Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 3. El aullido del hambre
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El día comenzó prósperamente. No habían perdido ningún perro más durante la noche, y se lanzaron al trillado sendero, y con él al silencio, a la oscuridad y al frío, con ánimo bastante tranquilo. Bill parecía haberse olvidado ya de sus pronósticos de la víspera, y hasta acogió con sardónicas burlas a los perros cuando estos, al llegar el mediodía, volcaron el trineo en un punto del camino en que el paso era difícil.

Se armó un lío que nada tenía de agradable. El trineo boca abajo metido entre el tronco de un árbol y una enorme roca, y ellos viéndose obligados a desenganchar los perros para poner orden en aquel enredo. Se hallaban los dos hombres encorvados sobre el vehículo, forcejeando para colocarlo bien, cuando Henry observó que Oreja Cortada se escurría hacia un lado con intención de marcharse.

-¡Eh, tú!, ¿adónde vas? -le gritó, llamándole por su nombre, enderezándose y volviéndose hacia el perro.

Pero Oreja Cortada salió escapado a través de la nieve, dejando tras sí las huellas que marcaban su fuga... Y allí, en la nieve, donde estaba el otro rastro que habían dejado ellos a su espalda, se hallaba la loba esperando al nuevo fugitivo. A medida que el perro se iba acercando, se volvía cauteloso. Fue deteniendo la carrera hasta convertirla en una serie de pasos cortos y vigilantes, ansiosamente. Pareció que la loba le sonreía. El perro la miraba con cieno cuidado y como dudando, pero enseñándole los dientes de un modo más bien insinuante que amenazador. La loba dio hacia él algunos pasos, como jugando, y se paró.

Oreja Cortada se acercó a ella cautelosamente, aún ojo avizor, enderezadas la cola y las orejas y alta la cabeza.

El perro trató de aproximar su hocico al de ella; pero la hembra retrocedió entre traviesa y esquiva. Cada avance de él iba seguido del correspondiente retroceso de ella. Paso a paso fue apartándolo de la protección que podía prestarle la compañía humana. Una de estas veces, como si una vaga sospecha o aprensión hubiera cruzado por el cerebro del animal, volvió la cabeza y miró hacia atrás, hacia el volcado trineo, sus compañeros de tiro y los dos hombres que lo estaban llamando.

Pero sea la que fuera la idea que empezaba a tomar forma en su cabeza, se borró cuando la loba avanzó hacia él. Se olisquearon un brevísimo instante, y luego la hembra volvió a adoptar su esquivo sistema de retirada al verse requerida de nuevo.

Mientras tanto, Bill había pensado en la posibilidad de utilizar el rifle, pero con el vuelco se había quedado debajo del trineo, y antes de que lo hubiesen levantado, Oreja Cortada y la loba estaban demasiado cerca ya uno de otro y a sobrada distancia de los hombres para que cualquiera se arriesgara a disparar.

El perro comprendió su error demasiado tarde. Antes de que nuestros hombres se percataran de la causa que a ello le movía, lo vieron volverse en redondo y empezar a correr en busca de su compañía. Entonces vieron una docena de lobos flacos y grises que se acercaban en ángulo recto al camino trillado y le cerraban la retirada. Inmediatamente, toda la esquivez y travesura de la loba desaparecieron como por encanto. Dando un gruñido y un salto, se lanzó sobre Oreja Cortada. Este le dio un empujón con el hombro para apartarse. Veía la retirada cortada, pero persistió aún en el propósito de volver donde estaba el trineo, así que cambió de dirección intentando dar un rodeo. A cada momento aparecían más lobos que tomaban parte en su caza. En cuanto a la loba, se hallaba a la distancia de un salto detrás de Oreja Cortada y se preparaba al ataque.

-¿Adónde vas? -preguntó de pronto Henry, poniendo la mano sobre el brazo de su compañero.

Bill le apartó de una sacudida.

-Eso no lo aguanto -exclamó-. No van a quitarnos ni uno más de nuestros perros si yo puedo impedirlo.

Rifle en mano, se hundió en el bosque bajo que bordeaba el sendero. Su intención era evidente. Tomando el trineo como centro del círculo que iba trazando Oreja Cortada, se proponía penetrar en este círculo en un punto en que pudiera ganar por la mano a sus perseguidores. Con su rifle y a plena luz del día, era muy posible que pudiera amedrentar a los lobos y salvar al perro.

