Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 25. El lobo durmiente
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Por aquella época, los periódicos dedicaban columnas a un reo, convicto y confeso, que acababa de fugarse de la cárcel de San Quintín*. Era un hombre feroz, malo por naturaleza y por el influjo del medio social en que había vivido. La sociedad tiene la mano dura, y aquel malvado era ejemplo vivo de cómo esa mano modela a las criaturas. Esta resultó una fiera... Fiera humana, es verdad; pero de tal calibre que debería clasificarse entre los animales carnívoros.

En la prisión ya demostró aquel hombre que era incorregible. Ni el castigo pudo dominarlo. Luchando, era capaz de dejarse matar sin pronunciar una sola queja, aunque estuviera loco furioso; pero fuera de la lucha, la vida le parecía imposible si alguien se veía con derecho a pegarle. Cuanto más se rebelaba, más duro era el trato que recibía, lo que solo conseguía aumentar su fiereza. Ni los palos ni el hambre podían con él, y por muy equivocado que el procedimiento fuera, a él se había visto sometido desde su más tierna niñez. Ahora ya era tarde para cambiar.

Durante la tercera condena que sufría en la cárcel, se encontró Jim Hall, que este era su nombre, con un guardián de tal brutalidad que superaba la suya propia. El prisionero fue tratado por él con la mayor injusticia y crueldad, acusándolo de faltas que no cometía, desacreditándolo aún más de lo que estaba y haciéndolo objeto de constante persecución. La única diferencia que existía entre aquellos dos hombres era que el guardián llevaba un manojo de llaves y un revólver, mientras que Jim Hall no contaba más que con manos y dientes para clavárselos en el cuello a su mortal enemigo, o para arrojarse contra él de un salto, igual que hubiera hecho un animal salvaje que acabara de salir de la selva.

Después de esto, trasladaron a Jim Hall a la celda de aislamiento, que tenía el suelo, las paredes y el techo de hierro. Allí permaneció tres años, durante los cuales no salió de su encierro ni una sola vez, sin ver nunca el cielo ni la luz del sol. De día, la claridad era allí como el crepúsculo; de noche reinaban las tinieblas y el silencio. Una tumba de hierro, en fin, donde el hombre estaba sepultado en vida. Ni un rostro humano: nadie con quien cruzar la palabra. Cuando le arrojaban el alimento, lo recibía con un gruñido semejante al de un animal salvaje. Su odio era inmenso. Se pasaba días y noches enteras vociferando insultos contra el universo durante semanas y meses, devorando su rabia en la oscura soledad. Era un hombre y un monstruo al mismo tiempo, tan horrible que en él la realidad superaba a los más espeluznantes engendros de la fantasía.

Una noche, el preso se fugó. De imposible calificaron el hecho los empleados superiores de la cárcel; pero la celda estaba vacía y en el umbral de la misma yacía el cuerpo de uno de los guardias. Los cadáveres de otros dos marcaban el rastro seguido por el fugitivo a través de la prisión, hasta llegar a los muros exteriores, y en ninguno de ellos había señales de que la muerte hubiera sido causada por arma alguna. El criminal solo usó las manos, para evitar todo ruido.

Luego se apoderó de las armas de los asesinos y, convertido en un arsenal viviente, huyó al monte, donde fue perseguido por todo el poder organizado de la sociedad. Se puso precio a su cabeza, ofreciendo por ella una fuerte suma de oro, y avaros campesinos salieron en su busca con simples escopetas de caza. Con su sangre pensaban cancelar la hipoteca pendiente o reunir lo necesario para poder educar a sus hijos en buenos colegios. El espíritu de ciudadanía llevó a otros a coger su rifle y lanzarse en seguimiento del fugitivo, mientras jaurías enteras se dedicaban a descubrir las huellas de sus ensangrentados pies. Y los otros sabuesos ventores*, los agentes de policía secreta, no abandonaban un momento su rastro, no dando paz al teléfono, al telégrafo o a los trenes especiales.

