Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 16. El dios loco
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

En fuerte Yukón había pocos hombres blancos, y estos hacía tiempo que estaban en el país. Se llamaban a sí mismos los de la levadura y se mostraban orgullosos de darse tal nombre. Por los demás, los novatos aún, no sentían otra cosa que desprecio. En cuanto a los recién llegados, que acababan de desembarcar, eran conocidos por los chechaquos, calificación que evidentemente debía de serles desagradable, a juzgar por la cara con que la recibían. Estos usaban para amasar esa conocida harina de arroz preparada que lo hace más ligero, y ello constituía una irritante distinción para los otros, que, por no tener tal preparado, se veían obligados a usar la tradicional levadura.

Pero no quedaba ahí la cosa. Los que estaban en el fuerte no solo desdeñaban a los recién llegados, sino que también veían sus desazones con verdadero júbilo. Lo que más gracioso hallaban eran los estragos que entre sus perros producían Colmillo Blanco y toda su pandilla. En cuanto llegaba un vapor, los moradores del fuerte se daban cita para no perder ni un detalle de la batalla canina, que les parecía siempre muy divertida. La esperaban con la misma fruición anticipada de los perros indios, apreciando especialmente el salvajismo y la destreza de la parte que en ella le correspondía a Colmillo Blanco.

De todos aquellos hombres, uno en particular gozaba grandemente con tal espectáculo. Acudía a la carrera al oír el primer silbido del buque, y cuando la pelea había terminado y toda la manada quedaba dispersada, regresaba lentamente al fuerte, mostrando en el rostro el pesar de que se hubiera acabado todo tan pronto. A veces, si uno de aquellos pobres perros meridionales, poco endurecido en la lucha, aullaba aterrorizado y moribundo, el hombre no podía contenerse y manifestaba su gozo con brincos y piruetas. Y ni un minuto apartaba los codiciosos ojos de Colmillo Blanco.

A este hombre, los otros del fuerte le llamaban Hermoso. Nadie sabía su nombre de pila, y, por lo general, los del país le apellidaban el Hermoso Smith. Pero si algo le faltaba, era precisamente hermosura. Por ser la antítesis de ella, debieron de llamarle así. Era feísimo; la naturaleza no podía haberse mostrado más avara con él. Empezaba por ser de muy escasa talla, y sobre la pequeña base de tal cuerpo descansaba una cabeza más pequeña aún. Podría decirse que remataba en punta, y lo cierto era que, de pequeño, antes de que le apodaran Hermoso, sus compañeros le llamaban Cabeza de Alfiler.

De cabeza pequeña y frente baja y notable por su anchura, la naturaleza, como si se hubiera arrepentido de mostrarse tan parca en el comienzo, decidió abrir la mano en las facciones. Sus ojos eran grandes, y entre uno y otro había distancia suficiente para que cupieran los dos. La cara resultaba prodigiosa respecto a lo demás del cuerpo. Para contar con mucho espacio disponible, fue dotada de una mandíbula inferior enorme, de marcado pragmatismo. Ancha, maciza, con gran proyección hacia delante y hacia abajo, parecía descansar sobre su pecho. Quizá aquella apariencia era debida a la fatiga del delgado cuello, que no podía, en rigor, con el peso de semejante volumen.

La vista de aquella mandíbula producía la impresión de un carácter feroz y decidido. Pero algo faltaba allí, o sobraba. Tal vez pecaba por exceso. El hecho era, sin embargo, que la impresión que daba no tenía nada que ver con la realidad. Todos sabían que el Hermoso Smith era el mayor cobarde del mundo, el lloraduelos más débil y tembleque que imaginarse pueda. Para completar su descripción, tenía los dientes grandes y amarillentos, y sus colmillos superiores, de mayor tamaño que los inferiores, sobresalían de los delgados labios como verdaderos colmillos perrunos. También sus ojos eran de un amarillo terroso, sucio, como si a la naturaleza se le hubieran acabado los pigmentos al llegar a ellos y hubiese mezclado los escasos residuos de sus tubos de colores. Lo mismo ocurría con el pelo, ralo, irregular en su crecimiento, de un ocre fangoso, impuro, y que brotaba en mechones singularísimos de la cabeza y del rostro, con aspecto muy semejante al de un trigal en que el viento agrupó las revueltas espigas. Para decirlo en una palabra: el Hermoso Smith era un monstruo, y él no tenía la culpa de serlo: así salió del molde. Cocinaba para los que vivían en el fuerte, les lavaba los platos y atendía a las demás faenas de la casa. No lo trataban con desprecio, sino más bien con una especie de amplia tolerancia, como la que suelen inspirar ciertos infelices para quienes bastante desgracia fue ya el nacer. Además, le temían. Sus enfurecimientos de cobarde les infundían el recelo de que el mejor día les dispararía un tiro por la espalda o les echaría algún veneno en el café. Pero ¡qué remedio! Alguien debía encargarse de la cocina, y por muy corto de alcances que fuera él para otras cosas, no cabía negarlo: sabía cocinar.

