Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 17. El reinado del odio
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Bajo la tutelo del Dios loco, Colmillo Blanco se convirtió en un verdadero demonio. Lo tenía encadenado y metido en una jaula, detrás del fuerte, y se divertía atormentándolo hasta ponerlo furioso. Pronto descubrió el hombre que el punto flaco del animal era su susceptibilidad, fácilmente herida cuando se burlaban de él, y por lo mismo puso especial empeño en mortificarlo y reírse después de su ira impotente. Se reía a carcajadas, escandalosa y sarcásticamente, mientras señalaba al perro con el dedo. En tales ocasiones, Colmillo Blanco se volvía más loco aún que su dueño.

Si antes había sido el enemigo de su raza, y uno de los más feroces, por cierto, se convirtió ahora en el enemigo de todas las cosas, y más feroz que nunca. Lo atormentaban de tal modo, que odiaba ya ciegamente, sin el menor asomo de razón. Odiaba la cadena que lo mantenía sujeto; a los hombres que lo miraban a través de los barrotes de la jaula; a los perros que iban con ellos y que le gruñían viéndolo allí indefenso. Hasta la misma madera de la jaula que lo encerraba le era odiosa. Y por encima de todo esto, a quien más odiaba era al Hermoso Smith.

Pero cuanto este hacía con Colmillo Blanco obedecía a un propósito preconcebido. Cierto día, un grupo de hombres se paró frente a la jaula. Smith entró en ella con una tranca en la mano y le desató la cadena al animal. Cuando su dueño se marchó, y al verse casi libre, el perro se arrojó contra los barrotes de la jaula intentando llegar hasta el grupo que lo contemplaba. De tan terrible, su aspecto resultaba magnífico. Medía más de metro y medio de largo, era robusto; no hubiera podido compararse con ningún lobo de su edad y tamaño. Había heredado de su madre las macizas formas del perro, y así, aunque desprovisto de toda grasa inútil, su peso excedía de noventa libras. Era todo músculo, huesos y tendones..., carne para la lucha, y en las mejores condiciones.

Volvió a abrirse la puerta de la jaula. Colmillo Blanco esperó un momento. Ocurría algo desusado. La puerta se abrió de par en par, arrojaron dentro de la jaula un enorme perro y tras él resonó un portazo. El prisionero jamás había visto al intruso. Era un mastín. Pero su tamaño y su fiero aspecto no le intimidaron. Al fin había allí algo, que no era de hierro ni de madera, en que saciar su odio. De un salto se le echó encima, brillaron sus dientes y se los clavó al otro en el cuello, que quedó abierto por uno de sus lados. El mastín sacudió la cabeza, gruñó roncamente y se lanzó a fondo contra Colmillo Blanco. Pero este no estaba quieto un momento, evitaba el ataque tan pronto desde un sitio como desde otro, y saltaba continuamente para desgarrar con sus colmillos y huir después al golpe que le devolvían.

Los hombres que lo contemplaban prorrumpieron en gritos de admiración y en aplausos, mientras el Hermoso Smith parecía extasiado, mirando fija y codiciosamente toda aquella carnicería que era obra de su perro. Para el mastín no hubo ya esperanza desde los comienzos. Era demasiado pesado y lento. Al fin, mientras Smith hacia retroceder a garrotazos a Colmillo Blanco, su víctima era retirada de la lucha por su propio dueño. Luego vino el pago de las apuestas que se habían cruzado y sonaron las monedas al ir cayendo en la mano del monstruo.

Colmillo Blanco llegó a desear con ansia que hubiera grupos de hombres alrededor de su jaula, era el único medio por el cual se le permitía exteriorizar su furia. Atormentado y lleno de odio, se le conservaba prisionero, con lo que podía expulsar aquel odio, excepto cuando a su amo se le antojaba lanzar contra él otro perro. Smith había calculado perfectamente, pues ganaba siempre. Un día fueron tres los canes que le echaron sucesivamente. Otro día fue un lobo ya completamente desarrollado y que acababan de coger vivo en el bosque, o dos perros a la vez, los que pusieron contra él. Esta última fue la más dura de todas sus batallas, y aunque acabó por matarlos a los dos, a punto estuvo de perder él también la vida.

Hacia fines de otoño, al iniciarse las nevadas y notarse en el río los primeros hielos, Smith embarcó, llevando consigo a Colmillo Blanco, en un vapor que partía del Yukón con rumbo a Dawson. El perro del monstruo se había hecho ya famoso en todo el país con el nombre de lobo de pelea, y, en la cubierta del barco, su jaula estaba siempre rodeada de hombres que lo contemplaban con curiosidad. Él les gruñía furioso o se mantenía echado observándolos con una fría mirada de odio. ¿Por qué los odiaba? No lo sabía, pero aquella pasión era ya habitual en él y la aplicaba en todo momento: su vida era un infierno. No nació para estar sujeto siempre a aquel encierro riguroso que las fieras deben sufrir cuando caen en manos de los hombres. Y sin embargo, así precisamente lo trataban. Los hombres lo miraban como algo raro; lo azuzaban con palos que introducían entre los barrotes de la jaula, y cuando les gruñía, se reían de él.

Aquellos hombres eran el nuevo medio que lo rodeaba y que iba dando a la maleable arcilla de su naturaleza un carácter mucho mas feroz que el que recibió al ser creado. Sin embargo, por su misma ductilidad*, por sus mismas acomodaticias cualidades, cuando cualquier otro animal en sus mismas condiciones hubiera muerto o desfallecido de ánimo, él supo adaptarse, sin menoscabo de sus fuerzas. Quizá el infernal Smith, verdugo suyo, fuera capaz de acabar con aquellos ánimos que él poseía; pero aún no había señales de que lo hubiera conseguido.