-¡Oye, Bill! -le gritó Henry-. ¡Cuidado! ¡No te arriesgues mucho!

Luego se sentó en el trineo y se quedó vigilando. No podía hacer nada más. Bill se había perdido ya de vista; pero, de cuando en cuando, apareciendo y desapareciendo entre las matas y los esparcidos grupos de abetos, se podía ver a Oreja Cortada. Henry lo dio ya por perdido. Parecía que el propio perro estaba seguro del peligro en que se hallaba; pero corría trazando un círculo muy grande, extenso, mientras que el de la manada resultaba interno y muy corto. Era inútil pensar que Oreja Cortada pudiera dejar atrás a sus perseguidores de tal modo que, cortando por delante de su círculo, llegara a ponerse a salvo junto al trineo.

Las dos líneas distintas se acercaban rápidamente a un punto determinado. Henry adivinaba que allá entre la nieve, tras una cortina de árboles y de matojos, que le impedía verlo, la manada, Oreja Cortada y Bill iban a encontrarse. Con gran rapidez, precipitándose las cosas mucho más de lo que él creía, ocurrió lo que esperaba. Oyó un disparo, luego dos más, en rápida sucesión, y se cercioró de que Bill había ya gastado todas sus municiones. Después oyó todo un tumulto de gruñidos. Reconoció la voz de Oreja Cortada en un alarido de dolor y de miedo y oyó el lamento de un lobo herido. Y nada más. El gruñir y el aullar cesaron. Volvió a reinar el silencio sobre la solitaria tierra.

Se quedó largo tiempo sentado sobre el trineo. No había necesidad de que fuera a ver lo ocurrido. Lo sabía tan bien como si se hubieran desarrollado los acontecimientos ante su vista. Hubo un momento en que se levantó sobresaltado y empuñó a toda prisa el hacha que sacó de entre las correas que la ataban. Pero la mayor parte del tiempo permaneció sentado y ansiosamente pensativo, mientras los dos perros que quedaban se acurrucaban temblorosamente a sus pies.

Al fin, se levantó extenuado, como si toda fuerza de resistencia hubiera huido ya de su cuerpo, y procedió a enganchar los perros al trineo. Se pasó una cuerda por el hombro, un tirante más para uso humano, y ayudó a los perros a arrastrar el trineo. No avanzó mucho en su camino. A las primeras señales de que iba a oscurecer, se apresuró a acampar, procurándose la más abundante provisión de leña que le fue posible. Dio de comer a los perros, cenó y se hizo la cama, lo más próxima al fuego que pudo.

Pero no consiguió disfrutar del sueño con tranquilidad. Antes de que sus ojos se cerraran, los lobos se habían acercado ya tanto que el peligro era inminente. No se necesitaba es forzar la vista para distinguirlos. Allí estaban, en torno a él y a la lumbre, formando estrecho círculo, sentándose sobre las patas traseras, arrastrándose, avanzando o retrocediendo furtivamente. Algunos hasta dormían. De cuando en cuando los veía enroscados sobre la nieve como perros, disfrutando de un sueño que a él se le negaba.

Mantuvo bien encendida la hoguera, porque bien sabía que aquel era el único obstáculo que se interponía entre su propia carne y aquellos colmillos de fiera hambrienta. Los dos perros no se apartaban de su compañía, uno a cada lado apoyándose contra él como en demanda de protección, dando quejidos y a veces gruñendo desesperadamente, cuando algún lobo se acercaba demasiado. En tales momentos, todo el círculo acababa por agitarse, los lobos se ponían en pie e intentaban avanzar en masa, y todo un coro de gruñidos y aullidos se elevaba en torno al hombre. Luego, el círculo volvía a echarse sobre la nieve, y de cuando en cuando, alguno de los lobos reanudaba su interrumpido dormitar.

Pero el constante círculo tendía continuamente a irse acercando. Poco a poco, pulgada* a pulgada, arrastrándose primero un lobo y luego otro, se iba cerrando hasta ser cada vez mas estrecho, hasta que las fieras quedaban ya a tan poca distancia que con un salto hubieran podido salvarla. Entonces, el hombre cogía tizones y los arrojaba en medio de la manada. Invariablemente, esto hacía que los lobos se retiraran precipitadamente, dando aullidos de rabia y gruñendo asustados cuando algún tizón, bien dirigido hacia el blanco, chamuscaba a alguna de las fieras más atrevidas.

