Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 23. Las posesiones del dios
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La naturaleza de Colmillo Blanco lo predisponía a adaptarse a todo, pero además, al estar acostumbrado a los cambios de residencia, comprendía la importancia y necesidad de la adaptación. Allí en Sierra Vista, que era el nombre de la posesión del juez Scott, pronto empezó a sentirse como en su propia casa. No tuvo ya que volver a pelearse seriamente con los otros perros. Estos sabían mucho más que él acerca de los usos y costumbres de los dioses en aquellas tierras del sur, y a sus ojos, el intruso adquirió extraordinaria importancia al ver que acompañaba a los amos en el interior de la casa. Por más lobo que fuera, y aunque el caso fuera una excepción, los dioses acababan de autorizar su presencia allí, y a los perros no les tocaba más que aprobar lo hecho por los dueños.

Dick se resistió algo al principio; pero hubiera acabado por ser excelente amigo de Colmillo Blanco si este no hubiera sido siempre tan opuesto a hacer amigos. Lo único que él les pedía a los otros perros era que lo dejaran tranquilo, que no se metieran con él. Toda su vida había sido un solitario, y esto era lo que deseaba seguir siendo. Los avances de Dick para él eran una molestia, y pronto procuró mantenerlo a distancia. En el norte había aprendido que los perros del amo debían ser respetados, y no olvidó ahora la lección que le enseñaron; pero una cosa era esto y otra que él perdiera la libertad de vivir encerrado en sí mismo. Y así hizo caso omiso de Dick hasta que el pobre animal, que no tenía mal fondo, acabó por mirarlo con la misma indiferencia con que miraría una de las estacas clavadas en la pared del establo.

No ocurría lo mismo con Collie. Esta lo aceptaba porque así lo mandaban los dioses; pero no le parecía que fuera ello razón suficiente para dejarlo en paz. Todos los crímenes cometidos por los de la casta de Colmillo Blanco clamaban venganza, y ni en un día ni en toda una generación podían olvidarse las innumerables víctimas que siempre habían causado a los rebaños. Aguijoneada por la antipatía que sentía por el intruso, ya que no podía atacarlo directamente, delante de los dioses, se dedicaba a hacerle la vida desagradable por todos los medios que estaban a su alcance. Entre ambos existía una antigua, hereditaria rivalidad, y ya se encargaba ella de recordársela continuamente.

Aprovechándose, pues, de los privilegios de su sexo, la perra no perdía ocasión de molestarlo e, incluso, de maltratarlo. Por un lado, el instinto le impedía devolver los ataques; pero, por otro, la insistencia de estos era tal que resultaba imposible no hacerle el menor caso. Cuando Collie arremetía contra él, le volvía generalmente la espalda, que su abundante pelaje protegía contra los dientes de su enemiga, y se alejaba muy tieso y majestuoso; pero cuando los ataques arreciaban demasiado, no tenía más remedio que apartarse describiendo círculos, en los que solo le presentaba un lado del pecho, mientras mantenía la cabeza vuelta hacia el otro lado, mostrando en la cara y en los ojos una expresión que indicaba que su paciencia tenía un límite. Alguna vez, sin embargo, un mordisco dirigido a sus cuartos traseros le hacía acelerar el paso de un modo que carecía en absoluto de majestad; pero por lo general lograba conservar su aire digno, casi solemne. Procuraba demostrar que, para él, era como si la perra no existiera, apartándose de donde ella estaba. En cuanto la veía o la oía venir, se levantaba y se marchaba.

Eran muchas las cosas que Colmillo Blanco tenía que aprender. La vida en las tierras del norte resultaba de una sencillez extrema, comparada con las complicaciones de Sierra Vista. En primer lugar, tuvo que enterarse de todo lo relativo a la familia de su amo. En cierto modo contaba para ello con precedentes que le facilitaban el trabajo. Así como Mit-sah y Kloo-kooch pertenecían a Castor Gris y partían con él la comida, la lumbre y las mantas, también en Sierra Vista todos los moradores de la casa pertenecían a su maestro de amor.

