Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 13. El pacto
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Muy avanzado ya el mes de diciembre, Castor Gris emprendió una excursión hacia la parte alta del río Mackenzie. Con él fueron Mit-sah y Kloo-kooch. Conducía un trineo arrastrado por perros, unos adiestrados por el propio indio y otros que le habían prestado. Un segundo trineo, bastante menor, lo dirigía Mit-sah, y a él iba enganchado un tiro formado por cachorros. Parecía, mas que otra cosa, un juguete; pero era la delicia de Mit-sah, que al verse en posesión del vehículo, se veía ya un hombre hecho y derecho, que como tal empezaba a trabajar en el mundo. Además, se iniciaba en el arte de dirigir y adiestrar perros para aquel uso, al propio tiempo que también aprendían los cachorros; y el trineo resultaba útil, puesto que llevaba cerca de cien kilos de peso entre equipo y víveres.

Colmillo Blanco había visto ya a los perros del campamento tirando del trineo, por lo cual sufrió con paciencia que también a él lo enganchasen como a los demás. Le ciñeron un collar relleno de musgo, al cual iban sujetos dos tirantes que se unían a una correa destinada a pasársela por el pecho y los lomos. A esta correa iba atada la larga cuerda por medio de la cual tiraba del trineo.

Siete cachorros formaban parte del tiro y, salvo él, que tenía ocho meses, todos contaban nueve o diez meses de edad. Cada perro iba atado al trineo por una sola cuerda y no había dos de ellas que tuvieran igual longitud, siendo la diferencia entre unas y otras equivalente a la longitud del cuerpo de un perro. Cada cuerda iba a parar a una anilla colocada en la parte anterior del trineo. Este carecía de cuchillas o patines, pues no era más que una especie de narria pequeña para ser arrastrada. Estaba hecho de corteza de abedul, con la parte delantera retorcida hacia arriba para que no pudiese hundirse bajo la nieve y encallarse. Tal construcción permitía que la carga del trineo reposara sobre la mayor superficie de nieve posible, lo que era necesario por estar esta como cristal pulverizado y muy blanda. Siguiendo el mismo principio de amplia distribución del peso, los perros que se hallaban a los extremos de las cuerdas formaban un abanico desde el frente del trineo, de modo que pisaba sobre las huellas de los que le precedían. Esa disposición en forma de abanico servía también para algo más. Las cuerdas de diferentes longitudes evitaban que los perros atacaran por detrás a los que corrían delante de ellos. Para que el ataque fuera posible, el perro tendría que volverse y dirigirse hacia alguno que tuviera la cuerda más corta que él, en cuyo caso se encontraría de cara con el atacado, y también con el látigo del conductor del trineo. Pero la mejor cualidad de este género de disposición consistía en el hecho de que el perro que se empeñaba en lanzarse contra otro que tenía delante se veía obligado a tirar con más fuerza del vehículo, y con cuanta mayor velocidad se moviera este, más rápidamente podía escapar a la arremetida el perro perseguido. Así resultaba que el que iba detrás no podía hacer presa en el que le precedía. Cuanto más corría él, más corría el otro y todos sus compañeros. Incidentalmente se aceleraba la marcha del trineo, y por este astuto medio indirecto aumentaba el hombre su dominio sobre las bestias.

Mit-sah se parecía a su padre, de cuya experta discreción había heredado una buena parte. Había observado desde tiempo atrás que Lip-Lip perseguía siempre a Colmillo Blanco, pero entonces Lip-Lip tenía otro dueño, y Mit-sah no se había atrevido nunca más que a tirarle alguna piedra, recatándose para no ser visto. Ahora, el perro era suyo, y resolvió vengarse de él poniéndole al extremo de la cuerda más larga. Esto lo convirtió en guión de todos los demás del tiro, y aparentemente resultaba un honor; pero en realidad lo privó de todo honor posible, pues en vez de ser el bravucón y el amo de toda la jauría, se vio odiado y perseguido por ella en masa.