Y ese era el hombre que miraba siempre a Colmillo Blanco, encantado con sus feroces proezas y deseando apoderarse de él. Desde el principio hizo todo lo posible por atraerlo. Colmillo Blanco no le hizo el menor caso. Más tarde, como su admirador insistía mucho, acabó por enseñarle los dientes, con todos los pelos erizados. No le gustaba aquel hombre. Le producía mala impresión. Sentía que había algo malo en él, y huía de la mano que intentaba acariciarlo y de las palabras que dirigía para amansarlo. Precisamente por aquello odiaba aún más a aquel hombre.

Para todos los seres poco complacidos, el bien y el mal son cosas de fácil comprensión. El bien se halla del lado en que está todo lo que proporciona bienestar, satisfacción y allí vio o desaparición del dolor. Por eso les gusta el bien. El mal representa para ellos todo lo que ocasiona malestar, lo que amenaza, lo que duele, y proporcionalmente a esto les inspira odio. La impresión que el Hermoso Smith le producía a Colmillo Blanco era malísima. De aquel cuerpo, tan torcido como las intenciones de su mente, parecían desprenderse emanaciones palúdicas*, que sin duda eran malsana manifestación de lo que en él se albergaba. No por medio del razonamiento, ni de sus cinco sentidos solo, sino por un remoto e inexplicable instinto, el animal adivinaba que aquel hombre era una amenaza de males sin cuento, que los llevaba en sí mismo, y que, por consiguiente, resultaba algo malo que la prudencia aconsejaba odiar.

Colmillo Blanco se hallaba en el campamento de Castor Gris la primera vez que el Hermoso Smith lo visitó. Por el solo levísimo rumor de distantes pasos, aun antes de que llegara a verlo, supo quién era el que se acercaba, y enseguida comenzaron a erizársele los pelos. Hasta entonces había estado tendido en el suelo cómoda y descuidadamente; pero se levantó en el acto, y al llegar el hombre, se deslizó, como un verdadero lobo, hasta el otro extremo del campamento. Aunque ignoraba lo que decían los dos hombres, vio que departían animadamente. Hubo un momento en que el forastero lo señaló a él con el dedo, y Colmillo Blanco gruñó entonces como si aquella mano fuera a caerle encima, en vez de hallarse a bastantes metros de distancia. El hombre se rió al observarlo, y el animal se escabulló a los bosques vecinos, volviendo la cabeza de vez en cuando para no perderlo de vista.

Castor Gris se negó a vender su perro. Se había enriquecido con el negocio y tenía ya cuanto necesitaba. Por otra parte, Colmillo Blanco era de gran valor para él, pues resultaba el mejor de cuantos había tenido para el trineo y un excelente guión de los demás del tiro. Y aún existía otra razón: la de que no había otro que pudiera rivalizar con él en la lucha, ni en las orillas del Mackenzie ni en las del Yukón. Mataba a los demás perros con la facilidad con que los hombres mataban mosquitos. Al oír esto, le brillaron los ojos al Hermoso Smith, y se pasó la lengua por los delgados labios con codiciosa expresión. No, era inútil: Colmillo Blanco no estaba en venta, no se cedía a ningún precio.

Pero Smith sabía cómo eran los indios. Visitó con frecuencia el campamento de Castor Gris, y en cada visita llevaba oculta alguna botella negra. Una de las cualidades del whisky es la de producir sed. Castor Gris comenzó a sentirla más y más. Febriles sus membranas y abrasado el estómago, ansiaba aumentar la dosis del ardiente licor, y enloquecido casi por la excitante bebida, no reparaba en medios para adquirirla. El dinero que había ganado con su negocio empezó a disminuir rápidamente. Y así continuó, con la circunstancia de que cuanto más menguaba su caudal, más iba en aumento su mal humor.

Al fin lo agotó todo, desde el dinero y los géneros hasta la paciencia. Solo le quedó la sed, y aunque no bebiera, hasta el mero acto de respirar la iba acrecentando. Entonces fue cuando Smith volvió a hablarle de vender el perro; pero esta vez el precio ofrecido era en botellas y no en metálico, proposición que sonó más agradable a los oídos del indio.

-Coge el perro y llévatelo -fueron sus últimas palabras. El pago en botellas se efectuó, aunque dos días después, porque la contestación de Smith había sido:

-Cógelo tú.