Pero había varias diferencias. Sierra Vista resultaba muy superior a la choza de Castor Gris. Las personas que aquí vivían eran muchas: el juez Scott y su mujer; dos hermanas del dueño, llamadas Beth y Mary; la esposa del mismo, Alicia, y los dos hijos del matrimonio, Weedon y Maud, chiquillos de cuatro y seis años, respectivamente. Así no había modo de que alguien le explicara a él quiénes eran tales personas y los lazos de familia que las unían. Sin embargo, se formó la idea de que todos ellos pertenecían a su amo. Luego, por mil detalles: el estudio de sus actos, palabras y hasta entonaciones de voz, fue aprendiendo lentamente los grados de intimidad y de cariño que los unían a todos con su amo, y de acuerdo con esta especie de escala que él adivinó, los trató de una manera o de otra. Lo que su dueño y señor apreciaba, lo apreciaba él también; lo que él quería, lo quería el perro, que se convirtió en su celoso guardián.

Siempre le habían sido antipáticos los chiquillos: los odiaba, y sus manos le inspiraban miedo. Frescos estaban aún en su memoria los recuerdos de las tiranías y crueldades que de ellos tuvo que sufrir en las aldeas indias. Cuando Weedon y Maud se le acercaron por primera vez, les gruñó, en son de advertencia, y los miró con maligna expresión. Un coscorrón que recibió de su amo al mismo tiempo que le reñía enérgicamente, le obligó a permitir que lo acariciaran, aunque siguió gruñendo a media voz durante el rato que sintió encima sus manos. Después observó que su amo parecía quererlos mucho, tanto al niño como a la niña. Con esto bastó, y no hubo ya necesidad de golpes ni de regaños para que se dejara tocar y acariciar por ellos.

Sin embargo, nunca se mostró muy efusivo en sus afectos. Toleró honradamente que los niños de su amo hicieran de él lo que quisieran; pero sometiéndose a ello como se somete uno por necesidad a una dolorosa operación. Cuando ya no podía resistirlo más, se levantaba de donde estuviera echado y se marchaba con aire firme y decidido. Pero hasta esto fue cambiando con el tiempo, y al fin acabaron por gustarle los chiquillos, aunque se mantuviera en su reserva. No corría a su encuentro, ni se marchaba al verlos: sencillamente, los esperaba cuando hacia él se dirigían. Y mucho más tarde pudo notarse también que sus ojos se iluminaban de júbilo al verlos acercarse, y que los buscaba con la mirada, con curiosa expresión de tristeza, al ver que lo abandonaban para ir a jugar.

Todo fue solo cuestión de tiempo. Después de los niños, quien le merecía mayor consideración a Colmillo Blanco era el juez Scott. Dos razones tenía probablemente para ello: la primera, que resultaba evidente el alto aprecio con que su amo lo trataba, y la segunda, que el hombre era poco comunicativo, sobrio en la expresión de sus afectos. Al animal le gustaba echarse a sus pies, en el amplio pórtico, cuando él leía el periódico, dirigiéndole de cuando en cuando una mirada o alguna palabra, pruebas poco molestas de que se fijaba en él, de que reconocía su existencia y veía con gusto su presencia allí. Pero solo ocurría mientras el verdadero amo del perro no andaba por aquellos lugares. En cuanto el dueño aparecía, para Colmillo Blanco dejaban de existir todos los demás seres.

El animal permitía a los individuos de la familia que lo acariciaran y mimasen; pero nunca tuvo para ellos lo que reservaba únicamente para su amo: aquel ronquido especial con que recibía sus caricias y aquel modo de apretarse acurrucado contra él, con expresión de total abandono y sumisión, de absoluta confianza. La verdad era que para Colmillo Blanco los distintos miembros de la familia eran solo posesiones de su maestro de amor.