Precisamente por correr atado al cabo de la cuerda más larga, los perros lo veían siempre huyendo de ellos. Todo lo que de él alcanzaban a ver era su poblada cola y sus patas posteriores que parecían volar, aspecto mucho menos feroz y temible que el de su pelaje erizado y sus relucientes colmillos. Además, la caprichosa mentalidad de los perros hizo que verlo corriendo siempre, como escapando, engendrara en ellos el deseo de perseguirlo.

Desde el momento en que arrancó el trineo, el tiro entero se lanzó en pos de Lip-Lip en una especie de caza que duró todo el día. Al principio, este se sintió inclinado a volverse contra sus perseguidores, celoso de su dignidad ofendida y enfurecido. Pero cada vez que lo intentaba, Mit-sah le lanzaba en plena cara un doloroso trallazo* con una fusta hecha de intestino de caribú* que medía unos nueve metros de longitud, con lo cual no tenía mas remedio que dar media vuelta y seguir corriendo. Lip-Lip se hubiera atrevido a hacer frente a todos los cachorros; pero contra aquel látigo no se atrevía, y lo único que le quedaba era mantener tirante su larga cuerda y libre su cuerpo de los dientes de sus compañeros.

El cerebro del muchacho indio aún tenía otra treta preparada. Para acabar con aquella persecución que se hacía interminable, Mit-sah lo distinguió ante los demás para que sintieran celos y creciera su odio. Le dio carne a él solo, que no permitió que ningún otro la tocara. Bastó esto para ponerlos furiosos. Se amotinaron con rabia alrededor del favorecido; pero a prudente distancia del látigo, mientras Lip-Lip devoraba la carne bajo la protección de Mit-sah. Y cuando ya no quedaba más comida, el muchacho hizo ver que sí, aunque la reservaba toda para Lip-Lip mientras a los demás los mantenía a distancia.

Colmillo Blanco se había adaptado de buena gana al trabajo. En la voluntaria entrega que de sí mismo hizo a los dioses, había tenido que recorrer mayores distancias que los perros y aprender a fondo lo inútil que era oponerse a la voluntad de sus dueños. Además, la persecución de que toda la manada lo había hecho objeto logró que esta representara para él muy poco; los hombres, en cambio, significaban mucho más. No estaba acostumbrado a buscar compañía entre los de su raza. Por otra parte, a Kiche casi la había olvidado ya, y la única expresión de su sentir que le quedaba era aquella fidelidad que se había impuesto hacia los dioses que aceptó como dueños. Trabajaba, pues, todo lo posible; aprendía a ser disciplinado y se mostraba obediente. Era fiel y servicial, rasgos esenciales que caracterizan al lobo y al perro salvaje cuando han sido domesticados, y que él poseía en alto grado.

Sus compañeros no le servían a Colmillo Blanco más que para estar en continua guerra y enemistad con ellos; no para jugar, cosa que no había aprendido. Solo sabía luchar, y eso es lo que había hecho, devolver centuplicados los mordiscos recibidos cuando Lip-Lip dirigía a todos sus enemigos. Pero este ya no era su guía..., excepto cuando iba delante de ellos en el trineo, que venía detrás dando tumbos. En el campamento, Lip-Lip no se movía del lado de Mit-sah, de Castor Gris o de Kloo-kooch. No se atrevía a apartarse de los dioses, porque ahora era él a quien mordían los otros perros, teniendo que sufrir aún mayor persecución que la que antes iba dirigida contra el lobato.

Con la derrota de Lip-Lip, Colmillo Blanco hubiera podido convertirse en jefe y guía de los demás. Pero ni su carácter malhumorado ni su afición a la soledad lo predisponían a ello. Lo único para lo que servía era para morder a los perros. Lo demás no existía para él. En cuanto lo veían llegar, se apartaban, y ni los más osados se hubieran atrevido a robarle un pedazo de carne que le perteneciera. Al contrario, devoraban precipitadamente sus propias raciones por miedo a que él se las quitara. Colmillo Blanco se había aprendido perfectamente aquella ley cuya esencia consistía en oprimir al débil y obedecer al fuerte. Comía lo suyo a toda prisa, y después, ¡desdichado el perro al cual le quedara aún algo de lo que le correspondía! Con un gruñido y unas cuantas dentelladas lo quitaba de en medio. El robado podía ir a contar su indignación a las estrellas mientras el lobato daba cuenta en su lugar de los restos de la ración de carne.

