Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 20. El maestro del amor
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

Al ver Colmillo Blanco que Weedon Scott se le acercaba, se le erizó el pelo y comenzó a gruñir como indicando que no sufriría con paciencia el castigo. Habían transcurrido veinticuatro horas desde que desgarró la mano que aparecía ahora vendada y en cabestrillo. Lo habían acostumbrado en pasados tiempos a aplazarle a veces el castigo, y creía que ahora iba a ocurrir lo mismo. ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo? Había cometido lo que para él resultaba un sacrilegio al hundir los dientes en la sagrada carne de un dios, y nada menos que de un dios blanco. Según el orden natural de las cosas y tratándose de un dios, algo terrible debía de ocurrirle.

El dios se sentó a algunos palmos de distancia de él. El animal no vio nada peligroso en ello. Cuando los dioses castigaban, lo hacían de pie. Además, no llevaba garrote, látigo ni arma alguna, y él estaba libre, no había atadura que lo aprisionara. Le sería fácil huir mientras el otro se levantaba. Entretanto, lo mejor era esperar y ver lo que ocurría.

El dios permaneció quieto, sin producir el menor movimiento, y los gruñidos del perro fueron bajando de tono hasta cesar completamente. Entonces el dios habló, y esto hizo que volviera a alarmarse el animal; pero el hombre siguió hablando lenta, tranquilamente, sin hacer el menor movimiento hostil. Por algún tiempo resonaron juntos las palabras del uno y los gruñidos del otro, estableciéndose una especie de correspondencia entre el ritmo de aquellas y el de estos. Pero la conversación del dios parecía interminable. Le estuvo hablando a Colmillo Blanco como nadie le había hablado nunca, suavemente, como si su voz no fuera más que un calmante, con tan amable acento que llegó a impresionar al animal. A pesar suyo y contra todos los impulsos que lo aguijoneaban, adquirió confianza en aquel dios. Sentía una impresión de seguridad que venía a desmentir toda su experiencia adquirida en el trato con los hombres.

Después de largo rato, el dios se levantó y se metió en la choza. Colmillo Blanco estuvo observándolo con escudriñadora mirada, y además con cierta aprensión cuando lo vio salir de nuevo. No llevaba látigo, ni garrote, ni arma alguna, ni siquiera escondía detrás de la espalda la mano que le quedaba sana, ocultando algo en ella. Se sentó como antes, en el mismo sitio, y le alargó un trocito de carne. El perro enderezó las orejas y examinó la oferta receloso, no perdiendo de vista la carne ni al dios, en guardia contra cualquier movimiento hostil, con todo el cuerpo en tensión y dispuesto a apartarse de un salto en cuanto el hombre hiciera el más mínimo movimiento extraño.

Pero el castigo no llegó. El dios solo le acercó el trozo de carne al hocico. Y en esta no parecía que hubiera nada sospechoso. A pesar de ello, el animal aún recelaba, y aunque el hombre le ofrecía el alimento con repetidos movimientos de la mano, no quería cogerlo. Los dioses se pasaban de listos, y ¿quién sabe lo que habría ocultado en aquella carne, de apariencia inofensiva? Otras veces, especialmente al tratar con las mujeres de los indios, había comprobado la desastrosa relación que existía entre aquellos ofrecimientos y el castigo inmediato.

Al fin, el dios arrojó la carne sobre la nieve, a los pies de Colmillo Blanco. Él la olfateó con cuidado, pero sin mirarla, porque no separaba la vista del dios. Sin embargo, no pasó nada. Lo que sucedía era que el dios le ofrecía ahora otro pedazo. Se negó nuevamente a tomarlo de su mano, y de nuevo lo hizo desde el suelo. La escena se repitió varias veces. Pero llegó un momento en que el dios se negó a arrojarlo, lo conservó fuertemente apretado en la mano y se lo ofreció con gestos y ademanes cariñosos.

La carne era excelente y Colmillo Blanco sentía hambre. Poco a poco, se acercó con infinitas precauciones. Al fin decidió comérsela. No apartó los ojos del dios ni un momento. Adelantó la cabeza con las orejas aplastadas contra el cuello y los pelos erizados como si formaran una cresta. Gruñía veladamente como indicando que con él no se jugaba. Comió la carne, no obstante, y no ocurrió nada. Sería que el castigo quedaba aplazado.