A veces daban con él, y los perseguidores le hacían frente, portándose como héroes o huyendo ignominiosamente a través de las cercas de alambre espinoso. Eso causaba la hilaridad de los otros ciudadanos menos emprendedores que leían tranquilamente las noticias en un periódico a la hora del desayuno. Tras estos encuentros, se llevaban a las ciudades a los muertos y heridos, y pronto iban a ocupar su sitio otros hombres ansiosos de tomar parte también en aquella especie de caza.

De pronto, Jim Hall desapareció. Los sabuesos perdieron su rastro por completo. Inocentes propietarios de ranchos, en apartados valles, fueron detenidos como sospechosos por grupos de hombres armados que los obligaban a identificar su personalidad y a dar cuenta de sus actos. Corrían las noticias. Más de una docena de codiciosos campesinos que soñaban con la recompensa ofrecida aseguraron haber hallado los restos de Jim Hall en barrancos o laderas.

Entretanto, los periódicos se leían en Sierra Vista no solo con interés, sino con verdadera ansiedad. El pánico se había apoderado de las mujeres de la casa, y aunque el juez Scott se reía desdeñosamente de sus temores, carecía en absoluto de razón para ello. Precisamente él había actuado como juez en el último tribunal que sentenció a Jim Hall. Y allí, en plena vista de la causa, ante todo el público, el acusado pronunció a gritos su amenaza de que llegaría el día en que le haría pagar muy caro al juez la sentencia que acababa de dictar.

Por única vez en su vida, la razón estaba de parte de Jim Hall. Era inocente: el fallo había sido injusto. Se trataba de uno de aquellos casos en que las amañadas declaraciones hacían parecer culpable al que no lo era. Y como este resultaba reincidente, por pesar ya contra él dos condenas anteriores, el juez Scott le impuso la pena de cincuenta años de presidio.

El juez no podía ser omnisciente*, y así ignoraba que él era la primera víctima que había caído en las redes de aquel complot, que las declaraciones eran falsas, y que Jim Hall no había cometido el crimen de que se le acusaba. Y, por otra parte, Hall tampoco sabía que el juez había pecado puramente por ignorancia, y no por mala voluntad. Lo que él creía firmemente era que había hecho aquella tremenda injusticia a conciencia. Por ello, al oír el fallo y con el odio que ya le inspiraba la sociedad, se levantó y estuvo allí vociferando insultos y amenazas hasta que media docena de sus uniformados enemigos lo arrastraron fuera de la sala del tribunal. Para él, el juez Scott era la clave de toda aquella inmensa injusticia, y contra este se concentraron toda su rabia y su sed de venganza. Fue a que le enterraran en vida..., pero se escapó.

Para Colmillo Blanco, todo aquello no existía; pero lo que sí existía era un secreto entre él y la esposa del amo. Todas las noches, después de que los habitantes de Sierra Vista se acostaran, ella se levantaba y le abría la puerta a Colmillo Blanco para que entrara a dormir en el gran vestíbulo de la casa. Pero como estaba acordado que el animal debía dormir fuera y no dentro de las habitaciones, por no considerarse estas sitio apropiado, todas las mañanas, en las primeras horas, la señora bajaba secretamente y volvía a sacar al perro, antes de que los demás estuvieran despiertos.

En una de esas noches, mientras todos dormían, Colmillo Blanco se despertó, pero se quedó echado, completamente inmóvil. Y comenzó a olfatear, a ventear más bien, percatándose de que en el aire le llegaba el anuncio de la presencia de un dios forastero. Y más aún: oyó rumores producidos por sus movimientos. El animal no prorrumpió en furiosos ladridos, como hubiera hecho otro perro en su caso. No era su modo de proceder. El dios forastero andaba suave, cautelosamente; pero con mayor suavidad aún comenzó a andar Colmillo Blanco, libre del roce que en el otro producían contra la carne los vestidos. Así, en silencio, fue siguiéndolo. Estaba acostumbrado a cazar en los bosques animales de exagerada timidez a los que el menor ruido azoraba, y por ello sabía todo el valor que la sorpresa tiene en la caza al acecho.

