Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 12. El rastro de los dioses
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Allá por el otoño, cuando los días se iban ya acortando y el frío de la helada invadía el aire, Colmillo Blanco halló ocasión oportuna para lograr su libertad. Durante muchos días reinó gran agitación en la aldea ambulante. Se levantó el campamento veraniego, y la tribu, con todos sus equipajes, se preparó para emprender sus cacerías otoñales. Colmillo Blanco estuvo observándolo todo con ansiosos ojos, y cuando las chozas fueron desmontadas por los indios y se cargaron las canoas en la orilla, comprendió lo que ocurría. Las embarcaciones se iban, y algunas habían desaparecido ya, río abajo.

Decidió quedarse rezagado con toda intención. Esperó la ocasión oportuna para escaparse del campamento y perderse entre los bosques. Se dirigió hacia el lugar donde el agua de la corriente empezaba a helarse y cuidó de que allí desapareciera su propio rastro para que no se pudiera seguir. Luego se arrastró y se quedó esperando. Transcurrió el tiempo y, con algunas intermitencias, pasó dormido horas enteras. Después lo despertó la voz de Castor Gris, que lo iba llamando por su nombre. Se oían otras voces también.

Distinguió claramente la de la mujer del indio y la de Mit-sah, su hijo.

Colmillo Blanco tembló de miedo, y aunque su primer impulso fue salir de su escondrijo, lo resistió y se quedó quieto. Al cabo de un rato, las voces se alejaron hasta dejar de oírse. Esperó algún tiempo más y salió, al fin, para disfrutar de la alegría del triunfo. Iba oscureciendo, y durante unos momentos se limitó a juguetear entre los árboles, gozaba de su recobrada libertad. Luego, de pronto, se percató de la impresión de soledad que le invadía. Entonces se puso a pensar, escuchando aquel silencio del bosque y perturbado por él. El que no se moviera nada absolutamente ni se produjera el menor ruido tenía algo de amenazador. Sintió que le acechaba algún daño invisible y no sabía de dónde procedía. Miraba con recelo los bultos de los árboles que se asomaban allá lejos y sus oscuras sombras, bajo las cuales podía ocultarse toda clase de asechanzas.

Hacía frío. Allí no había, como en la choza, un rincón caliente en el cual acurrucarse para dormir. Sentía la helada bajo sus pies y tenía que levantar alternativamente los delanteros, pues los tenía ateridos. Echó hacia ellos la poblada cola para cubrirlos, y en el mismo momento tuvo una visión repentina. No era extraño: llevaba impresa en la retina toda una serie de recuerdos que constituían otros tantos cuadros. Volvió a ver el campamento, las chozas y el resplandor de la lumbre. Oyó las chillonas voces de las mujeres, las profundas y severas de los hombres y el gruñir de los perros. Tenía hambre y se acordó también de los trozos de carne o de pescado que solían arrojarle. Allí no había nada de eso, nada más que el amenazador silencio, que no alimenta.

Su temporada de cautiverio, al quitarle responsabilidades, le había robado dureza y fuerza. Ya no se acordaba de cómo debía ingeniárselas para satisfacer sus necesidades. En torno suyo bostezaba la noche. Acostumbrados sus sentidos al movimiento y bullicio del campamento, a la continua impresión de ruidos y cambiantes aspectos, no encontraba ahora nada en que emplear su actividad. No había allí nada que hacer, nada que ver u oír, aunque se esforzaba en descubrir algún momento de interrupción en el silencio e inmovilidad de la naturaleza. Su propia inacción lo asustaba tanto como el presentimiento de que algo terrible iba a ocurrir.

El lobato sintió un estremecimiento de espanto. Algo colosal e informe avanzaba por el radio que su vista podía abarcar. Era la sombra de un árbol, proyectada hacia él por la luna, que acababa de aparecer, limpia de nubes.

Tranquilizado, gimoteó débilmente, pero pronto guardó silencio por temor de que sus lamentos pudieran atraer los males que temía.