Se relamió y esperó. El dios seguía hablando. Había en su voz algo amable..., algo a lo que el animal no estaba acostumbrado. Y en él surgieron sentimientos que no había experimentado nunca. Sentía cierta vaga satisfacción, como si alguien hubiera colmado una de sus más hondas necesidades, como si en su existencia acabara de llenarse un vacío. Pero luego volvieron a aparecer el aguijón de su instinto y las enseñanzas del pasado. La astucia de los dioses era infinita y solían valerse de los más recónditos medios para alcanzar sus fines.

¡Ah! ¡Ya se lo figuraba él! Ahí estaba lo que temía: la mano del dios, hábil para todo lo que pudiera hacer daño, que, tendida hacia él, descendía sobre su cabeza. Pero el dios continuaba hablando. Su voz era dulce, suave, y, en contraste con aquella amenazadora mano, inspiraba confianza. En Colmillo Blanco luchaban entonces los más opuestos sentimientos y ciegos impulsos. Parecía que iba a estallar por efecto de aquella terrible lucha contra las fuerzas opuestas que intentaban dominarlo.

Optó por una transacción entré ellos. Gruñó bajando las orejas, todo él se erizó, pero ni mordió ni se apartó de un salto. La mano descendió, cada vez más cerca, y llegó a tocar las puntas de los tiesos pelos. El animal se encogió. La mano siguió bajando y finalmente se apoyó. Más encogido que nunca, tembloroso, Colmillo Blanco logró, sin embargo, mantenerse quieto; pero aquella mano que se atrevía a tocarlo era todo un tormento. Iba contra todos sus instintos. No era posible que en un solo día él lograra olvidar todo el daño que le habían causado las manos de los hombres. Pero eso era la voluntad del dios y se esforzó en someterse a ella.

La mano se levantaba y volvía a bajar dando suaves golpecitos. Eran caricias. Así continuó un rato; pero cada vez que la mano se elevaba, el pelo se levantaba, y cada vez que descendía, se agachaban las orejas y resonaba un gruñido gutural, cavernoso, repetido una y otra vez como insistente advertencia. Era un modo de expresar que estaba dispuesto a vengar cualquier daño que pudieran causarle, porque era imposible que él supiera cuánto llegaría a apreciar el oculto motivo de lo que el dios estaba haciendo. De un momento a otro, aquella voz suave, que inspiraba confianza, podía convertirse en tempestuosa, prorrumpiendo en gritos y juramentos; aquella mano que tan dulcemente acariciaba se trocaría, tal vez, en durísima al asirlo para castigarlo.

Pero aquel cambio no se producía ni en la voz ni en los movimientos, que nada tenían de hostiles. Colmillo Blanco se hallaba flotando entre opuestos impulsos. Era una situación desagradable para sus instintos, porque se oponía al libre ejercicio de su voluntad. Y sin embargo, físicamente, lo que le ocurría le resultaba grato. Los suaves golpecitos fueron sustituidos por otra forma de caricia: ahora le restregaba suavemente la base de las orejas. El placer fue en aumento. Sin embargo, aún seguía desconfiando, siempre en guardia, en espera de imaginarios daños, sufriendo unas veces y gozando otras, según la impresión de cada momento.

-¡Pues, señor, que me ahorquen si lo entiendo! -exclamó Matt, que acababa de salir de la choza con la camisa arremangada y sosteniendo un barreño de agua sucia. Se quedó inmóvil en el momento en que se disponía a vaciarlo, ante el inesperado espectáculo de ver a Weedon Scott acariciando a Colmillo Blanco. En cuanto oyó aquella voz que venía a interrumpir el silencio, el perro saltó hacia atrás, gruñendo furiosamente al intruso.

Matt miró a su amo con marcadas muestras de desaprobación.

-Si supiera que no se iba a ofender, señor Scott, y pudiese decir todo lo que siento..., me atrevería a llamarle loco de remate, y se lo estaría llamando no una, sino cien mil veces.