El dios forastero se paró al pie de la gran escalera de la casa y estuvo escuchando un rato, mientras Colmillo Blanco, inmóvil como un muerto, lo acechaba y esperaba. La escalera conducía a las habitaciones del maestro de amor y de sus seres más queridos. Con los pelos erizados, Colmillo Blanco seguía esperando. El dios forastero levantó un pie. Iba a comenzar a subir la escalera.

Aquel fue el momento escogido por el animal para el ataque. No hubo aviso preliminar, no hubo gruñido alguno que anunciara la acción. Se levantó tan alto como era y de un salto se dejó caer sobre la espalda de aquel dios forastero. Le clavó las garras en los hombros y los colmillos en el cogote. Se quedó allí aferrado un momento, el tiempo suficiente para arrastrar con su peso a su víctima, haciéndola caer de espaldas. Luego, se desprendió de un salto, y mientras el hombre hacía esfuerzos para incorporarse, volvió a clavarle los dientes furiosamente.

Todo Sierra Vista despertó entonces, presa de la mayor alarma. El ruido que subía de la parte baja de la casa era tan descomunal que parecía que veinte personas a la vez sostenían allí una lucha a muerte. Se oyeron disparos de revólver, un grito humano lleno de horror y de angustia, terribles gruñidos y, encima de todo, estrépito de muebles que caían y cristales que se rompían.

Pero por grande que fuera el alboroto, terminó enseguida, casi a los tres minutos de haber empezado. En lo alto de la escalera se había reunido toda la gente de la casa, que, asustada, oyó de pronto allá abajo, en aquel tenebroso abismo, un ronco y gutural ruido, una especie de confuso burbujeo, que a veces se hacía agudo hasta parecer un silbido. Pero también esto fue calmándose poco a poco hasta disiparse por completo.

Y luego ya solo subió desde las hondas tinieblas el fatigoso resuello de una persona que respiraba con gran dificultad. Weedon Scott apretó un botón eléctrico, y la escalera y el vestíbulo se inundaron de luz. Entonces, él y el juez Scott bajaron cautelosamente, revólver en mano. La precaución resultó innecesaria. Colmillo Blanco había hecho ya todo lo que se podía hacer. En medio de aquel desorden de muebles caídos y destrozados, casi de lado y ocultando su rostro con un brazo, había un hombre tendido en el suelo. Weedon Scott se agachó sobre él, apartó el brazo y descubrió una horrible herida que atravesaba el cuello hasta la garganta. Era la causa de la muerte del hombre.

-¡Jim Hall! -exclamó el juez Scott, y padre e hijo se miraron significativamente.

Entonces se fijaron en Colmillo Blanco. También él yacía tendido de lado. Tenía los ojos casi cerrados. Se esforzó en levantar ligeramente los párpados para mirarlos cuando se inclinaron sobre él, al mismo tiempo que procuraba agitar la cola, pero solo logró imprimirle un tembloroso movimiento. Weedon Scott lo acarició y él correspondió con un sordo gruñido de agradecimiento. Pero el gruñido era débil y pronto cesó. Sus párpados se cerraron por completo y todo su cuerpo quedó inmóvil, como aplastado contra el suelo.

-De esta no sale, ¡pobre animal! -dijo entre dientes el amo.

-Eso lo veremos -replicó el juez, dirigiéndose hacia el teléfono.

El cirujano que acudió a examinar al perro, después de dedicarle hora y media, se vio obligado a decir:

-Francamente: de mil probabilidades no hay más que una en su favor.

La luz del alba entraba ya por las ventanas, haciendo palidecer la de las lámparas eléctricas. Con la sola excepción de los niños, toda la familia se hallaba en torno al cirujano para oír su diagnóstico:

-Una de las piernas posteriores, rota -continuó-. Tres costillas, rotas también, y una de ellas ha perforado los pulmones. La pérdida de sangre ha sido tal, que poca le queda ya en el cuerpo. Es muy probable que existan lesiones internas. Seguramente el hombre debe haberle saltado encima, pateándolo. Esto sin contar los tres balazos que le han atravesado el cuerpo y cuyos orificios son patentes. Decir que de mil probabilidades tiene una en su favor es mostrarse incluso demasiado optimista. Más justo sería, en realidad, elevar las mil a diez mil.