Cierto anochecer, Colmillo Blanco se retiró al campamento y se echó al suelo con un resuello de satisfacción. No estaba el temido dios blanco. Durante varios días se había mostrado más deseoso que nunca de ponerle la mano encima, y para evitarlo, él se ausentaba del campamento todo lo posible. Ignoraba qué era lo que aquellas manos pretendían; pero tenía la seguridad de que con algo malo lo amenazaban y que lo mejor era conservarse fuera de su alcance.

Acababa de echarse cuando Castor Gris se acercó dando traspiés y le ató al cuello una correa. Luego se sentó a su lado, sosteniendo el extremo de la correa en una mano. En la otra llevaba una botella cuyo contenido iba tragando con acompañamiento de ruidos guturales.

Transcurrió así una hora, y de pronto, un rumor de pasos anunció que alguien se acercaba. El primero que lo oyó fue Colmillo Blanco, y se alarmó enseguida al reconocer al que venía, mientras su amo seguía dando estúpidas cabezadas, medio dormido. El perro intentó tirar suavemente de la correa para que se desprendiera de la mano; pero esta se cerró con fuerza y Castor Gris despertó del todo.

El Hermoso Smith entró en el campamento y se quedó plantado frente a Colmillo Blanco, mirándolo. El animal gruñó sordamente al temible espantajo, observando muy fijo los movimientos de aquellas manos. Una, extendida, iba bajando sobre su cabeza. El sordo gruñido se hizo más recio y áspero. La mano continuó bajando lentamente, mientras él se iba acurrucando, sin dejar de mirarla con maligna expresión y gruñendo cada vez más al ver que iba ya a tocarle. De pronto, el animal le lanzó una dentellada, rápido como la serpiente en el ataque. Se retiró la mano con igual rapidez y los dientes de aquel chocaron unos con otros con seco ruido y sin hacer presa. Smith se asustó, mostrando gran enojo, y Castor Gris le dio un fuerte coscorrón a Colmillo Blanco, por lo que este se aplastó materialmente contra el suelo en señal de respetuosa obediencia.

Con ojos recelosos fue siguiendo el animal todos los movimientos de Smith. Le vio marcharse y volver con un grueso garrote. Entonces, Castor Gris le entregó el extremo de la correa que él sostenía. El otro se dispuso a partir, tirando de la correa, pero no lo consiguió: Colmillo Blanco se resistía, sin moverse. Nuevos golpes de su amo para obligarlo a levantarse y seguir. Obedeció, pero con tal arremetida que fue a arrojarse contra el forastero que tiraba de él para llevárselo. Smith no se apartó de un salto. Esperaba ya que ocurriera aquello. Enarbolando el garrote con viveza, le paró los pies al perro en mitad de su embestida, lanzándolo de un taconazo contra el suelo. Castor Gris se echó a reír, aprobando lo hecho. Entonces, Smith tiró otra vez de la correa, y el perro, cojeando y aturdido, se arrastró hasta sus pies.

Ya no arremetió por segunda vez contra él. Le bastaba el golpe recibido para persuadirle de que el dios blanco sabía manejar perfectamente el garrote, y él no iba a pelearse con lo fatal, lo inevitable. Siguió, pues, a Smith por la fuerza, cabizbajo y malhumorado, con la cola entre las piernas, aunque no sin gruñir suavemente, entre dientes. Pero Smith no lo perdía de vista un momento, con el garrote preparado a caer sobre él.

Al llegar al fuerte, su amo lo dejó bien atado y se fue a dormir. Colmillo Blanco esperó hasta que hubo transcurrido una hora. Entonces cortó la correa con los dientes y quedó en libertad. Fue cosa de unos diez segundos: no perdió tiempo inútilmente, royendo poco a poco. Cortó de golpe, diagonalmente, con la misma limpieza con que hubiera podido hacerlo un cuchillo. Levantó entonces la cabeza para mirar al fuerte, con los pelos erizados y gruñendo. Después le volvió la espalda y regresó trotando al campamento de Castor Gris. No se consideraba obligado a guardarle fidelidad a aquel raro y temible dios del cual huía. No era a él, sino al antiguo, a quien se había entregado, y a Castor Gris creía aún pertenecer.

Pero lo que antes había ocurrido se repitió ahora, con alguna diferencia. Su primitivo dueño lo sujetó de nuevo con la correa, y al llegar la mañana se lo devolvió a Smith. Pero aquí fue donde apareció la diferencia, pues Smith le propinó una paliza. Colmillo Blanco estaba fuertemente atado y todo su furor resultó inútil: no pudo evitar el castigo, en el que intervinieron por igual los palos y los latigazos; fue aquella la más soberana paliza que recibió en su vida. Ni la que Castor Gris le dio en sus tiempos de cachorro podía compararse con ella. El Hermoso Smith gozó con su tarea. Le tenía encantado. Sus ojos despedían llamaradas de estúpido júbilo al blandir el garrote o la tralla y oír los lamentos de dolor o los verdaderos rugidos del animal. Porque Smith era cruel, con aquella crueldad característica de los cobardes. Dispuesto siempre a humillarse y a huir ante los golpes o las injurias de un hombre, se vengaba de ello con los seres más débiles. Todo lo que tiene vida gusta de la fuerza, y Smith no constituía una excepción de la regla. Privado de manifestarse fuerte con los suyos, elegía a sus víctimas entre los que le eran inferiores, defendiendo así sus derechos de cosa viva. ¿Cómo culparle demasiado si había venido al mundo tan contrahecho de cuerpo como de inteligencia, y el mundo había acabado de estropearle?

