Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 7. La muralla del mundo
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Al llegar la época en que su madre comenzó a dejar abandonada la cueva para ir de caza, el cachorro había ya aprendido la ley que le prohibía acercarse a la entrada. Fue su madre la que le enseñó esta ley por medio de hocicadas y zarpazos, pero también en él mismo se fue desarrollando el instinto del miedo. Nunca, en su breve vida en la covacha, había hallado nada que pudiera inspirárselo, y, sin embargo, lo sentía. Le fue transmitido sin duda por herencia de remotos antepasados como algo característico de miles y miles de vidas anteriores. Llegó a él directamente por el Tuerto y la loba; pero ellos, a su vez, lo obtuvieron de generaciones enteras de lobos, desaparecidas ya. ¡El miedo! El legado del desierto, al cual no hay animal que pueda sustraerse ni cambiarlo por la sopa boba de la domesticidad.

Así pues, el lobato conocía ya el miedo, aunque no supiera en qué consistía en esencia. Probablemente lo consideraba como una de las restricciones maternales de la vida. Porque de que estas existían sí que estaba enterado. El hambre era para él algo bien conocido, y cuando no podía satisfacerla, se hallaba ante una de esas restricciones. La dura obstrucción de las paredes en la cueva, el rápido golpecito de la nariz de su madre o el otro, más duro, con que lo aplastaba su pata contra el suelo; las hambres ya mencionadas, que fueron muchas, le habían convencido de que no todo era libertad en el mundo, de que la vida tenía sus limitaciones, y estas eran leyes. Al obedecerlas, uno quedaba indemne de todo daño y tendía a procurarse la felicidad.

Él no razonaba de este modo, que es el que suelen emplear los hombres. Se limitaba a clasificar las cosas en dos grupos: el de las que dañan y el de las que no. Y siguiendo tal clasificación, evitaba las primeras, que suponían limitaciones y restricciones a fin de gozar de las satisfacciones de la vida. Así ocurrió que, obedeciendo la ley dictada por su madre y la otra que es hija de aquella cosa innominada e inexplicable que es el miedo, se mantuvo apartado de la boca de la cueva. Continuaba siendo para él un surco de luz. Cuando se hallaba ausente su madre, dormía la mayor parte del tiempo, y durante los intervalos en que estaba despierto, se mantenía muy quieto y callado, suprimiendo el gimoteo que pugnaba en su garganta por hacer ruido.

Una vez, mientras estaba echado y despierto, oyó un raro sonido en el muro blanco. No sabía que era producido por un glotón que estaba fuera, en pie, temblando de miedo y audacia al mismo tiempo y olfateando para averiguar el contenido de la cueva. El cachorro sabía únicamente que el rumor producido era raro, algo que él no había clasificado aún y, por tanto, algo desconocido y terrible, porque lo desconocido era uno de los principales elementos que constituían el miedo.

Al lobezno se le erizó el pelo de la espalda, pero se mantuvo silencioso. ¿Cómo podía saber él que, ante aquello que estaba olfateando allá fuera, era muy justificado que sus pelos se erizaran? El hecho no era hijo de sus conocimientos, sino simplemente la visible expresión del terror que sentía y para cuya explicación no hallaba ningún antecedente en su vida.

Pero el miedo iba acompañado de otro instinto: tenía que esconderse. El cachorro estaba atemorizado, pero seguía inmóvil, sin producir el menor ruido, como si estuviera helado, petrificado, muerto según todas las apariencias. Cuando llegó su madre, gruñendo al olfatear las huellas del glotón, entró de un salto en la cueva, lo lamió y hociqueó con más vehemencia de lo acostumbrado y con mayor afecto. Y el lobezno comprendió entonces que, sin saber cómo, se había librado de un gran peligro.

Otras fuerzas operaban en el cachorro, y la mayor de ellas era el crecimiento. El instinto y la ley le exigían la obediencia. El crecimiento, por el contrario, lo impulsaba a desobedecer. Su madre y el miedo lo apartaban del muro blanco. Pero el crecimiento es la vida, y la vida está destinada a buscar siempre la luz. No había, pues, posibilidad de ponerle diques a aquella marea que iba subiendo... subiendo a cada bocado de carne que engullía, cada vez que respiraba. Al fin, un día, el miedo y la obediencia fueron barridos por la oleada invasora, y el cachorro se dirigió, tambaleándose y arrastrándose, hacia la entrada.