Con frecuencia, sin embargo, uno a uno de los perros se rebelaba. Así, Colmillo Blanco ejercitaba continuamente sus aptitudes para la lucha. Celoso de sostener el relativo aislamiento en que vivía, peleó muchas veces para mantenerlo. Pero estas luchas eran de corta duración. Su agilidad superaba a la de sus contrarios, y antes de que se percataran de lo que ocurría, estaban ya tan heridos, que su derrota resultaba patente sin que hubieran empezado a pelear de verdad.

Tan rígida como la disciplina que observaban los dioses en lo relativo al servicio del trineo era la que mantenía Colmillo Blanco respecto a sus compañeros. Nunca se mostró tolerante con ellos, al contrario: los obligaba a un respeto que no admitía soluciones de continuidad. Entre ellos podían hacer lo que quisieran. No intervenía para nada. Pero lo que sí le importaba mucho es que le dejaran solo, que no se metieran con él, que le dejaran libre el paso cuando a él se le antojaba acercarse, y que en todo tiempo y ocasión reconocieran el dominio que sobre ellos ejercía. Bastaba que los viera más tiesos que de costumbre en ademán de reto; que encogieran un labio mostrando los dientes o que se les erizara el pelo, para que él se les echara encima y, del modo más cruel, despiadado y rápido, tratara de convencerlos de que no era así como debían proceder.

Se había convertido en un monstruo tirano. Su poder de dominación era tan inflexible como el acero. Oprimía al débil con verdadero espíritu de venganza. No en vano se había visto obligado a luchar continuamente por la conservación de la existencia desde cachorro, en aquellos tiempos en que su madre y él solos, sin ayuda ajena, se hacían respetar en el medio feroz de la vida salvaje. Y no en vano tampoco había aprendido a proceder con cautela cuando se encontraba con otra fuerza superior a la suya. Si oprimía al débil, respetaba al fuerte. Y durante la larga excursión al lado de Castor Gris, andaba suave y mansamente entre los perros mayores que él de los campamentos con que a veces se encontraban.

Pasaron los meses y el viaje de Castor Gris continuaba. Colmillo Blanco había desarrollado su fuerza gracias al mucho andar y a la pesada labor de tirar del trineo. Seguramente también su inteligencia se había desarrollado al máximo. Conocía ya de modo bastante completo el mundo en que vivía; pero lo miraba con un criterio bien negro y materialista. La parte que él vio del mundo era feroz y brutal, toda frialdad; un mundo, en fin, en que las caricias, los afectos y las demás dulces alegrías de la vida no existían.

No sentía el menor cariño por Castor Gris. Cierto que era un dios; pero un dios extremadamente salvaje. Colmillo Blanco se complacía en reconocerlo como a su dueño; pero esa soberanía se fundaba en la superioridad de inteligencia y en la fuerza bruta. Había algo en el fondo del lobato que lo impulsaba a desearla, porque, de no ser así, no hubiera regresado del bosque para prestarle obediencia. En su naturaleza existían profundidades a las que nunca había llegado nadie. Tal vez una palabra amable, una caricia de su amo, hubieran alcanzado a sondearlas; pero Castor Gris no acariciaba, no sabía dirigir oportunamente una palabra cariñosa. Su primacía era la de un hombre salvaje, y salvajemente gobernaba, administrando justicia garrote en mano, castigando las faltas con el dolor que producían los golpes, y dejar de darlos era el único premio que otorgaba al mérito, no la dádiva de su amabilidad.