También entre aquella familia y los criados de la casa él había establecido desde el principio ciertas diferencias. Los últimos le tenían miedo, y lo único que hacía era limitarse a no atacarlos, y esto porque reconocía que formaban igualmente parte de las posesiones de su amo. Entre Colmillo Blanco y los sirvientes de la casa no existía más que una especie de neutralidad. Ellos cocinaban para el amo, lavaban los platos y se dedicaban a otros menesteres semejantes, como le había visto hacer a Matt en el Klondike.

Fuera de la casa, aún había más que aprender que en su interior. Las posesiones de su amo eran vastas y complejas, pero tenían sus lindes y barreras. El terreno acababa donde empezaba la carretera pública. Al otro lado estaban las calles y los paseos, y aun dentro de ciertos espacios acotados existían pertenencias de otros dueños. Innumerables leyes regían aquel conjunto y determinaban la conducta que se debía seguir, aunque, como él ignoraba el lenguaje de aquellos dioses, solo por la experiencia podía ir aprendiendo cuanto necesitaba. Lo que hacía, pues, era dejarse llevar por sus propios impulsos, hasta que se encontraba con que estaban en pugna con la ley. A las pocas veces de ocurrirle lo mismo, ya había comprendido en qué consistía la ley, y en lo sucesivo procuraba observarla.

Pero su más poderoso medio educativo era el puño de su amo o el tono de censura que adoptaba su voz. Precisamente por el amor que le tenía, un simple coscorrón que provenía de él le dolía más que las mayores palizas que había recibido de Castor Gris o de Smith. Aquellas solo afectaban a su cuerpo, mientras que su espíritu continuaba indomable, espléndidamente independiente. El coscorrón de su amo actual resultaba ligero para dolerle físicamente; sin embargo, ahondaba más, pues llegaba a entristecerle el espíritu al ser la clara manifestación de que desaprobaba su conducta. Sin embargo, Scott necesitaba llegar a esto raras veces. Le bastaba con un grito, un regaño. Por él comprendía Colmillo Blanco lo que debía hacer o evitar, y esta era la norma de todos sus actos.

En las tierras del norte, el único animal domesticado que tenían los hombres era el perro. Los demás vivían en los bosques, en estado salvaje, y cuando no resultaban demasiado formidables para luchar con ellos, se consideraban como legítima presa de los perros. Colmillo Blanco los había cazado durante toda su vida para procurarse carne, y no le entraba en la cabeza que fuera tan distinto en las tierras del sur. Pero de ello tuvo que convencerse muy pronto en su nueva residencia del valle de Santa Clara*. Vagando por los alrededores de la casa en las primeras horas de cierta mañana, tropezó con una gallina que se había escapado del corral. Su natural impulso fue comérsela. Un par de saltos, una dentellada, el ronco alarido de la víctima, y esta se hallaba entre sus fauces. La encontró tan rica, tan gorda y tierna, que se relamió ante tan exquisito bocado.

Algunas horas más tarde tropezó con otra que andaba perdida cerca de los establos. Uno de los mozos de caballos acudió corriendo para protegerla, y como no sabía con quién tenía que habérselas, no llevaba consigo más arma contundente que el ligero látigo del calesín*. Al primer trallazo que recibió, Colmillo Blanco abandonó la gallina para arrojarse contra el hombre. Tal vez un buen garrote hubiera logrado dominarlo, pero no aquello. En silencio, de un salto y sin hacer el menor caso del segundo latigazo, arremetió contra el cuello del intruso, que retrocedió gritando, tiró el látigo y apenas tuvo tiempo de parar el golpe con los brazos. La consecuencia fue tan tremendo desgarro en uno de ellos, que dejaba el hueso al descubierto.

El hombre se quedó paralizado de dolor y de espanto. Lo que más le atemorizó y le imposibilitó para la defensa fue aquel modo de atacar en silencio. Protegiéndose aún el cuello y la cara con los brazos, a pesar de la herida, trató de irse retirando hacia el granero; pero mal lo hubiera pasado si entonces no hubiera aparecido en escena Collie, que ya le había salvado la vida a Dick y ahora se la salvó al criado. Hecha una fiera, se arrojó contra Colmillo Blanco. Había acertado en sus sospechas, que de sobra quedaban ahora justificadas, demostrando el grave error cometido por los dioses: ya había aparecido ahora el lobo merodeador y asesino que acaba de cometer otro de sus crímenes.