-Pero esa única probabilidad que tenga no hay que dejarla perder -exclamó el juez Scott-. Cueste lo que cueste, que le apliquen rayos X, que se haga todo lo posible para salvarlo. Tú, Weedon, telegrafía a San Francisco para que venga el doctor Nichols. Y usted, doctor, no se ofenda, y hágase cargo de que nuestro único deseo es no desperdiciar ni un medio de los que puedan contribuir a salvarle la vida.

El cirujano sonrió con indulgencia.

-Claro que sí, y me hago cargo perfectamente. Bien merece el animal que se le cuide y mime todo lo posible. La verdad es que hay que hacer por él lo que se haría por una persona, por un niño que estuviera enfermo. Y no se olviden de lo que les he indicado acerca de la temperatura. A las diez estaré de vuelta.

Cuidaron a Colmillo Blanco con esmero. El juez Scott sugirió la idea de que se le buscara una enfermera especial; pero las muchachas la rechazaron con indignación y ellas mismas se convirtieron en sus enfermeras. Con todo ello, aquella remotísima probabilidad de que se salvara llegó a ser realidad, a pesar del fallo pesimista del cirujano. La equivocación por parte del cirujano era, sin embargo, naturalísima. Estaba acostumbrado a operar a los endebles hijos de la civilización, a seres humanos que vivían bajo techo y confortablemente, desde innumerables generaciones. No pensó en que Colmillo Blanco venía directamente de la vida salvaje, donde los débiles mueren pronto y donde se vive a la intemperie. Ni en sus padres, ni en ninguno de sus antepasados, había el menor signo de debilidad. Una constitución de hierro y la recia vitalidad propia de las selvas caracterizaban a aquel paciente inesperado, que se agarraba a la vida con todas sus fuerzas, con aquella misma tenacidad que en los primitivos tiempos de la humanidad fue patrimonio de todas las criaturas.

Convertido verdaderamente en un prisionero, privado hasta de los movimientos por impedírselo vendas y tablillas, la enfermedad de Colmillo Blanco fue alargándose durante se manas enteras. Dormía mucho y soñaba continuamente, desfilando por su memoria toda una procesión de visiones de la tierra del norte, todos los fantasmas del pasado que volvían a aparecérsele ahora. Una vez más creyó vivir en el cubil con Kiche; arrastrarse temblando hasta Castor Gris para demostrarle su sumisión, y huir de Lip-Lip y de toda aquella loca jauría de cachorros que lo perseguían.

Volvió a correr, en medio de un inmenso silencio, buscando la carne viva que debía alimentarlo durante los meses del hambre, y también como guión del trineo, mientras detrás de él restallaban los látigos de Mit-sah y de Castor Gris, y resonaban los gritos de «¡Ra! ¡Raa!» al llegar el tiro a un paso demasiado estrecho que lo obligaba a apiñarse, como un abanico que se cierra para poder pasar... Vivió de nuevo aquellos terribles días del Hermoso Smith, con sus feroces luchas. En aquellos momentos se le oía gemir en sueños, y los que lo contemplaban decían que tenía pesadillas.

Pero una de ellas en especial solía atormentarlo: se le aparecían unos monstruosos y estridentes automóviles eléctricos que para él eran como colosales linces armando un terrible griterío. Él estaba oculto en un matorral acechando el momento en que cierta ardilla se alejaría del árbol en que se refugiaba y se atrevería a corretear por el suelo. Pues bien: en el momento en que iba a saltarle encima, la veía transformarse en un automóvil eléctrico, amenazador, horrible, que se elevaba por encima de él como una montaña, chillando, rechinando y escupiendo fuego contra él. Lo mismo ocurría cuando retaba al halcón para que descendiera del espacio. Descendía, en efecto, pero al arrojarse contra él, se convertía también en aquel automóvil eléctrico que tenía el don de la ubicuidad. O bien Colmillo Blanco se hallaba en la jaula en que lo tenía aprisionado Smith. Fuera de la jaula se agrupaban multitud de hombres, y él sabía que la lucha iba a empezar. Fijos los ojos en la puerta, esperaba que entrara su enemigo, y de repente el que aparecía era aquel horroroso automóvil. Mil veces se repitió lo mismo, y cada vez el terror que aquello le producía era indescriptible. Al fin llegó el día en que le quitaron las últimas vendas y tablillas. Para los de la casa fue como un día de gala. Todo Sierra Vista se había congregado en torno al perro. El amo le restregó las orejas cariñosamente y él le correspondió con aquella nota especial que ponía en el gruñido con que expresaba su amor. La esposa del amo le llamó lobo bendito y el nombre les pareció muy bien a las mujeres de la casa, que lo adoptaron para designarlo.