Weedon Scott sonrió con aire de superioridad, se levantó y se acercó más a Colmillo Blanco. Volvió a hablar para amansarlo, y luego alargó lentamente la mano y la dejó descansar sobre su cabeza, reanudando las caricias y los suaves golpecitos. El animal lo soportó pacientemente, con los ojos fijos en aquel otro hombre que se había quedado inmóvil en la puerta de la choza.

-Usted será un técnico de los mejores...; bueno..., eso ya lo sabemos... -decía el conductor del trineo como hablando consigo mismo-; pero se dejó usted perder la mejor ocasión que podía presentarse en su vida al no escapar de su casa cuando era chiquillo para ingresar en una compañía de circo y convertirse en domador.

Colmillo Blanco gruñó al oír la voz del hombre; pero esta vez no se apartó de la mano que le acariciaba, lenta y prolongadamente, la cabeza y parte del cuello.

Para él, aquello era ya el principio del fin, la terminación de su antigua vida, de aquella que significaba el reinado del odio. Alboreaba otra nueva, incomprensiblemente hermosa, que requería mucho pensar e ilimitada paciencia por parte de Scott, y que para Colmillo Blanco suponía nada menos que una revolución total. Tendría que hacer caso omiso de todos sus impulsos, ponerse en contradicción con toda la experiencia adquirida.

En su vida anterior, actuar como lo estaba haciendo ahora hubiera sido inaudito. En una palabra: ahora tenía que orientarse en un mundo nuevo mucho más vasto que el que conoció al abandonar los bosques y aceptar a Castor Gris como dueño y señor. Entonces no era más que un cachorro, maleable, sin forma, apto para que se la fueran dando las circunstancias. Ahora todo resultaba bien distinto.

Se había endurecido hasta convertirse en un lobo de pelea fiero, implacable, incapaz de sentir amor ni de inspirarlo. Y ahora debía cambiar. Eso suponía un flujo de todo su ser, precisamente cuando había perdido ya la maleabilidad de la juventud; cuando sus fibras eran duras, nudosas; cuando la urdimbre y la calidad del tejido habían hecho de él algo recio, de diamantina impenetrabilidad; cuando su corteza espiritual era un hierro, y todos sus instintos y apreciaciones habían cristalizado en normas de conducta, en recelos, antipatías y deseos.

Y sin embargo, en esta nueva orientación, la misma mano de las circunstancias se apoderaba de él oprimiéndolo, aguijoneándolo, ablandando su dureza y plasmándolo de nuevo, para darle más hermosa forma. Weedon Scott era en realidad aquella mano. Había sabido llegar a las raíces de su naturaleza y despertar en ella fuerzas que dormían, que habían ido languideciendo hasta casi morir. Una de estas fuerzas era el amor, que venía a sustituir a aquellas simpatías de su más alto sentir en sus relaciones con los hombres.

Pero ese amor no fue cosa de un día. Empezó siendo mera simpatía y luego fue desarrollándose lentamente. Colmillo Blanco no escapó, aunque lo tuvieran en libertad, porque le gustaba aquel nuevo dios. El animal prefería la vida que él le proporcionaba a la otra de cuando Smith lo tenía enjaulado. Su destino era tener un dios, un hombre que fuera su dueño y señor. El sello de su servidumbre quedó grabado en él desde el primer día en que volvió la espalda al bosque y llegó arrastrándose hasta los pies de Castor Gris para recibir el castigo que esperaba. Y luego la impresión se renovó, fijándose para siempre, cuando regresó por segunda vez a la vida salvaje, una vez terminada la época del hambre, y halló provisión de pescado en la aldea de su mismo amo.

Así fue como, por necesitar un dios y por defender que este fuera Weedon Scott y no Smith, Colmillo Blanco se quedó allí. En prueba de que le rendía vasallaje, se encargó de vigilar la propiedad de su amo. Rondaba alrededor de la choza mientras dormían los perros del trineo, cuando fue agredido a garrotazos por el primer hombre que fue a visitarla de noche. Y Scott tuvo que acudir en su auxilio. Pero pronto aprendió a distinguir entre los ladrones y la gente honrada, a apreciar en todo su valor lo que indicaba el modo de andar de las personas. Al hombre que llegaba con paso firme, decidido y resonante y se dirigía en línea recta a la puerta de la choza, lo dejaba tranquilo..., aunque se quedara vigilándolo hasta que la puerta se abría y era admitido por el amo. Pero con el que llegaba callada y suavemente, dando rodeos, vigilante y cauteloso, con evidente deseo de que nadie se enterara..., con ese sí que no mostraba la menor indulgencia Colmillo Blanco, y pronto le obligaba a marcharse deprisa e ignominiosamente.