Así, Colmillo Blanco ignoraba que la mano de un hombre podía encerrar para él todo un mundo de delicias. Por otra parte, no le gustaban las manos humanas. Las miraba con recelo. Cierto que a veces servían para dar carne; pero con mucha frecuencia se usaban para causar daño. Las manos eran cosas de las cuales debía uno mantenerse a distancia. Arrojaban piedras, empuñaban palos, trancas enormes y látigos; daban bofetadas y zurraban de lo lindo, y cuando le tocaban a él, procuraban que le doliera el contacto de diferentes formas. Al pasar por aldeas forasteras, había aprendido también que las manos de los niños eran crueles cuando se trataba de causar daño. Una vez, uno de esos mocosos indios casi le salta un ojo. La consecuencia fue que miraba aún con más recelo a los niños que a los hombres. No podía sufrirlos. En cuanto los veía venir, se marchaba.

En una de esas aldeas situada junto al lago de los Esclavos, tanto le irritó la maldad humana, que llegó a faltar a la ley que le había enseñado Castor Gris: es decir, que cometió el imperdonable crimen de morder a uno de los dioses. Según la costumbre de todos los perros en todas las aldeas, Colmillo Blanco iba buscando algo para comer. Un muchacho estaba partiendo a hachazos carne de alce helada y algunos trozos, delgados como astillas, caían esparcidos sobre la nieve. Colmillo Blanco, que iba precisamente merodeando en busca de carne, se paró y comenzó a comer algunos de aquellos trozos. Observó entonces que el muchacho dejaba en el suelo el hacha y empuñaba una enorme tranca. Colmillo Blanco dio un salto en el preciso momento en que el trancazo iba a caer sobre él. El muchacho emprendió entonces la persecución, y él, como novato en la aldea, huyó pasando entre dos chozas, para encontrarse de pronto acorralado contra un alto ribazo.

No había modo de huir. La única salida se hallaba entre las dos chozas, y la interceptaba el muchacho. Tranca en mano y dispuesto a pegarlo, avanzó sobre su acorralada presa. Colmillo Blanco estaba furioso. Hizo frente al rapaz, gruñendo y erizando los pelos, indignado ante aquella injusticia. Sabía perfectamente que, según la costumbre, que para él era la ley, las sobras de carne que no se aprovechaban, como aquellos diminutos trozos helados, eran del perro que las encontrase. No había hecho nada malo, no había infringido ninguna ley, y, sin embargo, aquel muchacho se preparaba para darle una paliza. Colmillo Blanco no se dio cuenta casi de lo que hizo. Fue cosa de un momento en que un rabioso impulso lo cegó. Y tan rápidamente se convirtió en acción que tampoco el muchacho pudo percatarse del peligro. De lo único que se enteró fue de que, sin saber cómo, caía tendido sobre la nieve, y de que la mano con que sostenía el garrote la tenía ahora rajada profundamente por los colmillos de la que creyó su víctima.

Pero Colmillo Blanco comprendió perfectamente que acababa de infringir la ley dictada por los hombres. Había hundido los dientes en la sagrada carne de uno de ellos y no podía esperar ya otra cosa que un castigo terrible. Huyó en busca de Castor Gris, agachándose detrás de este, en demanda de protección, cuando vio que llegaban el herido y su familia pidiendo venganza. Pero tuvieron que volverse sin haberla obtenido. Castor Gris defendió a Colmillo Blanco, y lo mismo hicieron Mit-sah y Kloo-kooch. El lobato, atento al vocerío que se armó y a los descompuestos ademanes que lo acompañaban, comprendió que lo que había hecho quedaba justificado.