El hombre huyó hacia el interior de los establos, y Colmillo Blanco retrocedió ante los dientes de Collie, presentándole solo un hombro o describiendo círculos y más círculos. Pero Collie no cejaba en su empeño de castigar duramente a su enemigo. Cada vez más excitada, lo persiguió de tal modo que, al fin, lo obligó a prescindir de toda dignidad y a declararse en franca huida a través de los campos.

Así aprenderá a no meterse con las gallinas -dijo el amo al enterarse de todo-. Pero no puedo castigarlo, para que le sirva de lección, hasta que lo coja en el momento de repetir la falta.

Y la oportunidad llegó dos noches después, en escala mucho mayor de lo que podía suponer el amo. Colmillo Blanco había observado atentamente los lugares en que se criaban las aves de corral y las costumbres de estas. Una noche, cuando las aves estaban encaramadas ya para dormir, el animal trepó por un gran montón de leña que los criados acababan de dejar cerca. Desde allí saltó al techo de uno de los gallineros, pasó al otro lado del caballete y se dejó caer dentro del corral. Un momento después comenzaba una descomunal matanza en el gallinero.

A la mañana siguiente, cuando el amo apareció en el pórtico de la casa, cincuenta gallinas, ejemplares escogidos de las mejores razas italianas, yacían puestas en fila por el mismo criado de antes. Scott silbó ligeramente al verlo. El tono fue primero de sorpresa, luego de admiración. Su mirada tropezó con Colmillo Blanco, pero no había en él ni la menor señal de que se hallara avergonzado o temeroso. Al contrario: parecía orgulloso de su hazaña, como si hubiera realizado algo meritorio. No tenía ni la menor idea de haber cometido una falta. El amo apretó los labios al considerar lo difícil y desagradable del caso, y comenzó a hablar con dureza al inconsciente culpable, sin que en su voz se notara más que el divino enojo del que se hallaba poseído. Al mismo tiempo, restregó el hocico del animal contra las gallinas muertas y lo golpeó seria y concienzudamente.

Colmillo Blanco no volvió a entrar a saco en ningún gallinero. La ley lo prohibía y a costa suya había tenido que aprenderlo. Para completar la lección, el amo lo llevó a los corrales. El primer impulso del perro, al ver vivas a las aves, fue el echárseles encima; pero la voz del amo lo detuvo. La operación se repitió varias veces durante media hora, y así fue como comprendió que, cuando las viera, debía hacer caso omiso de ellas, como si no existieran.

-Perro que se acostumbra a matar gallinas, perro perdido: no hay quien le cure el vicio -dijo sentenciosamente el juez Scott, mientras su hijo le contaba, a la hora del almuerzo, la lección que le había dado a Colmillo Blanco-. Una vez han probado la sangre fresca... -continuó. Y sin completar la frase, movió la cabeza con aire de desconfianza.

Pero Weedon Scott disentía totalmente.

-¿Sabes lo que vamos a hacer para que te convenzas de que estás equivocado? -le dijo a su padre con aire de cariñoso reto-. Pues voy a encerrar al perro en el gallinero toda la tarde.

-¡Pero hombre, piensa en las pobres gallinas! -objetó el juez.

-Y aún añadiré más -continuó su hijo-: por cada gallina que mate, te pagaré un dólar en moneda de oro antigua.

-Pero papá también deberá hacer algo en caso de que pierda -dijo Beth interviniendo.