Weedon Scott se había impuesto el deber de redimir al animal, o, mejor dicho, de redimir a la humanidad del pecado de maldad que había cometido contra Colmillo Blanco. Era cuestión de principios y de conciencia. Le parecía que todos los daños que le habían causado constituían una deuda que era preciso pagar. Por esto se empeñó en mostrarse particularmente amable y bondadoso con el que la fama consideraba como un lobo luchador, y no dejaba transcurrir un solo día sin acariciarlo un buen rato.

Receloso y hostil al principio, al perro acabó por gustarle que lo trataran así. Pero hubo algo de lo que nunca supo curarse: su costumbre de gruñir. Desde que empezaban las caricias hasta que terminaban, esos gruñidos eran incesantes. Sin embargo, existía en ellos cierta nota nueva que cualquier persona extraña no hubiera sabido apreciar, creyendo que aún se manifestaba en él el primitivo salvajismo atroz y horrible de siempre. Pero la garganta del animal estaba tan endurecida, tan acostumbrada a emitir aquellos feroces sonidos, desde el primero que intentó producir cuando cachorro para manifestar su enojo, que le era ahora imposible suavizarlo para expresar toda la dulzura de sus nuevos sentimientos. A pesar de todo, al oído, a la simpatía, mejor dicho, de Weedon Scott no se le escapaba aquella nota perdida, casi ahogada en un mar de fiereza: la nota que no era más que indicación ligerísima de su contenido, un gozoso zumbido interior que solo él podía oír. Con el paso de los días se aceleró la evolución de la simpatía hacia el amor. El mismo Colmillo Blanco comenzó a percatarse del cambio, aunque no supiese de un modo consciente lo que era amor. Sentía un vacío en todo su ser, un hambriento, doloroso, vivísimo anhelo que lo inquietaba, y que únicamente colmaba con la caricia del dios o con su sola presencia. En tales momentos, el amor resultaba para él un placer, una refinada y penetrante satisfacción. Pero en cuanto se alejaba de su dios, el dolor y la inquietud volvían, el vacío aparecía de nuevo como una opresión, y el hambre le mordía de nuevo incesantemente.

Colmillo Blanco estaba en el momento crítico del que anda buscándose a sí mismo. A pesar de hallarse ya en plena madurez y de lo rígido de aquel salvaje molde que le hizo ser tal cual era, se verificaba en su naturaleza una extraña expansión. Brotaban en él raros sentimientos e involuntarios impulsos. Sus antiguas normas de conducta evolucionaban. En su pasado gustaba de cuanto suponía bienestar y ausencia de todo dolor o molestia, y detestaba lo contrario. Sus actos se ajustaban a aquellos gustos. Ahora había cambiado todo. Su nuevo modo de sentir lo llevaba con frecuencia a escoger la incomodidad y el dolor como homenaje a su dios. Así, en las primeras horas de la mañana, en vez de andar merodeando o de echarse en algún abrigado rincón, esperaba durante horas en el poco agradable umbral de la choza la aparición de su divinidad. Por la noche, cuando esta regresaba, se apresuraba a abandonar el hoyo que había cavado en la nieve para dormir. Dejaba el calor de su refugio solo para recibir la amistosa caricia de su amo, acompañada de suaves palabras. Hasta de la carne se olvidaba para estar con él y acompañarle a la ciudad.

Sus gustos, sus caprichos, habían cedido el sitio al amor. Y este amor era en él como la sonda que descendió hasta lo más profundo de su ser, hasta lugares que antes parecían insondables. El pago estaba en relación con lo que recibía. Aquel era un dios de verdad, un dios todo amor, todo luz tibia y confortante, y bajo la influencia de esa luz se expandía toda su naturaleza, como se abre al sol un cerrado capullo.