Al revés de lo que le ocurría con las demás paredes que le eran conocidas, aquella parecía retroceder a medida que él se acercaba. No encontró ninguna superficie dura que chocara con su tierna naricilla, que él iba adelantando en un tanteo constante. La sustancia de que estaba constituido el muro parecía tan penetrable y dócil como la luz, aunque a sus ojos tuviera aquello una apariencia dura. Así pues, entró en lo que antes no había sido para él más que una pared y se bañó en la sustancia que lo componía.

Era para desconcertar a cualquiera. Su cuerpo se arrastraba a través de algo sólido. Y a cada paso, la luz se hacía más clara. El miedo lo impulsó a retroceder; pero la otra fuerza, la que le daba su crecimiento, lo obligó a ir hacia delante. De pronto se halló en la boca misma de la cueva. Aquella pared dentro de la cual creía encontrarse saltó de pronto, ante sus ojos maravillados, a una distancia inconmensurable. La luz se había vuelto tan brillante que le impresionaba dolorosamente. Quedó deslumbrado. Al propio tiempo se sintió mareado por la tremenda extensión del espacio que tenía ante él. Automáticamente, su vista se iba adaptando a la claridad, iba enfocando los objetos que estaban a mayor distancia de la acostumbrada. Si al principio le pareció que la pared saltaba más allá de su campo visual, volvía ahora a verla, pero muy lejana. También había cambiado su aspecto. Ahora era un muro abigarrado, compuesto de árboles que bordeaban un arroyo, el opuesto monte que se elevaba por encima de los árboles y el cielo que dominaba el monte.

Se apoderó de él un miedo horrible. Aquello era una parte más de lo terriblemente desconocido. Se agachó en el borde mismo de la entrada y miró hacia el vasto mundo. Lo temía porque le era desconocido y, sin duda, hostil. Se le erizó el pelo de la espalda y encogió los labios débilmente en un conato de gruñido que él hubiera deseado que fuera feroz, aterrador. A pesar de su pequeñez y del temor que experimentaba aquel gruñido, constituía todo un reto y una amenaza al mundo.

No ocurrió nada. Siguió observando, y el mismo interés que puso en ello le hizo olvidarse de gruñir de nuevo. También se olvidó de todo temor. Aquella vez, la fuerza del crecimiento se había impuesto al miedo, convirtiéndose, al fin, en oscuridad. El cachorro comenzó a fijarse en todo lo que lo rodeaba: una parte del arroyo cuya corriente brillaba al sol; el pino tronchado por el viento que se mantenía aún al borde del ribazo mismo, que subía hasta donde él se hallaba y se interrumpía de pronto a medio metro de la boca de la cueva en que estaba agachado. Pero el lobezno gris siempre había vivido en suelo llano. Jamás sintió hasta entonces el dolor que produce una caída. Incluso ignoraba lo que podía ser. Así se atrevió a echar a andar dando un paso en el aire. Pero sus patas posteriores se apoyaban aún en la entrada de la covacha, y lo que hizo fue irse de cabeza hacia abajo. La tierra le dio tal golpe en el hocico que le arrancó un gruñido. Luego comenzó a rodar por el ribazo. El terror que se apoderó de él fue indescriptible. Al fin había caído en las garras de lo desconocido y allí se mantenía esperando aún daños más terribles. El poder del crecimiento había sido vencido esta vez por el miedo, y el lobato chilló y gimoteó, atemorizado como. un cachorrillo recién nacido.

Bien diferente era su posición de aquella en la que, helado de terror, seguía agachado mientras lo desconocido lo acechaba de lejos. Ahora lo tenía ya cogido fuertemente. De nada le serviría guardar silencio. Por otra parte, lo que sentía no era ya simplemente el miedo de antes, sino verdadero horror convulsivo.

Pero el ribazo se había vuelto menos pendiente, y su base estaba cubierta de hierba. Disminuyó la velocidad de la caída. Cuando al fin el lobato se detuvo, lanzó un último aullido de agonía, al que siguió un largo y lloroso lamento. Además, y como la cosa más natural del mundo -durante su vida había procedido mil veces a otros tantos aseos semejantes-, comenzó a lamerse para quitarse de encima la arcilla seca que manchaba su piel.