Colmillo Blanco sabía por qué le pegaban. Cuando Castor Gris le ató al cuello la correa y entregó el extremo de la misma a Smith, era porque quería que se fuera con él. Y cuando Smith lo dejó atado fuera del fuerte, fue porque quiso que se quedara allí. Así pues, resultaba que él se había revelado contra la voluntad de ambos dioses, haciéndose acreedor del castigo. Ya otras veces había visto que los perros cambiaban de dueño y que el que se escapaba recibía siempre una paliza. Por muy sagaz que él fuera, existían en su naturaleza ciertas fuerzas que superaban a todo conocimiento, a toda discreción. Una de éstas era la fidelidad. Castor Gris no le inspiraba cariño, y sin embargo, aun contra la voluntad del mismo y arriesgándose a enojarle, le era fiel. No podía evitarlo. Esa fidelidad formaba parte de su ser. Era la cualidad característica de su raza; la que colocaba a su especie en lugar aparte de las demás; la que había permitido al lobo y al perro salvaje abdicar de su libertad para convertirse en compañero del hombre.

Después del vapuleo, Colmillo Blanco se vio arrastrado nuevamente hacia el fuerte. Pero esta vez Smith lo ató con un palo, además de la correa, según el sistema indio. No se abandonan fácilmente los dioses a quienes se presta culto, y en aquel caso se hallaba el aprisionado animal. Castor Gris era su dios favorito, y, aun contra la voluntad del que él respetaba, Colmillo Blanco se sentía aferrado a su antiguo dios, al cual no quería renunciar. Verdad que su divinidad acababa de hacerle traición, de abandonarlo; pero eso no importaba. No en balde se había entregado a él por entero, sin reserva, y el lazo no podía romperse tan fácilmente.

Así pues, por la noche, cuando dormían los moradores del fuerte, Colmillo Blanco aplicó los dientes al palo que lo mantenía sujeto. La madera era dura, reseca, y tan cerca estaba de la atadura del cuello que apenas podía roerla. Solo arqueando el cuello, y después de grandes esfuerzos, logró que el palo quedara entre sus dientes delanteros, y, con inmensa paciencia y muchas horas, fue cortándolo poco a poco hasta separarlo en dos trozos. Aquello era algo sin precedentes, algo que se suponía imposible de realizar. Pero él lo hizo, marchándose alegremente del fuerte al rayar el alba y con uno de los trozos del palo colgándole del cuello.

Era listo el animal, pero si se hubiera limitado a serlo sin dejarse llevar por la fidelidad, no habría vuelto al campamento de Castor Gris, que lo había traicionado dos veces ya y lo repetiría una tercera. Lo ataron nuevamente y vino a reclamarlo Smith, y tal fue la azotaina, que superó aun la anterior. Castor Gris no hizo más que mirar con aire estúpido, mientras el otro manejaba el látigo. No hubo ni una señal de protección por su parte: el perro ya no era suyo. Cuando todo terminó, Colmillo Blanco se quedó extenuado, enfermo. Si hubiera sido tan flojo como los perros que venían de las tierras del sur, habría muerto. Pero era de más dura fibra, y la escuela de la vida había acabado por endurecerlo. Con mayor vitalidad, lo resistía todo, pero había quedado tan maltrecho que no podía ni moverse, y Smith tuvo que esperar más de media hora antes de que, casi a rastras, con vacilante paso, el animal pudiera seguirle hacia el fuerte.

Y esta vez le pusieron una cadena, contra la cual nada podían sus dientes, y que en vano trató de arrancar, con furiosas embestidas, de la argolla atornillada en un poste. A los pocos días, Castor Gris emprendió su largo viaje de regreso hacia el río Mackenzie. Colmillo Blanco se quedó en el Yukón. Había pasado a ser propiedad de un hombre medio loco y con el mismo nivel moral de los brutos. Pero ¿qué sabía un perro de locuras? Para él, el Hermoso Smith era un verdadero, aunque terrible, dios. Loco o no, resultaba ser su amo nuevo, a cuya voluntad debía someterse, obedeciéndole hasta en sus menores caprichos.