Pero Colmillo Blanco era poco amigo de demostrar lo que sentía; demasiado maduro y endurecido para adoptar nuevos modos de expansión; demasiado sereno, equilibrado y solitario; demasiado esquivo, encerrado en sí mismo y gruñón. No había sabido nunca lo que era ladrar, y no era ya cosa de que lo aprendiera ahora para dar la bienvenida a su amo cuando le viera llegar. Ni molestaba nunca ni se le podía tachar de que fuera indiscretamente expresivo en la manifestación de su amor. Ni siquiera salía al encuentro de su dios cuando este se acercaba. Lo esperaba a distancia; pero lo esperaba, no se movía nunca. Su amor tenía algo de adoración muda. Lo expresaba con la fijeza de sus ojos y con aquel constante seguir con la mirada todos los movimientos de su dios. Y a veces, cuando su dios lo miraba a él y le dirigía la palabra, se traslucía en su porte inquieto el embarazo causado por la lucha entre su amor y la incapacidad física para demostrarlo.

En muchas cosas aprendió a adaptarse a su nuevo género de vida. Se le enseñó a no meterse con los otros perros de su amo; pero no sin que antes, como afirmación del impulso dominante de su naturaleza, les demostrara por medio de la violencia su superioridad y les exigiera el reconocimiento de su jefatura. Hecho esto, halló pocas dificultades en sus relaciones con ellos. Se apartaban sin inconveniente cuando él iba y venía, y su voluntad era respetada.

De parecido modo llegó a tolerar la presencia de Matt, a quien consideraba como algo qué pertenecía a su amo. Scott le daba la comida pocas veces: el que estaba encargado de ello era Matt; pero Colmillo Blanco adivinaba que lo que comía era de su amo, y que el otro lo alimentaba solo por delegación suya.

Matt fue quien trató de engancharlo al trineo y hacerle tirar de él con los demás perros; pero fracasó en su tentativa. Fue preciso que le sustituyera el mismo Weedon Scott y le hiciera comprender que su voluntad era que se dejase guiar por Matt, lo mismo que hacían los otros perros.

Los trineos de Klondike y los de Mackenzie no eran iguales, y distinto era también el modo de colocar el tiro, que aquí no tenía la forma de abanico. Tiraban los perros en fila uno detrás de otro, y con doble tirante, siendo el que hacía de guión un verdadero guía. Era el más apto y fuerte de todos ellos, aquel a quien prestaban obediencia y temían. Que Colmillo Blanco llegara a conquistar pronto ese puesto era inevitable. Él no era capaz de contentarse con menos, y bien se lo demostró a Matt con las mil dificultades y molestias que le ocasionó mientras estuvo ocupando un lugar inferior. Él mismo fue el que al fin se colocó al frente, y Matt tuvo que reconocer que lo merecía, una vez probado. Trabajaba, pues, de día arrastrando el trineo; pero no por ello dejó de seguir siendo el guardián de la propiedad de su amo por la noche, con lo que siempre estaba ocupado. Su fidelidad y vigilancia lo convirtieron en el mejor de todos los perros de Scott.

-Reviento si no lo digo, pero ¡qué listo fue usted, señor Scott -exclamó un día Matt-, cuando le compró por aquel precio el perro a Smith! Tras arrearle un buen par de puñetazos en la cara, encima le engañó, con perdón sea dicho.

Los ojos grises de Weedon Scott brillaron con recrudecida ira ante el recuerdo del monstruo, y se limitó a murmurar con voz ronca:

-¡Qué mala bestia!

Hacia fines de la primavera le ocurrió a Colmillo Blanco algo que lo apenó en extremo. Sin aviso previo, desapareció su maestro de amor, aunque, bien mirado, sí fue todo un aviso la preparación de su equipaje. Solo más tarde relacionó ambas cosas, al recordar que esta había precedido a la ausencia. Esperó una noche, como de costumbre, el regreso de su amo a la choza.

Había transcurrido ya la mitad de la noche cuando el helado viento lo obligó a buscar refugio detrás de la choza. Allí se quedó soñoliento, pero vigilante, para percibir, en cuanto se iniciara, el ruido de las pisadas que tan bien conocía. Apenas habían pasado dos horas cuando su ansiedad, que iba en aumento, lo impulsó a abandonar aquel sitio para ir a acurrucarse en el frío umbral de la parte anterior, donde se sentó y siguió esperando.