Si Smith era un demonio, Colmillo Blanco no le iba a la zaga, y ni uno ni otro cejaban en la lucha. En otros tiempos, el perro habría tenido la discreción de someterse al hombre que se le imponía garrote en mano; pero aquella prudencia había desaparecido ya. Ahora le bastaba ver a Smith para ponerse fuera de sí, y aunque él lo reducía a la obediencia a puros palos, el animal no dejaba de gruñirle y de mostrarle sus dientes. Por terrible que hubiera sido la paliza, no renunciaba nunca al último gruñido, y cuando finalmente su dueño lo dejaba, aquel gruñido retador lo iba siguiendo. A veces el animal se lanzaba contra los barrotes de la jaula y allí expresaba con rugidos todo su odio.

Cuando llegó el vapor a Dawson, Colmillo Blanco fue desembarcado; pero aún siguió siendo objeto de exhibición, encerrado en la jaula, rodeado siempre de curiosos. Para ver al lobo de pelea había que pagar cincuenta centavos, que se hacían efectivos en oro en polvo. No tenía un momento de reposo. En cuanto se echaba a dormir, lo pinchaban con un palo, obligándolo a levantarse para que los espectadores pudieran verlo mejor y no se llamaran a engaño, pues ya cuidaba el dueño de enfurecerlo. Pero lo peor era que todo el mundo lo miraba como la más terrible fiera del mundo, y que esto llegaba a comprenderlo él hasta la saciedad, por las exclamaciones, por los movimientos de los que lo rodeaban, recelosos a pesar de los barrotes de la jaula. Esto no hacía más que añadir combustible a la hoguera de su ferocidad, y el resultado era inevitable: su agresividad iba en aumento, lo cual era una prueba más de la facilidad con que el miedo que lo rodeaba influía en él hasta modificarlo. Además de exhibirlo, se le empleaba como animal de lucha en las riñas de perros. De cuando en cuando, siempre que se presentaba la oportunidad para organizar una de esas peleas, lo sacaban de la jaula y era conducido a los bosques, a algunos kilómetros de distancia de la ciudad. Ocurría esto generalmente de noche, para evitar la vigilancia de la policía montada de la comarca. Después de esperar algunas horas, cuando se había hecho ya de día, llegaban con su perro los que habían de ser espectadores. Se acostumbró a pelear con toda clase de canes, de diversos tamaños y razas. Aquella era una tierra salvaje, y tan salvaje como ella, los hombres que la pisaban, por lo cual las luchas eran comúnmente a muerte.

Como Colmillo Blanco era el campeón, está claro que los que morían eran los otros. Él nunca quedó derrotado. Su especial preparación, desde las batallas con Lip-Lip y todos los cachorros, le sirvió admirablemente. No había, por ejemplo, otro que se sostuviera en pie en medio de todos los ataques. Precisamente el ardid favorito de sus enemigos solía ser el precipitarse contra él, directa o indirectamente, para empujarlo de lado e intentar derribarlo. Sabuesos del Mackenzie, perros esquimales, del Labrador* o de otras tierras, todos lo intentaron; pero infructuosamente. Los hombres se decían ya unos a otros que no había modo de hacerle perder el equilibrio, y aunque esperaban que ocurriera cada vez, Colmillo Blanco no les dio ese gusto.

Otra cosa que llamaba la atención era su rapidez, parecida a la del rayo. Esto le daba enorme ventaja sobre sus contrincantes. Por muy acostumbrados que estuvieran a la lucha, jamás hallaron un perro que se moviera tan veloz. Ni tampoco otro tan pronto en el ataque, prescindiendo de gruñidos y demás preliminares. Mientras aún se preparaban ellos para la verdadera lucha, su fiero enemigo los revolcaba ya, y casi al momento acababa la pelea. Con tal frecuencia ocurrió esto, que al fin los hombres detenían a Colmillo Blanco, impidiéndole que se moviera hasta que el otro perro estuviera a punto de atacar.

Pero la mayor de todas las cualidades que le daban ventaja era su experiencia. Él sabía más acerca de cómo había que luchar que cualquiera de los que le ponían delante. Pues estos, aunque hubieran peleado muchas veces, no conocían tantos recursos y habilidades. Su método era perfecto, inmejorable. Por eso se consideraba invencible.

Con el transcurso del tiempo fue quedándose casi sin contrincantes caninos. Los hombres perdían ya la esperanza de hallarle un digno rival, y Smith no tuvo más remedio que buscar lobos para continuar las riñas. Los indios los cazaban con trampas expresamente para él, y el anuncio de que Colmillo Blanco iba a luchar con alguno de aquellos lobos atraía siempre a numeroso público. Una vez fue un lince lo que le pusieron frente a frente, y entonces sí que tuvo él que hacer prodigios para conservar la vida. Ambos combatientes eran igual de rápidos en los movimientos; pero en cambio, si el perro no contaba más que con sus dientes para el ataque, el lince luchaba también con sus temibles y afiladas garras.

Pero después de esta, cesaron las batallas. No había nuevos animales que oponer al triunfador, o, por lo menos, no se les consideraba dignos de él. Smith se limitó, pues, a exhibirlo, hasta que llegó a aquel país un tal Tim Keenan, gran jugador de cartas. Con él vino el primer perro de presa que pisó las tierras de Klondike. Que se organizara un encuentro entre ambos perros era inevitable, y durante una semana no se habló de otra cosa en ciertos barrios de la ciudad.