Su hermana apoyó la idea, que aprobaron a coro alegremente cuantos se sentaban a la mesa. El juez Scott asintió, y después de pensarlo un rato, propuso a su hijo:

-Pues bien: si antes de llegar la noche, Colmillo Blanco no ha producido el menor daño a ninguna de las aves de los corrales, por cada diez minutos que haya pasado el animal encerrado allí, quedaré obligado a decir grave y sentenciosamente, ni mas ni menos que si estuviera ejerciendo de juez en el tribunal: «Colmillo Blanco, eres mucho más listo de lo que yo creía».

Los distintos miembros de la familia se escondieron para contemplar la escena, deseosos de ver lo que ocurría. Pero se llevaron un chasco. El perro fue encerrado con las gallinas; y en cuanto su amo lo dejó solo, se echó y se quedó dormido, levantándose únicamente una vez para buscar agua con la que calmar su sed. En cuanto a las gallinas, para él como si no existieran. A eso de las cuatro de la tarde, cansado de estar allí, saltó al techo del gallinero, de una carrera y un gran brinco, y desde allí al suelo, fuera del lugar cercado, y se dirigió con grave paso hacia la casa. Ya había aprendido a respetar la nueva ley, nueva al menos para él. Y en el pórtico, ante toda la familia reunida y muy regocijada, el juez Scott dijo dieciséis veces seguidas:

-Colmillo Blanco, eres mucho más listo de lo que yo creía.

Pero eran tantas las leyes nuevas que debía aprender, que el pobre perro a veces se veía perdido. Tampoco podía tocar a las gallinas que pertenecían a otros dioses distintos de aquellos, y no solo esto, sino ni siquiera a los gatos, conejos y pavos.

Después de todo, lo más sencillo hubiera sido decir que no podía tocar ni a un solo ser viviente. Hasta en los mismos pastizales* podía revolotear frente a su hocico una codorniz sin que él se atreviera a causarle el menor daño, aunque temblara de deseos de comérsela. Así lo querían los dioses, sin duda, y él cumplía.

A todo esto, un día, en aquellos mismos terrenos situados cerca de la parte posterior de la casa, vio a Dick corriendo detrás de una liebre. El propio dueño lo estaba mirando y no intervino para prohibírselo, sino que, al contrario, hasta azuzó a Colmillo Blanco para que lo imitara. Así aprendió que las liebres sí que podían cazarse. Al fin acabó de comprender la esencia de la ley. Entre él y todos los animales domésticos no podían existir hostilidades. Si no era posible que hubiera una amistad completa, por lo menos debían conservar una prudente neutralidad. Pero los demás animales, como las ardillas, las codornices, los conejos silvestres y las liebres, formaban parte de la vida salvaje, no habían prestado obediencia nunca al hombre, y eran legítima presa para cualquier perro. Los que los hombres protegían eran los otros, los domésticos, que nadie podía matar más que ellos. Se reservaban celosamente el derecho de vida y muerte sobre sus vasallos.

La vida resultaba muy complicada en el valle de Santa Clara, comparada con la sencillez de la de los países del norte. Y lo principal que la nueva vida exigía era un gran dominio de sí mismo, el saberse contener..., equilibrio que tenía toda la suavidad del más delicado plumón y la dureza y rigidez del acero, al mismo tiempo. Ofrecía aquella vida mil facetas distintas, y a todas ellas debía acomodarse Colmillo Blanco; como cuando iba a la ciudad, a San José, y corría detrás del carruaje o vagaba perezosamente por las calles, matando el tiempo mientras el coche se había parado. Aquel vivir era una honda y variada corriente que actuaba constantemente sobre sus sentidos, exigiéndole la instantánea adaptación a lo inesperado y, desde luego, la supresión de todos sus naturales impulsos.

