Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 15. El enemigo de su raza
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Si alguna aptitud, por remota que fuera, pudo existir en el fondo de su naturaleza para fraternizar con los de su raza, esa aptitud quedó para siempre destruida en Colmillo Blanco cuando lo hicieron guía del tiro que arrastraba el trineo. Porque ahora todos los perros lo odiaban..., lo odiaban por la ración extraordinaria de carne que le reservaba Mitsah; por todas las distinciones, reales o imaginarias, de que era objeto; porque iba disparado siempre, delante de todos los demás, enloqueciéndolos con la perpetua vista de aquella poblada cola que se mecía en el aire y de aquellas patas posteriores en constante fuga.

Y con igual fervor correspondía a tal odio Colmillo Blanco. No le gustaba guiar el tiro. Verse obligado a correr delante de toda la jauría, como si esta lo persiguiese aullando continuamente, y pensar que no había uno de aquellos perros a quien él no hubiera zurrado y sometido durante tres años, era algo superior a sus fuerzas. Pero, pudiera o no, tenía que soportarlo o morir, y de esto último no sentía el menor deseo aquel caudal de vida que él atesoraba.

En el mismo momento en que Mit-sah dio la orden de partir, vio a todo el tiro embistiéndolo a él con ansiosa y salvaje gritería. No había defensa posible. Si se volvía para hacerles frente, Mit-sah le lanzaría un latigazo en la cara. No le quedaba más recurso que correr, huir. A coletazos y a patadas no podía pelearse con toda la jauría que venía detrás embistiendo. No iba a emplear armas tan débiles contra tantos y tan poderosos dientes. ¡A huir, pues, aunque para ello tuviera que violentar su propia naturaleza, su orgullo, a cada salto que daba, y esos saltos durarían el día entero!

Ir en contra de los naturales impulsos provoca una profunda reconcentración y el espíritu se resiente de ello. Ocurre lo mismo con un pelo cuya dirección, que es la de apartarse del cuerpo del que procede, se ve contrariada. Se enrosca sobre sí mismo, vuelve al punto de partida, y se convierte, al clavarse en la piel, en causa continua de irritación y molestia. Así ocurrió con Colmillo Blanco. Sentía el impulso de arrojarse contra la perrada que aullaba detrás de él; pero la voluntad de los dioses se lo prohibía, y aquel larguísimo látigo se lo recordaba constantemente. La consecuencia fue que, devorando su amarga pena, la convirtió en el odio y la astucia propios de la ferocidad indomable de su naturaleza.

Si alguien hubo en el mundo que se distinguiera por ser el mayor enemigo de su propia raza, ese fue Colmillo Blanco. Guerra sin cuartel es lo que deseaba. Si continuamente lo herían las dentelladas de los otros, continuamente marcaba también con ellas a los demás. Cuando le desenganchaban, Colmillo Blanco jamás se acurrucaba, como el resto de los perros del trineo, a los pies de los dioses en demanda de protección. Él la despreciaba. Lo que hacía era pasearse con aire audaz por el campamento, volviendo de noche las injurias recibidas durante el día. Cuando aún no era más que uno de tantos, había acostumbrado a sus compañeros a dejarle el paso libre. Ahora las cosas eran muy distintas. Excitados por la diaria persecución de su guía, inconscientemente influidos por el repetido espectáculo de su fuga ante la jauría en masa, dominados por aquella impresión de que ellos eran allí los que mandaban a su jefe durante las horas del día, no podían avenirse fácilmente a cederle el paso. En cuanto se presentaba ante ellos, surgía la lucha, y todo eran gruñidos, dentelladas y ladridos. Hasta el aire que respiraban parecía saturado de odio y de maldad, con lo que él se volvía cada día más iracundo.

Cuando Mit-sah dio orden de que se parara el trineo, Colmillo Blanco obedeció. Se produjo al principio algún desorden entre los otros perros, porque todos querían arrojarse contra su odiado guía, solo por el gusto de invertir el orden de las cosas. Pero detrás de él estaba Mit-sah, haciendo silbar la fusta sobre sus cabezas. Los perros llegaron a entender que cuando todo el tiro se paraba por mandato del dueño, era preciso que dejaran tranquilo a Colmillo Blanco. Pero cuando él se paraba, por su antojo y no por obediencia a la orden recibida, entonces sí podían echársele encima y hasta matarlo, si les era posible. Tras algunas ocasiones en que esta teoría se puso en práctica, Colmillo Blanco ya no se paraba si no se lo mandaban. Pronto aprendió lo que querían que hiciera. La realidad misma le obligaba a ello si quería salir con vida.