Después se sentó sobre las patas posteriores y observó a su alrededor como lo hará el primer hombre que logre poner su pie sobre el planeta Marte. El cachorro acababa de atravesar la muralla del mundo, había escapado de las garras de lo desconocido y estaba completamente ileso. Pero el primer hombre que pise el planeta Marte no se hallará, sin duda, tan fuera de su centro como lo estaba él. Sin el menor conocimiento previo, sin saber que tal cosa podía existir, se halló de pronto convertido en el explorador de un mundo totalmente nuevo.

Ahora que lo desconocido, lo terriblemente desconocido, acababa de dejarlo libre, no se acordaba ya de los terrores pasados. No sentía más que una gran curiosidad hacia todas las cosas que lo rodeaban. Examinó la hierba que crecía a sus pies; el musgo que descubrió más allá; el seco tronco del pino tronchado que se elevaba al borde de un claro entre los árboles. Una ardilla que correteaba chocó con él y lo asustó. Se acurrucó enseguida y le gruñó. Pero la ardilla también recibió un susto considerable. Se subió al árbol inmediatamente y, desde aquella respetable distancia, le contestó furiosa.

Esto contribuyó a dar ánimos al lobezno, y aunque el pájaro carpintero que encontró luego no dejó de sobresaltarle, siguió confiadamente su camino. Tanta era su confianza, que al hallarse con otro pájaro de regular tamaño que tuvo el atrevimiento de acercarse a saltos, le echó la zarpa con ganas de jugar. El resultado fue un fuerte picotazo en la nariz que le hizo acurrucarse y chillar. El ruido produjo tal efecto en el pájaro, que levantó el vuelo huyendo del peligro.

El cachorro iba aprendiendo. Su inteligencia, envuelta aún en nieblas, había formado ya una clasificación inconsciente. Existían cosas de dos clases: unas vivas y otras que no lo estaban. También averiguó que tenía que andar ojo alerta con las cosas vivas. Las otras estaban siempre quietas en un mismo sitio; pero las vivas se movían, y nunca se tenía la seguridad de lo que harían. Lo que de ellas podía esperarse era precisamente lo inesperado, y era necesario estar prevenido.

Andaba muy torpemente, chocaba por todas partes con palos y maleza. A lo mejor, una ramilla que él creía que estaba muy lejos se doblaba al cabo de un instante y le sacudía el hocico o las costillas. En el suelo había también grandes desigualdades. A veces daba un paso demasiado largo y se caía de hocicos. Otras, el paso era corto, y el golpe lo recibía en los pies. Había también guijarros y pedruscos que daban media vuelta en cuanto él los pisaba; y de ello dedujo que las cosas que no estaban vivas no gozaban siempre de aquel perfecto equilibrio que había en su cueva, y también que las más pequeñas de ellas se caían o se tambaleaban con más facilidad que las grandes. Pero con cada contratiempo aprendía algo. Cuanto más andaba, mejor lo iba haciendo. Iba aprendiendo a calcular los movimientos de sus propios músculos; a saber lo que era o no era capaz de hacer; a medir las distancias entre los objetos y entre estos y él mismo.

La suerte lo protegió como suele hacer con los novatos. Había nacido carnívoro y debía procurarse el alimento por medio de la caza, aunque él no lo supiera. Y fue precisamente a caer sobre la carne en su primera correría por el mundo. El azar, el puro azar, lo llevó a encontrarse con un recóndito nido de perdices blancas. Mejor dicho: se cayó dentro. Intentaba caminar por el derribado tronco de un pino. La carcomida corteza se le hundió bajo los pies y, dando un desesperado gañido, fue rodando por la curva del tronco y se cayó entre las ramas y hojas de unas matas hasta tocar el suelo. Se levantó en medio de siete diminutos perdigones*.

Estos se alborotaron. Armaron tanto ruido que al principio les tuvo miedo. Luego observó su pequeñez y fue cobrando ánimo. Se movían. A uno le puso la pata encima y los movimientos no hicieron más que acelerarse. Aquello le encantó y lo encontró divertidísimo. Olfateó al perdigón. Lo cogió después con la boca. La pobre avecilla se agitaba y le hacía cosquillas en la lengua. Al mismo tiempo, el lobezno notó la sensación de hambre. Sus quijadas se cerraron. Crujieron los frágiles huesecillos de la víctima y por la boca del lobezno corrió la sangre. El sabor era agradable. Aquello era carne, justo lo que su madre le daba, solo que la tenía viva entre sus dientes, y por tanto era mejor. Así pues, se comió al perdigón. Y no paró hasta que no quedó nada de él. Entonces se relamió las fauces, como le había visto hacer a su madre, y salió de las matas arrastrándose.

