocurría algo. Las cosas que aquellos raros dioses realizaban no tenían fin, y a él le acuciaba siempre el curioso deseo de verlas. Por otra parte, iba aprendiendo el modo de adaptarse a Castor Gris. La obediencia, rígida, sin vacilaciones ni desvíos, era lo que se le exigía; a cambio no se le golpeaba y se le permitía vivir.

No solo eso, sino que a veces su amo hasta le arrojaba un pedazo de carne, y acudía en su defensa cuando los perros querían arrebatárselo. Aquel bocado tenía valor especial. Extrañamente, valía mucho más que la docena de pedazos de carne que recibía de manos de alguna de las mujeres. Castor Gris no mimaba ni acariciaba. Quizá fuera lo dura que tenía la mano, quizá su justiciero espíritu, tal vez su evidente poder, o bien todas estas cosas juntas, lo que influyó en Colmillo Blanco; pero la verdad era que se iba formando cierto lazo de unión entre él y su áspero y sombrío dueño.

De esta manera, los grilletes del cautiverio de Colmillo Blanco se iban apretando más y más. Aquellas cualidades de su raza que permitían desde el principio que los lobos se acercaran a la lumbre que encendían los hombres eran aptitudes susceptibles de desarrollo. Había quedado de nuevo demostrado con él. La vida del campamento, por más repleta de sufrimientos que estuviera, se le iba haciendo grata poco a poco. Pero esto ocurría sin que el mismo Colmillo Blanco se diera cuenta de ello. Lo único que sentía era la pena que experimentaba por la pérdida de Kiche, la esperanza con que pensaba en su regreso y el hambriento deseo de aquella vida libre que había llevado en otro tiempo.