Al llegar la mañana, el hombre estaba macilento, extenuado, con los ojos hundidos por la falta de sueño. Preparó el desayuno en plena oscuridad, y a las nueve, cuando, al llegar la luz del día, los lobos se retiraron, puso en práctica un plan que había trazado durante las largas horas de la noche. Cortó renuevos* de los árboles e hizo con ellos un andamio de travesaños que dejó atados muy altos a los enhiestos troncos. Luego, usando como cuerda elevadora las ligaduras del trineo y con ayuda de los perros, alzó el ataúd y lo fue subiendo hasta dejarlo colocado sobre el andamio.

A Bill lo han cogido ya, y tal vez conmigo harán lo mismo; pero lo que es a ti, de fijo que no te cogerán nunca, joven -dijo dirigiéndose al cadáver al que acababa de dar por sepulcro los árboles.

Después de esto, emprendió la marcha por el sendero. El aligerado trineo saltaba detrás de los perros, que tiraban ahora con ganas, porque también ellos comprendían que su salvación dependía de que pudieran llegar a Fuerte Macgurry. Los lobos continuaban en su persecución de un modo más franco y abierto, trotando tranquilamente detrás y puestos en hilera a cada lado de la pista, con las rojas lenguas colgando y las ondulantes costillas mostrándose a cada movimiento. Tan flacos estaban que no eran más que meras bolsas de piel estiradas sobre un armazón óseo, con cuerdas por músculos; tan flacos, que pasó por la mente de Henry la idea de que era una maravilla que pudieran sostenerse en pie y no cayeran desplomados sobre la nieve.

No se atrevió nuestro viajero a seguir andando hasta que oscureciera. Al mediodía, el sol no solo animó con sus cálidos tonos el horizonte meridional, sino que hasta llegó a mostrar su borde superior, pálido y dorado, por encima de la línea que marcaba el comienzo del firmamento. El hombre lo consideró como una buena señal. Los días se alargaban. Volvía el sol. Pero cuando desapareció la alegría de su luz, se apresuró a acampar. Quedaban aún muchas horas de gris claridad diurna y de sombrío crepúsculo, y las aprovechó cortando una enorme cantidad de leña.

Con la noche llegaron los horrores. Los hambrientos lobos se hacían cada vez más atrevidos, y el sueño rendía a Henry. Dormitó algo contra su propia voluntad, acurrucado al amor de la lumbre con las mantas echadas sobre los hombros, el hacha entre las rodillas y a cada lado un perro que se apretujaba contra su cuerpo. Se despertó una vez y vio, a menos de cuatro metros de distancia, un enorme lobo gris, uno de los mayores de la manada. Y aún más: en el momento en que miraba, la fiera estiró el cuerpo deliberadamente. Lo hizo del perezoso modo en que suelen hacerlo los perros, bostezando casi en su misma cara y mirándolo con cierto aire de posesión, como si verdaderamente él no fuera más que una comida que se ha aplazado, pero que no se tardará mucho en engullir.

Esa certidumbre la demostraba la manada entera. No bajarían de veinte los lobos que contó, que le miraban fija y codiciosamente o que dormían con toda calma sobre la nieve. Le recordaban a una multitud de niños reunidos alrededor de la mesa de un festín y esperando permiso para empezar a comer. Y él constituía la comida. ¿Cómo y cuándo empezarían el banquete?

Mientras iba amontonando leña sobre la hoguera, se percató de que sentía un cariño por su propio cuerpo que nunca había experimentado antes. Observó el movimiento de sus músculos y le interesó el ingenioso mecanismo de sus dedos. A la luz de la hoguera los encorvó lenta y repetidamente, primero de uno en uno, luego todos a la vez, abriendo o cerrando la mano rápidamente. Se fijó en la formación de las uñas y pinchó los pulpejos* de los dedos con fuerza y después suavemente, estudiando, al hacerlo, las sensaciones que sus nervios experimentaban. Todo le tenía fascinado, y descubrió que amaba de pronto aquella refinada carne suya de mecanismo tan hermoso, suave y delicado. Luego lanzó una temerosa mirada al círculo de lobos que le rodeaba en actitud de expectativa y, al duro choque de la realidad, vio que aquel cuerpo maravilloso, aquella carne viva, no era más que comida. Solo era la presa para saciar la voracidad de aquellas fieras, cuyos colmillos le desgarrarían para que sirviera de sustento, como las antas y los conejos habían sido varias veces el suyo.