Tropezó enseguida con un verdadero torbellino de plumas, se quedó confundido y ciego por el ímpetu de la acometida y por los furiosos aletazos que recibía. Escondió la cabeza entre las patas y prorrumpió en gruñidos. La madre de los perdigones estaba furiosa. Entonces, él se enojó también. Se levantó gruñendo y contestó al ataque a zarpazos. Sus finos dientecillos se hundieron en una de las alas del ave, tiró de ella y desgarró cuanto pudo. La perdiz se defendió dándole repetidos golpes con el ala que le quedaba libre. Aquella fue la primera batalla del cachorro. Se sentía tan orgulloso de ello que se olvidó por completo del temor a lo desconocido y hasta de lo que era el miedo. Luchaba, luchaba con algo vivo que podía destrozar y que le contestaba a golpes. Además, aquello era carne, y en él se despertó el deseo de matar. Ya antes había destruido cosas vivas pero pequeñas; ahora destrozaría una de las mayores. Tan atareado y tan feliz se sentía que ni se daba cuenta de su misma felicidad. Temblaba de alegría al ver que iba penetrando triunfante por senderos nuevos para él y mucho más importantes de los que ya conocía.

Siguió con los dientes clavados en el ala y, sin soltar la presa, gruñó una vez más. La perdiz lo arrastró entonces fuera de las matas. Cuando se volvió e intentó llevarla de nuevo hacia ellas para protegerse, fue él quien la apartó de allí de un tirón y la obligó a salir del campo abierto. Y entretanto, su presa armaba el mayor ruido que podía, no cesaba de golpearle con el ala que le quedaba libre, y a su alrededor las blancas plumas flotaban en el aire como si fueran copos de nieve. La excitación del lobezno era tremenda. Bullía en él toda la sangre de su raza luchadora. Aquello era realmente vivir, aunque él lo ignoraba hasta entonces. Estaba representando el papel que le correspondía en el mundo, aquel para el cual fue creado: el de un carnívoro que tiene que luchar, sostener una batalla, para obtener su carne. Justificaba su razón de ser, y no hay cosa que aventaje a esto, porque la vida llega a su más alto punto cuando realiza, con todas las fuerzas de que se es capaz, aquello para lo cual se le dieron cuantos medios necesitaba.

Al cabo de un rato, la perdiz dejó de luchar. Él continuaba teniéndola cogida por el ala, y ambos se hallaban tendidos en el suelo y mirándose. El ave le dio un picotazo en la nariz, y ya sabía él por su anterior aventura lo que esto duele. Parpadeó pero siguió sin soltarla. Volvió a picotearle ella, y entonces el parpadeo fue pronto sustituido por los gemidos. Trató de apartarse del ave retrocediendo, sin pensar en que, por el mero hecho de no soltar su presa, la arrastraba consigo al recular. Una verdadera lluvia de picotazos cayó sobre su propia nariz, muy maltrecha ya. La marejada que hervía en su sangre sufrió un bajón tremendo, y el lobezno abandonó la presa, dio media vuelta y puso pies en polvorosa, a través de un claro del bosque, ignominiosamente derrotado.

Se tendió a descansar al otro lado del claro, cerca de un borde de arbustos, con la lengua colgando, anhelante el pecho, dolorida aún la nariz y continuando por tal causa el gimoteo. Pero mientras estaba echado, experimentó de pronto la impresión de que algo terrible lo amenazaba. El terror a lo desconocido volvió a apoderarse de él, y encogido, acurrucándose, buscó instintivamente el amparo de la maleza. Al momento se sintió azotado por una ráfaga de aire, y un gran cuerpo alado voló siniestro sobre él y pasó en silencio. Un halcón descendiendo como una flecha desde el espacio azul acababa de errar el golpe que contra él iba dirigido y que a punto estuvo de que acertara.