El amo no llegó. La puerta se abrió por la mañana y de la choza salió Matt. Colmillo Blanco lo observó con mirada pensativa. No había modo de que pudiera averiguar lo que él quería saber. Pasaron días, y nunca llegaba el dueño. El pobre animal, que no sabía lo que era estar enfermo, lo estuvo entonces, y tanto que Matt se vio obligado, al fin, a meterlo dentro de la choza. Además, el buen hombre dedicó una posdata a hablar de él, en la carta que escribió a Scott.

Al llegar la misiva a sus manos, Scott se encontró con las siguientes palabras: «Ese condenado lobo no quiere trabajar. Tampoco quiere comer. No le quedan ya ni fuerzas para nada. No hay perro que no se atreva con él. No sería extraño que se muriera de tristeza, creo yo».

Lo que decía Matt era exacto. Colmillo Blanco no comía ya, había perdido su antiguo vigor y hasta se dejaba morder por cualquier perro de los del trineo, en vez de ser él el que se impusiera. En la choza estaba siempre echado cerca de la estufa, sin demostrar el menor interés por la comida, por Matt o por su propia vida. Que el conductor del trineo le hablara con amabilidad o a gritos y entre maldiciones, le era indiferente: no hacía más que volver los tristes ojos hacia el hombre y dejar caer luego la cabeza sobre las patas delanteras, en su acostumbrada posición.

De pronto, una noche, mientras Matt leía, moviendo los labios y pronunciando a media voz las palabras, se quedó mudo de sorpresa al oír un apagado quejido de Colmillo Blanco. Se había levantado, con las orejas enderezadas en dirección a la puerta, y escuchaba con toda la atención de que era capaz. Un momento después, Matt oyó pasos. Se abrió la puerta y Weedon Scott entró en la choza. Los dos hombres se estrecharon las manos y Scott enseguida buscó algo con la mirada. -¿Dónde está el lobo? -preguntó.

Entonces lo vio en pie en el mismo sitio en que había estado antes echado: junto a la estufa. No se había lanzado hacia su amo alegremente, como suelen hacerlo los perros. Allí estaba, en pie, observaba y esperaba.

-¡Por vida de ...! ¡Mire usted cómo mueve la cola! -exclamó Matt.

Scott avanzó hacia el animal, al mismo tiempo que lo llamaba. Colmillo Blanco se le acercó, no de un brinco, pero sí rápidamente. Pareció despertar de su ensimismamiento; pero al hallarse junto a su amo, su mirada adquirió una expresión rara. Algo, todo un inefable mundo de sentimientos, acudió como una súbita luz a sus ojos y brilló en ellos con vivo fulgor.

-¡A mí nunca me ha mirado de ese modo mientras ha estado usted fuera! -dijo el conductor. Weedon Scott no oía nada. En cuclillas, cara a cara con el animal, lo acariciaba cariñosamente, le restregaba con suavidad las orejas, el cuello y los lomos, y daba en ellos amistosos golpecitos, que eran contestados con gruñidos de satisfacción, más pronunciados que nunca.

Pero esto no fue lo único. Colmillo Blanco pudo, por fin, expresar el gran amor que sentía hacia Scott. Adelantó de repente la cabeza y la metió forcejeando bajo el sobaco de su amo. Y allí, aprisionada voluntariamente, oculta a la vista, con la sola excepción de las orejas, muda ya, sin gruñidos, continuó forcejeando suavemente, dando ligeras hocicadas y colocándose mejor.

Los dos hombres se miraron. A Scott le brillaban los ojos de alegría.

-¡Dios...! -exclamó Matt con una voz en la que se revelaba el más profundo asombro. Un momento después, sobreponiéndose a la sorpresa, añadió-: ¡Siempre dije que este lobo era en realidad un perro...! ¡A la vista está!

Con el regreso de su maestro de amor, Colmillo Blanco no tardó en recobrar todo lo perdido. Pasó un día y dos noches en la choza; pero luego salió fuera de ella. Como los perros del trineo se habían olvidado ya de las antiguas proezas de su compañero y solo recordaban su reciente temporada de debilidad de enfermo, en cuanto lo vieron traspasar el umbral, se le arrojaron encima.