Salió del sopor de aquella especie de pesadilla para hallarse con la rojiza loba delante. No estaba a mayor distancia que unos dos metros, sentada en la nieve y mirándole fijamente. Los dos perros gruñían o lanzaban gañidos a sus pies, pero ella ni siquiera les hacía caso. A quien miraba era al hombre, y por un momento sostuvo este la mirada. Nada de amenazador se descubría en la loba. Se limitaba a mirar, fija y seriamente; pero bien sabía él que tan grande como aquella seriedad era su inspiradora, el hambre. El hombre representaba el alimento esperado, y a su vista, en la loba se excitaban las sensaciones del gusto. El animal abrió la boca babeando, porque la saliva se le escurría, y se relamió con anticipado deleite.

Un convulsivo terror se apoderó del hombre. Precipitadamente, fue a coger un tizón para arrojárselo. Pero en el instante mismo en que la abierta mano iba a ponerse encima y antes de que pudiera cerrarla, la loba ya había retrocedido de un salto y se había puesto a salvo, lo que daba a entender que estaba acostumbrada a que la amenazaran con tirarle cosas. Al saltar, gruñó enseñando los blancos colmillos hasta la encía; de pronto desapareció su aire serio de antes, para ser sustituido por otro tan maligno y feroz que le hizo estremecerse. Henry contempló la mano que empuñaba el tizón, notando la delicadeza de los dedos que lo oprimían y lo bien que se ajustaba a las desigualdades que ofrecía la superficie del áspero leño, se enroscaba alrededor y se retiraba automáticamente del sitio que quemaba la piel, para asir otro en que el calor fuera más soportable. Al instante imaginó que aquellos mismos dedos, tan delicados y sensibles, serían destrozados por los blanquísimos dientes de la loba. Nunca había sentido tanto cariño por su cuerpo como desde que tan insegura veía su conservación.

Toda la noche estuvo luchando por mantener a distancia la manada, gracias al llamear de los tizones que les arrojaba. Si contra su voluntad le vencía el sueño un momento, el gimotear y el gruñir de los perros le despertaba al instante. Llegó la mañana, pero por primera vez la luz del día no hizo que los lobos se esparcieran alejándose. Inútilmente estuvo esperando el hombre que se fueran. Allí permanecieron, en círculo siempre, en torno a él y a la lumbre, mostrando una arrogancia posesoria que le hizo perder todo el valor que la luz del día había despertado en él.

Intentó con un desesperado esfuerzo salir de allí empujando el trineo. Pero en el mismo momento en que se apartó de la protección de la hoguera, saltó hacia él el más atrevido de los lobos, aunque se quedó corto, errando el golpe. El hombre se salvó con otro salto hacia atrás, y las quijadas* de la fiera se cerraron a cosa de un palmo de distancia del muslo en que creyó hacer presa. El resto de la manada se disponía ya a echársele encima, y solo arrojando a diestro y siniestro cuantas encendidas astillas pudo, logró hacer retroceder a los lobos a respetuosa distancia.

Incluso en medio de la claridad del día, no se atrevió ya a apartarse de la lumbre para ir a cortar más leña con que renovar su provisión. A unos seis metros había un abeto muerto cuyo enorme tronco veía erguirse. Medio día pasó extendiendo la hoguera hasta hacerla llegar a él, y teniendo siempre a mano media docena de troncos encendidos para arrojarlos contra sus enemigos. Una vez consiguió llegar al árbol, observó atentamente el bosque que lo rodeaba, quería que el árbol cayera en la dirección en que más abundaba la leña.

La noche que siguió fue una repetición de la anterior, exceptuando el hecho de que la necesidad de dormir iba siendo para él cada vez más avasalladora. El gruñir de sus perros no servía para mantenerlo despierto. Por otra parte, el sonido no paraba un momento, y para sus embotados sentidos era igual que aumentara o disminuyera de tono o intensidad. De pronto se despertó sobresaltado. La loba se hallaba a menos de un metro de distancia. Mecánicamente,_ como a quemarropa y sin soltar el tizón llameante, se lo metió por la boca, que tenía abierta y gruñendo. La fiera saltó para apartarse, aullando de dolor, y mientras él gozaba al aspirar el aire impregnado de olor de carne y pelo quemados, la vigilaba atentamente viéndola sacudir la cabeza y quejarse furiosa a algunos metros de distancia.