Al contraerse la madera de un árbol por el frío de la noche, produjo un fuerte chasquido. De él se apoderó el pánico, y echó a correr como un loco hacia el campamento. En él prevaleció el deseo de protección y de humana compañía. Su olfato sentía aún el olor de humo de las chozas; en su oído resonaban con fuerza los ruidos y los gritos de la improvisada aldea. Salió del bosque y penetró en la tierra despejada, en el abierto campo alumbrado por la luna, donde no había sombras ni oscuridad. Pero no vio ya el campamento. Se le había olvidado que la aldea acababa de desaparecer.

Su alocada carrera cesó de repente. Ya no tenía ninguna meta. Vagó, pues, perdido por el abandonado lugar, olfateando los montones de basura y los trozos de ropa de desecho que habían dejado los dioses. Incluso añoró las piedras que las mujeres enfurecidas tiraban contra él. Deseó que Castor Gris volviera a pegarlo, y hasta los ataques de Lip-Lip y de toda su manada le habrían sabido a gloria en aquel momento.

Llegó al sitio donde había estado la choza de su amo y se sentó sobre sus patas traseras en el centro del espacio que antes ocupaba. Apuntó el hocico hacia la luna. Apretado el gaznate por contracciones espasmódicas, abrió las fauces y, con un grito lleno de desolación, expresó entrecortadamente su soledad y su temor, su pena por no tener a Kiche, todos sus dolores y desdichas del pasado, al propio tiempo que los sufrimientos que presentía para el futuro. Era el prolongado aullido del lobo, un grito lúgubre lanzado a plena voz, el primer aullido que emitía en su vida.

La luz del nuevo día disipó sus terrores, pero aumentó aún más su impresión de soledad. La desnudez de la tierra, que tan poblada había visto antes, se la hizo sentir con redoblada energía. No tardó mucho en tomar la resolución. Hundiéndose en la espesura del bosque, siguió, río abajo, por la orilla del mismo. Corrió durante todo el día. No se detuvo para descansar. Parecía que iba a correr eternamente, como si para su férreo cuerpo no existiera la fatiga. Y cuando al fin le llegó, aquel poder de resistencia que era en él heredado lo sostuvo en su obstinado esfuerzo, permitiéndole seguir adelante.

Donde el río se precipitaba entre escarpadas pendientes, sorteaba la dificultad desviándose hacia los montes. Todos los ríos, afluentes o riachuelos que desembocaban en la corriente principal los pasó a nado o los vadeó. Con frecuencia se encontró metido en el hielo que empezaba a formarse en los bordes, y más de una vez vio en peligro su vida entre los témpanos que arrastraba la corriente. Pero continuó buscando el rastro de los dioses, con el fin de hallar el sitio en que estos se separaban del río para internarse en la tierra.

Colmillo Blanco era más inteligente que la mayoría de los de su raza; pero su clarividencia no llegaba a abarcar todo el conjunto de la otra orilla del río Mackenzie. ¿Y si era allí precisamente donde debía buscar el rastro que le preocupaba? Esta idea no acudió nunca a su cerebro. Quizá más tarde, con mayor práctica de esas correrías, con más experiencia y años, se le hubiera ocurrido tal cosa. Pero como su inteligencia no estaba desarrollada aún lo suficiente, se contentó con recorrer a ciegas la misma orilla del Mackenzie en que se hallaba.

Corrió toda la noche, tropezando en la oscuridad con toda clase de obstáculos, que retardaban su marcha pero no lo detenían; y del mismo modo siguió más y más. Al llegar a la mitad del segundo día, había pasado treinta horas corriendo, y por muy férreos que fueran sus músculos, cedían ya a la fatiga. Solo el poder de resistencia de su cerebro lo sostenía, impulsándolo hacia delante Cuarenta horas se había pasado sin comer, y el hambre aumentaba su debilidad. Las repetidas zambullidas en el agua helada habían producido también su efecto. Su hermosa piel estaba enlodada, y sus patas, llenas de heridas que sangraban. Corría a saltos, y a ese modo de avanzar tenía que recurrir cada vez más, a medida que las horas pasaban. Para colmo de males, el cielo se había oscurecido mucho y comenzó a nevar: caían unos copos incipientes, húmedos, que se derretían enseguida; pero se pegaban al cuerpo y dejaban la tierra viscosa, resbaladiza, y le privaban además de ver dónde pisaba y cubrían las desigualdades del terreno, lo que acrecentaba la dificultad de la marcha, haciéndola todavía más dolorosa.