Pero lo que nunca fueron capaces de aprender los perros fue a no meterse con él cuando estaba en el campamento. No había día en que, ansiosos por perseguirlo y desafiarlo, no olvidaran la dura lección que les había dado él la noche anterior, y aquella noche tendría que repetírsela, para ver de nuevo cómo la olvidaban al día siguiente. Además, sentían que entre él y los demás había cierta diferencia de raza, lo que era causa suficiente para su hostilidad. Como él, los otros eran, en su origen, lobos domesticados; pero su domesticación databa de generaciones enteras. Buena parte de lo que la vida salvaje trae consigo lo habían perdido ya, y aquella clase de vida significaba para ellos lo desconocido, lo terrible, la amenaza y el temor constantes. En cambio, para él, lo salvaje formaba aún parte de su naturaleza. Se traslucía en su aspecto, en sus actos, en sus impulsos. Él lo simbolizaba, era su personificación, y por ello, cuando le mostraban los dientes, no hacían más que defenderse contra los poderes destructivos que había latentes en las sombras del bosque y en las tinieblas que se extendían más allá de las crepitantes hogueras del campamento.

Pero hubo una lección que jamás olvidaron los perros: mantenerse siempre juntos. Colmillo Blanco era demasiado terrible para que cualquiera de ellos le hiciera frente por sí solo.

Lo atacaban en masa, pues de no ser así, él los hubiera ido despachando a todos, uno a uno, en el transcurso de una noche. Ahora jamás se le había presentado ocasión de hacerlo. Podía llegar a revolcar a alguno de ellos; pero antes de que tuviera tiempo de herirlo mortalmente en el cuello, según su costumbre, ya tenía encima a todos los demás. A la primera señal de peligro se unían contra él, olvidando todas las rivalidades y luchas menores que hubieran podido dividirlos.

Por otra parte, aunque lo intentaron, tampoco ellos lograron matar a Colmillo Blanco. Era más ágil, más formidable y listo que sus enemigos. No se dejaba acorralar, siempre encontraba una salida cuando ya casi lo tenían rodeado. Tampoco había entre todos ellos uno que fuera capaz de derribarlo. Sus patas se aferraban al suelo con la misma tenacidad con que se aferraba él a la vida. Y verdaderamente, la conservación de esta y el mantenerse en pie eran casi una misma cosa en aquella guerra incesante. Nadie mejor que él lo sabía.

Así se convirtió en el enemigo de su raza, de aquellos lobos domesticados que el amor de la lumbre y de los hombres y el amparo del poderío de estos habían hecho más flojos y débiles. En cambio, Colmillo Blanco era duro, cruel, implacable. Así había moldeado la arcilla dúctil de su naturaleza. Y de tan terrible modo ponía en práctica la vengadora guerra que había declarado a todos los perros, que hasta al propio Castor Gris, bien feroz y salvaje por cierto, llegó a maravillarle la ferocidad que mostraba. Juraba el hombre que jamás había visto animal semejante a aquel, y lo mismo opinaban los indios de las otras aldeas al enumerar los perros que les había matado.

Iba a cumplir los cinco años cuando Castor Gris lo llevó consigo al emprender otro largo viaje. Se recordaron durante mucho tiempo los estragos causados por él entre las jaurías de las muchas aldeas que se hallaban a lo largo del río Mackenzie y hasta el Yukón*. Gozaba de aquella venganza contra los suyos, que resultaba fácil, pues se trataba de perros comunes y que nada sospechaban. Ni conocían su agilidad, ni su método de ataque sin aviso previo, ignorando que mataba con la rapidez del rayo. Se le acercaban con los pelos erizados, muy tiesas las patas y con aire de desafío, mientras él, sin perder tiempo en preliminares, se disparaba como un resorte de acero, se agarraba a su cuello y los dejaba fuera de combate antes de que se hubieran dado cuenta de lo que ocurría, con la angustia de la sorpresa.