Mientras el lobato se quedaba echado entre las matas y mirando a todos lados con azoramiento, la perdiz madre, al otro lado del claro del bosque, revoloteaba agitadamente fuera del nido destruido. La pérdida sufrida la hacía indiferente a todo lo demás, y por ello no se fijó en aquella flecha con alas que cruzaba el espacio. Pero el lobato pudo ver, y el verlo le sirvió de aviso y de lección, cómo calaba de nuevo el halcón. Observó el breve roce que producía en el cuerpo de la perdiz, lo que le arrancó a esta un ronco alarido, y luego vio cómo se elevaba nuevamente el ave de rapiña, perdiéndose en el azul del cielo y llevando consigo a su presa.

Mucho tiempo transcurrió antes de que el cachorro abandonara el amparo de la maleza. Había aprendido grandes cosas. Las cosas vivas eran carne. Servían para comer y sabían bien. Asimismo, las mayores de ellas, cuando tenían el tamaño suficiente, podían causar daño. Era preferible comerse las pequeñas como los perdigones, y no meterse con las mayores como las perdices madres. Sin embargo, le aguijoneaba el ambicioso y ruin deseo de sostener otras batallas con aquella perdiz, solo que no podía ser porque a aquella se la había llevado el halcón. Pero acaso hubiera otras. Iría a ver si encontraba alguna.

Bajó por un cerro hasta un arroyo. Nunca había visto antes el agua. Parecía que allí podía afirmarse bien el pie. La superficie era lisa, sin desigualdades. Fue a pisarla audazmente, y se hundió, lloriqueando de miedo, en los brazos de lo desconocido. Aquello estaba muy frío, y el cachorro boqueó, resollando precipitadamente. Entonces fue el agua la que llegó hasta sus pulmones, en vez del aire que, en circunstancias normales, acompañaba constantemente el acto de la respiración.

El ahogo que sintió al momento fue para él como las ansias de la muerte. Y la muerte, verdaderamente, es lo que le pareció que significaba. No la conocía de un modo real mente consciente, pero, como todo animal salvaje, poseía el instinto de la muerte. Se le presentaba como el mayor de los daños posibles. Era la esencia misma de lo desconocido; la suma de los terrores que él causaba; la culminante, la inconmensurable catástrofe que podía ocurrirle, acerca de la cual nada sabía en concreto, aunque todo fuera de temer.

Volvió a la superficie y el aire refrescó su abierta boca. No se hundió ya más. Como si fuera en él costumbre de largo tiempo establecida, alargó las patas, comenzó a golpear con ellas el agua y, en suma, a nadar. La orilla más cercana distaba de él menos de un metro, pero como había vuelto a la superficie del agua de espaldas a ella, lo primero que vieron sus ojos fue la orilla opuesta, e inmediatamente nadó hacia allí. El arroyo no era grande, pero en su centro se hacía mas profundo, formando una lengua cuyo fondo estaría a unos cinco o seis metros. A la mitad, la corriente arrebató al lobezno llevándolo consigo hacia el sitio donde terminaba la laguna y el agua corría con fuerza, como una catarata en miniatura. Si antes estaba quieta, ahora se había alborotado de pronto. Era imposible nadar allí. Unas veces el cachorro se iba al fondo y otras flotaba en la superficie. Tanto en uno como en otro caso, el agua lo sacudía violentamente, haciéndolo girar sobre sí mismo o lanzándolo contra alguna roca. Y a cada choque, el lobato daba un gañido. Su curso podía seguirse contando el número de estos, pues cada uno representaba una roca de las que iba encontrando.

Más abajo de aquella corriente venía otra laguna, y allí el reflujo lo llevó suavemente a la orilla y lo depositó con igual suavidad sobre un lecho de guijarros. Loco de alegría, se arrastró por ellos hasta salir por completo del arroyo, y se echó sobre la tierra. Acababa de aprender algo más acerca del mundo. El agua no era una cosa viva; pero se movía. También parecía muy sólida, tan sólida como la tierra, pero carecía por completo de solidez. La consecuencia que dedujo fue que las apariencias de las cosas engañan a veces. Aquel miedo que él sentía hacia lo desconocido era el recelo que había heredado de sus antepasados, y esta desconfianza quedaba ahora robustecida por la experiencia. En adelante, cuando se tratara de juzgar las cosas, no se fiaría él así como así por su apariencia; hasta que no conociera bien en qué consistía realmente su naturaleza.