Veía, por ejemplo, carnicerías llenas de carne colgada que le hubiera sido muy fácil alcanzar. No debía tocarla. En las casas que visitaba el amo tenían gatos, que tampoco podía tocar. Y por todas partes se veían perros, que aunque le gruñeran debía respetar. Luego, en las aceras, donde pasaba la gente muy apiñada, había infinidad de personas a quienes él llamaba la atención y que se paraban a mirarlo, señalándolo con el dedo, examinándolo y, lo que era peor, atreviéndose a acariciarlo. Tenía que soportarlo todo, hasta aquellos peligrosos contactos de manos desconocidas. No solo aprendió a hacerlo, sino que también llegó a perder su aire torpe y reservado, y ya que la gente se mostraba con él condescendiente, les correspondía con parecida y altiva condescendencia. Por otra parte, algo había en su aspecto que no convidaba a grandes familiaridades. Unos suaves golpecitos en la cabeza y nada más: después, todos pasaban de largo, satisfechos de su propio atrevimiento.

Pero no todo eran facilidades para él. Al correr detrás del carruaje, en las afueras de San José, se encontraba a lo mejor con pilluelos que solían recibirlo a pedradas, y sabía perfectamente que no podía devolver el ataque persiguiéndolos. Se veía obligado a violentar su natural instinto de conservación y así lo hacía, porque gradualmente se volvía manso, se iba dejando domar y haciéndose apto para la civilización.

Sin embargo, no le satisfacía mucho todo esto. Aunque careciendo de ideas abstractas acerca de lo justo y de lo injusto, aquel mismo sentido de equidad que es propio de la vida le hacía sentir más o menos vagamente la injusticia de que no le permitieran defenderse de los que lo apedreaban. Se olvidaba de que en aquella especie de contrato que existía entre los dioses y él, estos estaban obligados a cuidarlo y defenderlo. Así, cuando un día el amo saltó del carruaje y la emprendió a latigazos con los pilluelos y ya no se repitió más la pedrea, comprendió lo que aquello significaba, y entonces quedó satisfecho.

Le ocurrió otro caso parecido. Junto a una posada del camino que conducía a la ciudad, vagaban siempre tres perros, que solían salirle al encuentro furiosamente cada vez que pasaba. Sabiendo que para Colmillo Blanco las luchas eran a muerte, su amo no cesaba de enseñarle a no reñir con otros perros, y el animal había aprendido tan bien la lección, que aquel ataque, tantas veces repetido, lo ponía en violentísima situación. Después de la primera arremetida, los tres perros siempre eran mantenidos a distancia por los amenazadores gruñidos del atacado; pero rápidamente lo seguían detrás del carruaje, ladrando y buscándole pendencia. Tuvo que sufrir esto durante algún tiempo, con no poco regocijo de los hombres de la posada. Llegó un día en que los perros le azuzaron abiertamente. Entonces el amo paró el carruaje.

-¡A ellos! -le gritó a Colmillo Blanco.

Pero este parecía no dar crédito a lo que oía. Miró a su amo primero y luego a los perros. Y nuevamente dirigió una mirada interrogativa a su amo.

Su dueño movió la cabeza afirmativamente y añadió:

-Sí, hombre, sí..., ¡a ellos! Anda..., cómetelos.

El animal no dudó ya ni un momento. Se volvió rápidamente, y de un salto se plantó en medio de sus enemigos. Los tres le hicieron frente. Se alzó una tempestad de ladridos y de furiosos gruñidos, en medio de la cual chasqueaban continuamente los dientes y se veían rodar los cuerpos confundidos. Pronto la polvareda que se armó en la carretera formó una nube que velaba a los combatientes; pero al cabo de algunos minutos, dos de los perros mordían el polvo y el tercero se declaraba en franca huida, saltando una zanja, atravesando una cerca y metiéndose luego a todo correr por un campo. Colmillo Blanco lo siguió, deslizándose sobre el suelo con la suavidad y la increíble rapidez de los lobos, silencioso, firme, decidido, y en el centro de aquel mismo campo derribó al perro, lo arrastró y lo dejó sin vida.

Con la muerte de los tres se acabaron para Colmillo Blanco las molestias que los demás pudieran ocasionarle. Corrió la voz de lo ocurrido por todo el país y desde entonces tuvieron los hombres buen cuidado de que sus respectivos perros dejaran tranquilo al lobo de pelea, como lo llamaban.