Pero esta vez, antes de que volviera a vencerle el sueño, se ató una tea ardiendo en la mano derecha. Solo hacía unos minutos que se le habían cerrado los ojos, cuando le despertó el olor producido por la llama que le quemaba la carne. Durante horas enteras se aferró a la práctica de este procedimiento. Cada vez que se despertaba de este modo, se apresuraba a ahuyentar a los lobos arrojándoles encendidas ramas, añadía leña a la hoguera y disponía convenientemente sobre su mano la tea. Todo marchó como él deseaba, hasta que la ató mal y, a poco de cerrársele los ojos, se le cayó de la mano.

Al dormirse, soñó. Creyó hallarse en Fuerte Macgurry. La temperatura de la estancia era tibia, se encontraba muy a gusto y jugaba a las cartas con el agente encargado de la factoría*. También le pareció que los lobos habían sitiado el fuerte. Estaban aullando a las puertas del mismo, y de cuando en cuando, él y el agente suspendían unos momentos el juego para ponerse a escuchar y reírse de los vanos esfuerzos de aquellas fieras que intentaban entrar. Pero tan raro era el sueño que, de pronto, se oía un estallido y la puerta saltaba hecha pedazos. Ya estaba viendo a los lobos entrando como una oleada en la gran sala donde se hacía toda la vida del fuerte. En línea recta y arrastrándose, avanzaban hacia él y hacia el agente. Desde que saltó la puerta, el ruido que producían los aullidos había aumentado de un modo tremendo. Este estrépito era lo que se le hacía insoportable. En el sueño, las imágenes se confundían ya con otras; pero, a través de todo, el ruido, el vocerío aquel iba siguiéndole; persistían los aullidos.

Y entonces se despertó y se encontró con que estos eran muy reales: los lobos los producían al echársele encima. Lo rodeaban ya, atacándolo. Uno le había clavado los dientes en un brazo. Instintivamente, el hombre saltó a la hoguera, y al saltar sintió sobre una pierna el tajo terrible de unos dientes que le arrancaban la carne. Enseguida empezó la lucha por en medio del fuego. Los gruesos mitones* que usaba Henry protegían de momento sus manos, y así empezó a lanzar ascuas al aire en todas direcciones, hasta que la hoguera parecía más bien un volcán en erupción.

Pero no podía durar esto mucho tiempo. Con el ardor de la lumbre, la cara se le llenaba de ampollas, tenía quemadas cejas y pestañas, y los pies le abrasaban de modo insoportable. Con un trozo de rama ardiendo en cada mano, saltó al borde de la hoguera. Los lobos se habían visto obligados a retirarse. Por todos los lados donde habían caído las ascuas, se oía el chirriar de la nieve en que ardían, y a cada momento, alguno de los lobos que retrocedía anunciaba con un desesperado salto, acompañado de quejidos y de furioso gruñir, que acababa de pisar una de aquellas ascuas.

Lanzando aún tizones a sus más cercanos enemigos, el hombre arrojó sobre la nieve sus mitones, en los que había prendido el fuego, y pateó sobre la fría superficie para refrescar sus abrasados pies. Entonces echó de menos a los dos perros, y comprendió que habían tenido el mismo fin que sus otros compañeros.

El Gordito había sido el primero, y él probablemente sería el último manjar en alguno de los próximos días. Lo estaba presintiendo, horrorizado.

-¡No me habéis cogido aún, no! -gritó como un loco, amenazando con el puño a las hambrientas fieras. Y al sonido de su propia voz, todo el círculo se agitó, se oyó un gruñido general y la loba se adelantó a través de la nieve. Cuando estuvo cerca de él, se puso a mirarle con aquella seriedad suya, hija del hambre.