Otra aventura le esperaba aquel día. Había recordado que en el mundo estaba también su madre. Y entonces empezó a sentir que la necesitaba más que todas las cosas de este mundo. No solo su cuerpo estaba fatigado por las aventuras que había ya corrido, sino que hasta su cerebro sentía igual cansancio. Jamás había trabajado tanto como aquel día. Además, tenía sueño. Así pues, se puso en marcha en busca de la cueva y de su madre, sintiéndose invadido por una opresiva impresión de soledad y de impotencia. Se arrastraba entre unos arbustos cuando oyó un grito agudo, terrorífico. Algo amarillento pasó como un rayo delante de sus ojos. Era una comadreja* que huía de él precipitadamente. Como se trataba de una cosa viva de diminuto tamaño, no se asustó. Luego, casi a sus pies, vio algo vivo también, pero más diminuto aún, pues solo medía unas pocas pulgadas: una comadreja muy joven que, a semejanza de él, se había lanzado con patente desobediencia a correr aventuras. El animalito trató de retroceder.

El lobato lo revolcó de un zarpazo, arrancándole un raro y desagradable chillido. Un momento después, aquella cosa amarillenta, veloz como el rayo, volvía a aparecer ante los ojos del cachorro. Este oyó de nuevo el grito terrorífico, y en el mismo instante recibió un duro golpe en un lado del cuello y sintió cómo se hundían en su propia carne los agudos dientes de la comadreja madre.

Mientras él latía y gimoteaba, forcejeando y retrocediendo a la vez, vio cómo ella saltaba sobre su pequeñuelo y, cogiéndolo, se lo llevaba a esconderlo entre la cercana y apiñada maleza. La herida que aquellos dientes habían producido al lobezno le dolía aún; pero más le dolía la herida que acababa de recibir en su amor propio, y así se sentó en el suelo lloriqueando débilmente. ¡Una bestezuela tan chiquita y, sin embargo, tan feroz! Aún le quedaba a él por aprender que, a pesar de lo escaso de su tamaño y de su peso, la comadreja era uno de los más fieros, vengativos y terribles de cuantos animales matan en los sitios salvajes y desiertos. Pero pronto pudo adquirir por experiencia una parte de esos conocimientos.

Estaba aún lloriqueando y gimiendo cuando la comadreja madre volvió a aparecer en escena. No lo embistió esta vez, pues su pequeñuelo se hallaba ya a salvo. Se acercó más cautelosamente, y el cachorro pudo observar entonces su delgado y serpentino cuerpo, su cabeza erguida, vivaracha y digna también de ser comparada a la de una serpiente. Su agudo y amenazador grito erizó todos los pelos del lomo del lobato, aunque él le contestara también gruñendo con aire de amenaza. Ella se acercó cada vez más. Dio un salto, más rápido que la inexperta vista de su enemigo, y el delgado y amarillento cuerpo desapareció por un momento del campo de visión del cachorro. Un instante después la tenía encima, sobre su cuello, con los dientes hundidos en su peluda piel y en su carne.

Al principio, él se limitó a gruñir y a luchar con ella; pero como el lobato era tan joven y aquel el primer día que pasaba realmente en el mundo, su gruñir se fue convirtiendo en gemido y su lucha en conato de huida. La comadreja no soltó ni un momento su presa. Allí se quedó colgando del cuello, y esforzándose en hundir más y más los dientes hasta que llegaran a la gran vena en que hervía la sangre de la cual dependía la vida del cachorro. La comadreja era una gran bebedora de sangre, y su mayor placer consistía en beberla desde la fuente misma de la vida.

El lobezno gris hubiera muerto indefectiblemente, y no habría ya posibilidad de escribir historia alguna acerca de él, si no se hubiera presentado entonces, saltando a través de la espesura, la loba, su madre. La comadreja soltó al cachorro al verla y se lanzó como un rayo a la garganta de su nueva enemiga, errando el golpe pero quedando cogida de una quijada, en vez de lograr lo que quería. La loba sacudió la cabeza con el rápido movimiento del que hace restallar un látigo, desgarrando el sitio en que había hecho presa la comadreja y lanzándola por los aires a regular altura. Y mientras estaba en el aire, se cerró sobre el delgado y amarillento cuerpo la boca de la loba y la comadreja murió entre sus dientes.

El cachorro recibió entonces las mayores muestras de afecto de su madre. La alegría de esta al encontrarlo aún superaba a la de él al verse hallado. Hociqueó y acarició a su pequeño lamiéndole las heridas que le había causado la comadreja. Luego, entre la madre y el hijo se comieron a la terrible bebedora de sangre. Después fueron a la cueva y se durmieron.