Y así llegó a entender que era preciso distinguir entre las diferentes clases de dioses. Había unos que eran los suyos y otros que eran muy distintos. Lo mismo daba, en rigor, justicia que injusticia: el hecho era que debía aceptarlo todo mientras viniera de las manos de sus propios dioses. Pero a lo que no estaba obligado era a aceptar la injusticia de los otros. Tenía derecho a oponerse a ella a dentelladas. Y esta era también una de las leyes que tenían los hombres. Y aquel mismo día pudo ahondar aún más en el conocimiento de esa ley. Yendo solo por el bosque, en busca de leña seca para la lumbre, Mit-sah se encontró con el muchacho a quien el lobato había mordido. Iban con él algunos jóvenes más. Discutieron, y enseguida todo el grupo se le echó a Mit-sah encima. La situación de este resultaba difícil. Los golpes le llovían de todos lados. Colmillo Blanco se contentó, al principio, con mirar la escena. Aquello era cuestión de los dioses y debían ventilarlo entre sí, la cosa no iba con él. Luego pensó que Mit-sah era uno de sus dioses y que lo estaban maltratando. Por mero impulso, sin razonar bien lo que hacía, se arrojó como una furia sobre los combatientes. Cinco segundos después, por todas partes salían los muchachos a escape huyendo de la refriega, y muchos de ellos dejaban sobre la nieve un reguero de sangre que demostraba la eficacia con que Colmillo Blanco había puesto en juego los dientes. Cuando Mitsah contó luego en el campamento lo ocurrido, Castor Gris dio orden de que le sirvieran al lobato una ración de carne. Mandó que fuera muy abundante, y así Colmillo Blanco, ahíto y soñoliento, echado al amor de la lumbre, comprendió que había cumplido con la ley en todas sus partes.

Paralelamente a estas lecciones prácticas, recibió otras que le enseñaron la ley de propiedad y su deber de defenderla. De la protección del cuerpo de aquellos dioses suyos a la de lo que ellos poseían no había más que un paso. Lo que pertenecía a sus dioses debía ser defendido contra todo el mundo, aunque para ello hubiera que atacar a dentelladas a los otros dioses. No solo era esto un acto sacrílego por naturaleza, sino que además estaba lleno de peligros. Los dioses poseían un poder infinito, y él, como simple perro que había pasado ya a ser, no estaba a su altura; a pesar de lo cual, Colmillo Blanco aprendió a hacerles frente como un audaz luchador que no conoce el miedo. El deber se impuso en él a todo, y los ladrones, por más dioses que fueran, tuvieron que respetar la propiedad de Castor Gris.

Colmillo Blanco aprendió una cosa pronto: que el dios ladrón era generalmente cobarde y huía fácilmente de los ruidos alarmantes. También observó que, en cuanto él daba la señal de alarma, Castor Gris se presentaba en su ayuda. No tardó en comprender que el ladrón no huía precisamente de él, sino de su amo. La señal de alarma que daba no consistía en ladrar, porque no ladraba nunca. Iba directamente hacia el intruso y clavaba en él los dientes en cuanto podía. Precisamente por su carácter huraño y solitario, pues se apartaba de los otros perros, era poco apto como guardián de la propiedad de su amo, y este tenía que alentarlo y educarlo constantemente. El resultado fue que llegó a ser más feroz y más solitario que nunca.

Pasaron los meses, y el lazo que unía al hombre y al perro lobo fue haciéndose cada vez más estrecho. En rigor, era el antiguo pacto que el primer lobo salvaje estableció con el hombre al someterse.

Y como todos sus antecesores, Colmillo Blanco hizo que el pacto resultara a favor suyo. Los términos de aquella especie de contrato eran bien sencillos: a cambio de la posesión de un dios de carne y hueso, él había renunciado a su libertad. Alimento y lumbre, protección y compañía, eran algunas de las cosas que recibía él del dios. A cambio, guardaba lo que era de su propiedad, defendía su cuerpo, trabajaba en beneficio suyo y le obedecía.

La posesión de un dios trae consigo el servicio. El de Colmillo Blanco era todo deberes y temor respetuoso, pero no cariño. No sabía lo que era el cariño, pues no había tenido ocasión de experimentarlo. Kiche era solo un recuerdo, remoto ya. Por otra parte, al entregarse él a los hombres, no solo había abandonado la vida salvaje y a los de su propia raza, sino que las condiciones del pacto eran tales que si alguna vez volvía a encontrarse con Kiche, tampoco abandonaría a su amo, a su dios, para seguirla. Su alianza con el hombre, extrañamente, era superior a todo su amor a la libertad, a la raza y al parentesco.