Llegó a ser un consumado maestro en la lucha. Sabía reservar sus fuerzas, no gastándolas inútilmente. Era muy rápido tanto a la hora de atacar como a la de retirarse, en caso de haber errado el golpe. La repugnancia característica del lobo por las luchas que podían llamarse a brazo partido, la sentía él también en grado sumo. El contacto prolongado con otro cuerpo se le hacía insoportable. Lo consideraba como un peligro seguro y le enloquecía de furor. Necesitaba hallarse apartado, libre, en pie siempre, y sin sentir el contacto de otra vida. Llevaba impreso el sello del salvajismo. Tal sentimiento se había acentuado en él por su existencia nómada, de paria y de rebelde, desde que era cachorro. En todo contacto veía algún daño oculto. Era la trampa, la trampa que le inspiraba tan profundo terror que parecía formar parte de su ser, llevarlo entretejido en cada fibra de su cuerpo.

Como consecuencia de ello, no había perro forastero que al encontrarse con él pudiera cogerlo descuidado. Al contrario: evitaba sus dientes, les caía encima por sorpresa o se marchaba, generalmente sin haber recibido el menor daño. Aunque había algunas excepciones, como cuando eran varios los perros que lo embestían, o uno solo lograba desgarrarle la piel. Pero esto eran meros accidentes, a los que, como buen luchador, no concedía importancia.

Otra de las ventajas que poseía era el saber medir exactamente el tiempo y la distancia. Y no lo hacía de un modo consciente, sino automático. Tenía buen ojo y su visión era transmitida con toda precisión al cerebro. Era superior en ello a la mayoría de los perros, resultando una máquina mucho mejor organizada, nerviosa, mental y muscularmente. Al recibir las impresiones de los actos, comprendía enseguida el espacio que los limitaba y el tiempo que necesitaban para su completa realización. Así podía evitar que, al saltar, otro perro hiciera presa en él, o que sus colmillos lo tocaran, y al mismo tiempo aprovechar el brevísimo instante en que debía verificarse su propio ataque. Física y mentalmente era un prodigio, sin más mérito, por otra parte, que el haberse mostrado más generosa con él la naturaleza que con la mayoría de sus semejantes.

Colmillo Blanco llegó a Fuerte Yukón en pleno verano. Castor Gris había cruzado la gran vertiente entre el Mackenzie y el Yukón a fines de invierno, y había pasado la primavera cazando al pie de los picachos del lado occidental de los Montes Pedregosos. Luego, aprovechando el deshielo, construyó una canoa y descendió con ella por la corriente del arroyo Puerco Espín, hasta su cruce con el Yukón, algo por debajo del círculo polar ártico*. Allí estaba el viejo fuerte perteneciente a la Compañía de la Bahía de Hudson*, abundaban los indios y los víveres, y con ellos, un barullo y animación sin precedentes. Era el verano de 1893, y miles de aventureros que iban en busca de oro remontaban el Yukón hasta Dawson* y el Klondike*. Distantes aún centenares de kilómetros del punto al que se dirigían, muchos llevaban ya, sin embargo, un año de viaje, y lo menos que había recorrido cualquiera de ellos era unos ocho mil kilómetros, lo que no resultaba nada en comparación con las distancias hechas por los viajeros que venían desde la otra parte del mundo.

Al llegar allí, Castor Gris se paró. A oídos suyos había llegado el rumor de aquella invasión de buscadores de oro, y por eso traía consigo numerosos fardos de pieles, guantes de caza cosidos con intestinos retorcidos y mocasines. No se hubiera aventurado a emprender tan largo viaje si no esperara obtener del mismo óptimos frutos. Pero la realidad superó en mucho a lo soñado. No confiaba más que en obtener un cien por cien de ganancia, y se encontró con que se elevaba al mil por ciento. Y como todos los indios, no se precipitó, sino que, estableciéndose allí, fue colocando sus géneros calmosamente y con el mayor cuidado, decidido a no malvender ni uno, aunque para ello tuviera que quedarse todo el verano y aun el invierno siguiente.