Castor Gris había pensado acampar aquella noche en la orilla opuesta del río Mackenzie, porque allí era donde se hallaba el cazadero. Pero poco antes de oscurecer, Kloo-kooch, que era la mujer de Castor Gris, descubrió un alce*, que iba a beber al río. Ahora bien: si el alce no hubiera ido a beber, si Mit-sah no hubiese torcido el rumbo de la embarcación por culpa de la nieve, si Kloo-kooch no hubiera visto el alce y si Castor Gris no lo hubiese matado de un certero disparo de su rifle, muy distinto habría sido el desarrollo de los acontecimientos. Castor Gris no hubiera acampado en aquella orilla del río Mackenzie, y Colmillo Blanco habría pasado de largo por allí para ir a morir o a encontrarse con sus hermanos de la vida salvaje y ser lo que eran ellos: un lobo más hasta el fin de su vida.

La noche había cerrado. La nevada era espesa, y Colmillo Blanco, gimiendo entre dientes al tropezar con algo, encontró su rastro reciente sobre la nieve. Tan reciente era, en efecto, que lo reconoció inmediatamente con facilidad. Lloriqueando ansioso, fue a buscar su origen, desde la orilla del río hasta meterse entre los árboles. Los ruidos del nuevo campamento que había sido levantado llegaron a su oído. Vio el resplandor de la lumbre, a Kloo-kooch cocinando y a Castor Gris en cuclillas y mascando un pedazo de grasa cruda. ¡Había, pues, carne fresca en el campamento!

Colmillo Blanco esperaba recibir una paliza. Solo de pensarlo se agachó con los pelos erizados. Pero se adelantó después. Temía los golpes que le darían, pero sabía también que disfrutaría del calorcillo de la lumbre, de la protección de los dioses, de la compañía de los perros..., una compañía de enemigos, es verdad, pero compañía al fin, que satisfacía una necesidad de sus instintos rebañegos.

Se acercó al fuego a rastras, muy humilde y zalamero. Castor Gris lo vio y dejó de mascar. Colmillo Blanco volvió a arrastrarse muy lentamente, redobló sus zalamerías y acabó de hundirse más en la bajeza, en el envilecimiento de aquella sumisión. Fue en línea recta hacia Castor Gris, cada vez más despacio y apenado. Al fin se echó a los pies de su amo, en cuya posesión volvía a estar, rendido voluntariamente, entregado en cuerpo y alma, por decirlo así. Por propia elección se acercaba al amor de la lumbre, al hombre, para ser gobernado por él. Colmillo Blanco temblaba esperando el castigo. La mano del dueño se movía sobre él, e involuntariamente encogió el cuerpo ante la inminencia del vapuleo. Pero la mano cayó sobre él mismo. La miró a hurtadillas y vio con sorpresa que Castor Gris partía en dos el pedazo de grasa. ¡Su amo le ofrecía la mitad! Con cuidado y algo de recelo olió lo que le daban y luego se lo comió. Castor Gris mandó que le trajeran carne y estuvo vigilando para que los perros no se la quitaran. Después, el lobato, agradecido y contento, se echó a los pies de su amo, contemplando la lumbre que lo calentaba, parpadeando a ratos o dormitando, con la seguridad de que el día no lo encontraría perdido y abandonado a la intemperie, entre los bosques, sino en el campamento de los hombres, junto a aquellos dioses a los cuales se había entregado y de quienes ahora dependía.