Trató de incorporarse y, tras repetidos esfuerzos, dio con su cuerpo en el suelo por efecto de la gran debilidad. Había estado echado tanto tiempo que sus músculos se hallaban entumecidos y sin fuerza, lo que le hizo sentirse avergonzado, como si fuera aquella una falta en el servicio que los dioses le habían encomendado. Esta misma impresión le hizo realizar nuevos y heroicos esfuerzos para levantarse, hasta que al fin lo logró. Se quedó en pie, balanceándose y cabeceando.

-¡Pobrecillo! ¡Bendito lobo! -exclamaron a coro las mujeres.

El juez Scott las miró con aire de triunfo.

-Vosotras mismas lo habéis dicho: lobo -observó-. Lo que yo afirmé siempre que era. De haber sido un perro como los demás, nunca hubiera hecho lo que hizo. Lobo y bien lobo es.

-Sí, nuestro bendito lobo -le corrigió su esposa. -Bueno, está bien. Pues así le llamaremos en adelante.

-Va a tener que aprender de nuevo a andar -dijo el cirujano-. Lo mejor será que le hagamos empezar desde ahora. No ha de hacerle ningún daño. Llévenlo ustedes fuera de la casa.

Y lo llevaron a pasear al aire libre. Fue más mimado y atendido que un rey, con toda Sierra Vista para cuidarlo. Tan débil se hallaba, que en cuanto llegó al prado, se tendió sobre la hierba y descansó un rato.

Luego, aquella especie de procesión se reanudó. Con el uso se restableció la circulación de la sangre de los músculos del animal y Colmillo Blanco recuperó su fuerza. Llegaron hasta donde estaban los establos y se encontraron a Collie echada con media docena de cachorrillos que jugueteaban al sol.

Colmillo Blanco contempló aquel espectáculo con ojos sorprendidos. Collie le gruñó para advertirle que no se acercara, y él se quedó a cierta distancia. Entonces el amo le acercó, empujándolo con el pie, uno de los cachorros, que se revolcó por el suelo. Con los pelos erizados, él miró recelosamente; pero el amo lo tranquilizó, haciéndole comprender que no había nada que temer. Pero Collie, a la que las mujeres mantenían fuertemente abrazada, volvió a gruñir para manifestar que ella no consentiría que se propasara.

El cachorro seguía revolcándose frente a él. El convaleciente animal enderezó las orejas y lo contempló curiosamente. Entonces ambos acercaron el hocico hasta tocarse, y Colmillo Blanco sintió que la tibia lengüecita del cachorro le lamía la mejilla. Sin saber por qué, él también sacó la lengua y en justa correspondencia le lamió igualmente la cara.

La escena fue acogida por los dioses con gritos de júbilo y aplausos. Sorprendido el animal, los miró a todos perplejo. Después volvió a sentir una invencible debilidad, se echó, enderezó de nuevo las orejas, ladeó algo la cabeza y se quedó contemplando al cachorrillo. A ellos se acercaron también los demás hermanos, andando y revolcándose, no sin que Collie se mostrara profundamente disgustada al verlo.

Colmillo Blanco permitió que todos los cachorros se le subieran encima, gateando y dando tumbos. Al principio, y entre los regocijados aplausos de los dioses, demostró algo de su antigua reserva y ensimismamiento, como si hallara la situación un tanto embarazosa. Sin embargo, pronto se disiparon su embarazo y su torpeza, a medida que los cachorros insistían en sus grotescos jugueteos y se tomaban libertades con él. Al fin, se tendió con abandono todo lo largo que era, con los ojos medio cerrados. Y dormitó al sol.

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