En Fuerte Yukón fue donde Colmillo Blanco vio por primera vez un hombre de una raza distinta de la de los indios a que él estaba acostumbrado: un hombre blanco. Lo comparó con los otros y decidió que era un ser perteneciente a una raza de dioses superiores. Su primera impresión fue la de un período no igualado por los demás, y en esto precisamente estribaba lo típico de las divinidades. No hubo en él razonamientos para llegar a la generalización de que los dioses blancos eran los más poderosos. Fue una impresión tan solo, pero fortísima. Igual que cuando era cachorro veía en el amenazador volumen de aquellas chozas que los hombres levantaban una prueba de lo que ellos eran capaces de hacer, le impresionó profundamente el aspecto de las casas y del enorme fuerte que contemplaba ahora, todo construido de macizos troncos de árboles. Aquello sí que era una manifestación de fuerza por parte de los dioses blancos. Poseían un dominio sobre la materia que jamás había observado él en otros, aunque entre ellos estuviera el poderosísimo Castor Gris. Al fin y al cabo, su mismo amo resultaba ahora un simple diosecillo, comparado con los de piel blanca.

Con seguridad que todo esto no eran más que impresiones, pero como por ellas, más que por el pensamiento, se guían los animales en sus actos, los de Colmillo Blanco respondían al convencimiento de que los hombres blancos eran dioses de la clase superior. Ante todo, los miraba con gran recelo. No podía imaginar qué terroríficos procedimientos emplearían, qué ocultos y misteriosos daños podrían causar. Los observaba con curiosidad, muy temeroso siempre de que ellos se percataran de que lo hacía. Durante las primeras horas se contentó con estar disimuladamente al acecho, manteniéndose a prudente distancia; pero como luego vio que no les ocurría nada malo a los perros que entre ellos andaban, se acercó más y más.

A su vez, él fue objeto de gran curiosidad por su parte. Notaban enseguida su aspecto de lobo y se lo señalaban unos a otros con el dedo. Aquella mera acción bastó para ponerlo en guardia, y cuando intentaron aproximársele, les mostró los dientes y retrocedió. Ni uno pudo conseguir ponerle la mano encima, y fue una fortuna para ellos que no lo lograran.

Pronto, Colmillo Blanco comprendió que allí vivían poquísimos de aquellos dioses. No serían más de una docena. Cada dos o tres días, un vapor* -otra manifestación colosal de su poder- llegaba a la orilla y se quedaba atracado durante muchas horas. Los hombres desembarcaban de estos vapores y en ellos volvían a alejarse después. Los blancos parecían ser innumerables. Vio más blancos en esos primeros días que indios había visto durante toda su vida. Y después continuaron llegando por el río, parándose, y desapareciendo de nuevo corriente arriba.

Pero si los dioses blancos eran infinitamente poderosos, sus perros valían bien poco. Pronto lo averiguó al mezclarse con los que llegaban a la orilla acompañando a sus amos. En la forma y en el tamaño ofrecían la mayor variedad. Unos eran de piernas cortas, demasiado cortas; otros las tenían muy largas..., demasiado largas. Hasta su pelaje era distinto, más pobre, menos poblado. Y, sobre todo, ninguno de ellos sabía pelear.

Como enemigo de los de su raza, era natural que Colmillo Blanco se apresurara a luchar con cuantos podía. Así lo hizo, y el desprecio que le inspiraron fue inmenso. Flojos y torpes, muy amigos de meter ruido y moverse mucho, intentando inútilmente conseguir por la fuerza lo que lograba él por medio de la destreza y de la astucia. Cuando lo acometían ladrando, de un salto se apartaba a un lado. Entonces se quedaban perplejos, como perdidos, y aprovechando el momento, él atacaba por el flanco, derribándolos, y les clavaba los dientes, como de costumbre, en el cuello.

A veces, tan certero era el golpe que el perro rodaba por el fango fuera ya de combate, para caer en las garras de toda la manada de perros indios, que solo esperaba aquello para despedazarlo. Colmillo Blanco era sagaz. Había tenido ocasiones sobradas para aprender que los dioses se enojaban grandemente cuando les mataban a sus perros. Y aquellos blancos no constituían una excepción de la regla. Por eso, cuando había logrado revolcar a alguno de sus naturales enemigos y abrirle la garganta a dentelladas, se contentaba con retirarse, dejando que los de su manada acabaran de realizar el cruel trabajo de despedazarlo. Sobre ellos se arrojaban entonces los furiosos hombres blancos, mientras Colmillo Blanco se marchaba tranquilamente, parándose a cierta distancia para ver cómo llovían sobre sus compañeros piedras, palos, hachas y toda clase de armas arrojadizas. Sí, Colmillo Blanco era muy sagaz.