-¡Buena se ha armado! -murmuró jovialmente Matt desde la puerta, donde se había quedado contemplándolo-. ¡Ánimo, lobo! ¡Así! ¡Duro con ellos! ¡Duro, y que vuelvan otra vez! -gritó.

Pero Colmillo Blanco no necesitaba que nadie lo azuzara. Para recobrar todo su ánimo, le bastaba el regreso de su maestro de amor. La vida resurgía en él espléndida, indomable. Peleaba por puro placer, hallando en la lucha un medio para expresar lo mucho que sentía y que de otro modo hubiera quedado sin adecuada manifestación. Solo había un final posible: toda la jauría se dispersó, ignominiosamente derrotada, y solo volvió a reunirse por la noche. Regresaron a la choza uno a uno muy humildes, muy mansos y serviles, prestando homenaje a Colmillo Blanco.

Tras aprender aquel acto cariñoso de colocar la cabeza en el sobaco de su amo, el perro lo repitió con frecuencia. Era como su última palabra, la que marcaba su límite supremo de expresión. Siempre se había manifestado muy celoso de conservar bien libre la cabeza. No le gustaba que nadie se la tocara por miedo a que tras el contacto se ocultara algún daño o la temida trampa; y, sin embargo, con su maestro de amor, ocultaba la cabeza voluntariamente, se entregaba desarmado, con completa confianza, como si le dijera: «En tus manos me pongo: cúmplase en mí tu voluntad».

Una noche, poco después del regreso de Scott, estaban este y Matt jugando a las cartas un rato antes de acostarse, cuando oyeron fuera de la choza un grito, seguido de continuo gruñir. Se miraron y se pusieron en pie de un salto.

-El lobo ha pescado a alguien -dijo Matt.

Nuevos gritos de terror y de angustia les hicieron apresurar el paso.

-¡Trae la luz! ¡Pronto! -ordenó Scott al salir corriendo. Matt le siguió llevando la lámpara, y a su luz vieron a un hombre tendido de espaldas en la nieve. Tenía los brazos cruzados sobre el rostro y el cuello para protegerse contra los terribles dientes de Colmillo Blanco. Y en verdad que había motivo para ello, porque el animal estaba furioso, buscando, con toda mala intención, el punto más vulnerable. Del hombro a la muñeca, las mangas del traje, las de la azul camisa de lana y las de la camiseta estaban hechas jirones, y entre estos corría la sangre de los desgarrados brazos.

Desde el primer instante, los dos hombres vieron este espectáculo, y un momento después, Weedon Scott había cogido por el cuello al animal y lo había apartado a viva fuerza. Este se resistió y gruñó, pero sin intentar morder; y ante la orden enérgica y terminante de su amo, no tardó en apaciguarse a medias.

Matt ayudó al caído a levantarse. Al hacerlo, descubrió que se trataba de Smith. El conductor del trineo soltó inmediatamente el cuerpo con movimiento parecido al del que se ha quemado los dedos al coger un ascua. Smith parpadeó un poco, deslumbrado por la lámpara, y miró en torno suyo. Vio a Colmillo Blanco y en su cara se reflejó el más profundo terror.

En aquel mismo momento, Matt se percató de que sobre la nieve había dos objetos. Acercó más la lámpara y se los indicó con el pie a su amo para que fijara en ellos la atención. Eran una cadena de acero y una gruesa tranca.

Weedon Scott los vio y se limitó a mover la cabeza en señal de asentimiento. Ni una palabra interrumpió el silencio. Entonces Matt le puso una mano a Smith en el hombro y lo miró cara a cara, como preguntándole con qué derecho se había presentado allí de aquel modo. No hacía falta que hablara. Smith dio media vuelta y se marchó.

Entretanto, el maestro de amor acariciaba a Colmillo Blanco y le decía:

-Quería robarte, ¿eh? ¡Y tú no lo has permitido! ¡Bueno, bueno! Se equivocó, ¿verdad?

-Lo que debió de creer era que había caído en las garras de mil diablos a la vez -comentó burlonamente el conductor del trineo.

Colmillo Blanco, excitadísimo aún y con los pelos erizados, gruñía obstinadamente; pero poco a poco los gruñidos fueron bajando de tono y ya no quedó en su garganta más que un ronco sonido que parecía lejano, aunque persistente.