El hombre se decidió a trabajar en la realización de una nueva idea que se le había ocurrido. Extendió la hoguera hasta formar con ella un amplio círculo. Dentro del mismo se acurrucó él y se puso debajo toda la ropa con la que contaba para protegerse de la nieve derretida. Cuando desapareció tras el amparo de las llamas, la manada entera se acercó con curiosidad hasta el borde de la lumbre para averiguar qué había sido de él. Hasta entonces se les había impedido estar al amor del fuego, pero ahora podían establecerse allí en estrecho círculo, como si fueran perros, parpadeando o con repetidos guiños, bostezando y estirándose mientras sus flacos cuerpos participaban del grato y desacostumbrado calor. Luego, la loba se sentó sobre sus patas traseras, levantó el hocico apuntándolo a una estrella y comenzó a aullar. Uno por uno fueron imitándola el resto de los lobos, hasta que toda la manada, en la misma posición que ella había adoptado, sentada sobre sus patas y el hocico señalando al cielo, lanzó al aire el aullido del hambre.

Llegó la hora del alba y, con ella, la luz diurna. La hoguera seguía ardiendo, pero tímidamente. Se había acabado la leña y era necesario procurarse más. El hombre intentó salir de su círculo de llamas, pero los lobos se lanzaron a su encuentro. Su defensa por medio de los ardientes tizones los obligó a saltar a un lado; pero ya no retrocedían. Cuanto hizo para lograrlo resultó en vano. Por fin se dio por vencido y, tropezando, volvió a meterse en su círculo de fuego. Entonces, uno de los lobos saltó hacia él, erró el golpe y cayó de cuatro patas en medio de la lumbre. Dio un alarido de terror que acabó en gruñido y se apresuró a retroceder para ir a refrescar sus patas en la nieve.

El hombre se sentó sobre sus mantas, agachado, con todo el cuerpo hacia delante, los hombros caídos, sin fuerza, y la cabeza apoyada en las rodillas. Todo indicaba que al fin renunciaba a la lucha. De cuando en cuando, levantaba la cabeza para observar cómo la hoguera iba bajando, consumiéndose. El círculo de llamas se iba dividiendo ya en segmentos con aberturas entre ellos. Estas iban haciéndose cada vez mayores, y los segmentos disminuían.

-Me parece que ahora sí que podéis venir y apoderaros de mí en cualquier momento -murmuró-. Pero, suceda lo que suceda, voy a dormir.

Hubo un instante en que se despertó, y en una de las aberturas del círculo vio a la loba que le estaba mirando.

Se volvió a dormir y a despertarse, poco después, aunque a él le pareció que debían de haber transcurrido horas enteras. Se había realizado un misterioso cambio, tan misterioso que la impresión le hizo abrir más que nunca los ojos. Algo había ocurrido. Al principio no acababa de comprenderlo, pero al fin se dio cuenta de lo que era. Los lobos ya no estaban allí. No quedaba de ellos más que sus huellas impresas en la nieve, que indicaban lo cerca que habían estado de él. El sueño volvía a rendirle; la cabeza se le caía, sin que pudiera evitarlo, sobre las rodillas, cuando con un repentino sobresalto se desveló de nuevo.

Se oían gritos humanos, traqueteo de trineos, crujir de guarniciones y ansiosos latidos de los perros que luchaban por arrastrarlos. Eran cuatro los trineos que avanzaban desde el cauce del río, allá entre los árboles. Media docena de hombres se habían juntado ya alrededor del que estaba agachado en el centro de la moribunda hoguera, sacudiéndolo y obligándolo a salir de su modorra. Él les miró como si estuviera ebrio y masculló de un modo raro, soñoliento aún, estas palabras:

-La loba roja... Se metía entre los perros a la hora de darles su ración... Primero se la comía ella. Luego se comió a los perros... Y finalmente a Bill...

-¿Dónde está lord Alfred? -le gritó junto al oído uno de los hombres, al mismo tiempo que lo sacudía bruscamente.

Él movió lentamente la cabeza en ademán negativo y dijo:

-No, a él no se lo comió... Él descansa izado allá en un árbol del último sitio en que acampé.

-¿Muerto?

Y en su ataúd -contestó Henry.

Forcejeó con aire petulante hasta zafarse de la mano con que le tenía cogido el hombro el que hacía las preguntas, y murmuró:

-¡Ea, déjeme tranquilo...! Estoy rendido... Buenas noches, señores.

Sus ojos parpadearon un poco y se cerraron. Incluso mientras le colocaban más cómodamente sobre el montón de mantas, resonaban sus ronquidos en el aire helado.

Pero otro ruido se oyó también. Lejos, a gran distancia, apagado, resonaba el aullido de la hambrienta manada, que comenzaba a seguir la pista de otra caza, de otra carne distinta de la del hombre que acababa de escapársele.