Pero los hombres mostraron también, a su modo, que no carecían de sagacidad; así contribuyeron a completar las enseñanzas que iba recibiendo. Vieron que aquella pesada broma se repetía siempre que atracaba por primera vez un vapor a la orilla. Una vez que les habían matado los dos o tres primeros perros que habían desembarcado, encerraban a bordo a todos los demás y se dirigían ellos solos a vengarse de sus asaltantes. Uno de los hombres blancos que vio a su perro setter despedazado por los otros, echó mano del revólver y lo disparó seis veces seguidas, dejando muertos o moribundos a otros tantos de la manada. Fue esta una manifestación más de poderío que se grabó profundamente en la memoria de Colmillo Blanco.

Disfrutaba este con todo aquello. No sentía más que odio hacia los de su raza, y era bastante listo para escapar ileso de tales batallas. Al principio, matar los perros de los hombres blancos fue para él un juego. Después se convirtió en su especial ocupación. No tenía otro trabajo. Castor Gris andaba muy atareado, enriqueciéndose con su comercio. Así pues, se dedicó a merodear con toda su jauría india por el desembarcadero, esperando la llegada de los buques. En cuanto atracaba uno, comenzaba la lucha, y algunos minutos después, cuando los tripulantes ya se habían repuesto de la sorpresa, la banda canina quedaba disuelta y desaparecía. Todo había terminado, hasta que llegaba una nueva embarcación forastera.

Pero no podría decirse que Colmillo Blanco formara parte de aquella especie de cuadrilla de desalmados. Ni siquiera se mezclaba con ellos, permaneciendo aparte, siempre fiel a sí mismo y temido por los demás. Verdad que colaboraba con ellos. Él era el que empezaba la lucha con el forastero, mientras los otros esperaban, para arrojarse en el momento oportuno sobre la víctima; pero también era igualmente cierto que él se retiraba y dejaba que los demás recibieran el castigo de los airados dioses.

No era muy difícil promover estas peleas. Su sola presencia bastaba para ello. En cuanto acertaban a verlo, arremetían contra él, obedeciendo al instinto. Para ellos representaba lo salvaje, lo desconocido, lo terrible, lo amenazador, lo que se arrastraba sobre las tinieblas alrededor de las hogueras de los primitivos tiempos cuando ellos, muy acurrucados contra la instintos, lumbre, se esforzaban en dar una nueva forma a sus aprendiendo a temer a aquel mundo salvaje del cual procedían y que abandonaron haciéndole traición.

A través de todas las generaciones, transmitiéndose de una a otra, se imprimió en ellos ese miedo a la vida salvaje, que representaba el horror, la destrucción. Y durante todo ese tiempo tuvieron permiso de sus dueños para matar todo lo que procedía de las selvas. Al hacerlo, atendían no solo a su propia conservación, sino también a la de los dioses en cuya propia compañía vivían.

Por eso, en cuanto aquellos perros descendían del barco, trotando por el puentecillo de tablones hasta la orilla del Yukón, y veían a Colmillo Blanco, experimentaban el impulso irresistible de arremeter contra él y despedazarlo. No importaba que se hubieran criado siempre entre ciudades: su temor instintivo a lo salvaje era idéntico. No veían al lobo con sus propios ojos solamente, sino también con los de sus antepasados, y por ley de la herencia, luchaban contra el lobo. Todo aquello llenaba de júbilo a Colmillo Blanco. Si su vista bastaba para que lo atacaran, mejor para él y peor para sus enemigos. Lo consideraban como legítima presa, y con igual moneda les pagaba él.

No en balde había nacido en un solitario cubil y había sostenido sus primeras batallas con la perdiz blanca, la comadreja y el lince. Y no en balde le había amargado la vida la persecución de Lip-Lip y de todos los cachorros. Si los acontecimientos se hubieran desarrollado de otra manera, tal vez sería diferente. Sin Lip-Lip, se hubiera mezclado con los otros cachorros como uno de tantos, se hubiera desarrollado como un verdadero perro y aficionado a los de su raza. Si Castor Gris hubiese poseído aquella sonda que se llama cariño, que se llama amor, habría podido llegar con ella a lo hondo de la naturaleza de Colmillo Blanco y sacar de allí a la superficie toda suerte de buenas cualidades. Pero no ocurrieron así las cosas. La arcilla adquirió en el molde la forma que hoy tenía, la de un ser huraño y solitario, sin amor y todo ferocidad: el enemigo, en fin, de los de su propia raza.