Colmillo Blanco.  Jack London
Capítulo 9. Los productores de fuego
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De pronto, el cachorro se encontró ante aquella extraña visión. La culpa era suya: por falta de cuidado. Acababa de salir de la cueva y bajó corriendo al arroyo para beber. Tal vez no se fijó en nada porque se sentía soñoliento, pues había estado de correría toda la noche, yendo en busca de carne, y hacía un momento que se había despertado. Le era ya tan conocido el camino para llegar a la laguna formada por la corriente, que lo seguía sin el menor recelo y con frecuencia, sin que jamás le hubiera ocurrido nada.

Dejó atrás el pino derribado, cruzó el claro que formaba el bosque y se metió trotando entre los árboles. Entonces, y ambos hechos fueron simultáneos, vio y olfateó algo. Ante él, en cuclillas y silenciosas, aparecían cinco cosas vivas que él no había visto nunca hasta entonces. Aquello era su primer atisbo de la raza humana. Pero, a su vista, ninguno de los cinco hombres se apresuró a levantarse, ni le enseñó los dientes, ni gruñó. No se movieron, sino que continuaron allí silenciosos y amenazadores.

Tampoco él hizo el menor movimiento. Todos sus naturales instintos le habrían impulsado a huir desesperadamente si de pronto y por primera vez en su vida no hubiera surgido en él otro instinto que contrarrestara a aquellos. Lo que le obligaba a permanecer inmóvil era cierta sensación abrumadora de la propia debilidad y pequeñez. Aquello que delante de sus ojos tenía sí que era superioridad y poderío, algo que quedaba muy lejos de sus propios límites.

Nunca había visto hombres; pero cierto vago, oscuro instinto le estaba diciendo que era preciso reconocer en el hombre al animal que había sabido conquistarse la primacía sobre los demás en la tierra salvaje. El cachorro contemplaba al hombre no solo con sus propios ojos, sino también con todos los de sus antepasados..., con los ojos que se habían alineado formando un círculo, allá en la oscuridad, alrededor de las hogueras que protegían los campamentos de invierno; que acecharon desde una distancia algo segura y desde el corazón de la selva al extraño bípedo que era dueño y señor de todos los seres vivientes. El hechizo de la ley de la herencia pesaba sobre el lobato; el miedo, el respeto, hijo de siglos enteros de lucha; la acumulada experiencia de innumerables generaciones. Ese peso de la herencia dominaba con fuerza incontrastable al lobo que, después de todo, no era más que un cachorro. De haber sido mayor, seguro que hubiera huido. Ahora se limitó a acurrucarse, paralizado por el terror y ofreciendo ya su sumisión, como hizo toda su raza desde la primera vez que un lobo llegó a sentarse junto a la lumbre producida por los hombres y pudo calentarse.

Uno de los indios se levantó, echó a andar hacia él y se inclinó sobre su cuerpecillo. El cachorro se acurrucó aún más para aplastarse contra el suelo. Para él, lo desconocido se había encarnado en una forma concreta de carne y hueso que ahora bajaba a cogerlo. Involuntariamente, se le erizaron los pelos, retiró los labios y sus diminutos colmillos quedaron al descubierto. La mano que sobre él pendía tuvo un movimiento de vacilación, y el hombre habló entonces, riéndose al mismo tiempo, para decir:

-Wabam wabisca ip pit tah*.

Los demás indios se rieron también a carcajadas y le gritaron a su compañero que lo cogiera de una vez. La mano fue bajando lentamente, a cada instante más cerca de él, y los más encontrados instintos trabaron en el lobato una verdadera batalla. Sentía a la vez dos grandes impulsos: rendirse y luchar. Acabó por hacer una cosa y otra. Se sometió hasta que la mano estuvo a punto de tocarlo; pero entonces se rebeló y, rápido como el rayo, le clavó los dientes.

Un momento después recibía un vigoroso sopapo que lo tendió de lado en el suelo. Como por encanto, se desvaneció en él todo deseo de lucha. Su escasa edad y el instinto de sumisión se sobrepusieron a todo. Se sentó sobre los cuartos traseros y comenzó a gimotear. Pero el hombre cuya mano acababa de morder se había encolerizado de veras, y le atizó un nuevo golpe al otro lado de la cabeza. El animal volvió a sentarse y lloriqueó más amargamente que nunca.

También fueron mayores que antes las carcajadas de los indios, y hasta el mismo que había sido mordido comenzó a reírse también. Rodearon todos al cachorro, sin cesar en sus risas, mientras él se deshacía en lamentos causados tanto por el terror como por el dolor que sentía. De repente oyó algo que también escucharon los indios. Pero el lobato sabía perfectamente lo que era, y con un alarido final, que más tenía acentos de triunfo que de pena, dejó de alborotar y esperó a que llegara su madre, su feroz e indomable madre, que era capaz de luchar con las cosas del mundo y matarlas, sin que para ella-existiera el pavor. Venía gruñendo. Oyó los gritos de su cachorro y se precipitó a salvarlo.

De un salto cayó en medio del grupo, convertida por su ansioso y batallador cariño maternal en algo que estaba muy lejos de resultar agradable. Pero, para el lobezno, el espectáculo de su rabioso y protector ataque no podía ser más grato. Lanzó un grito de alegría y saltó para unirse a ella, mientras los hombres retrocedían precipitadamente a bastantes pasos de distancia. La loba se quedó en pie, arrimada a su cachorro en ademán protector, desafiando a los hombres, con el pelo erizado y gruñendo con ronca y profunda voz. Tenía la cara descompuesta, torcida, con maligna y amenazadora expresión, y la nariz le temblaba desde la punta a la base debido a la prodigiosa fuerza que ponía en su gruñir.

Y entonces, en aquel mismo instante, resonó aquel grito lanzado por uno de los hombres. «iKiche!», fue lo que dijo. La exclamación sonaba con acento de sorpresa. El cachorro sintió que su madre perdía toda su fiereza al oírla.

-¡Kiche! -volvió a gritar el hombre; pero esta vez con voz dura, autoritaria.

Y entonces el lobezno vio cómo su madre, la loba, la invencible, la intrépida, se agachaba hasta tocar el suelo con el vientre, gimoteando y moviendo la cola en señal de paz. El cachorro no acababa de entender aquello. Estaba aterrado. El pavor que le inspiraba el hombre se había apoderado de él nuevamente. Su instinto no le engañó; y de su certeza daba fe la madre. También ella rendía acatamiento a aquella clase de animales que eran los hombres.

El que había hablado se acercó a la loba. Le puso la mano sobre la cabeza y ella no hizo más que aproximarse muy agachada aún. Ni le mordió ni lo intentó siquiera. Los demás del grupo se acercaron también, la rodearon y la estuvieron manoseando, sin que ella hiciera el menor movimiento para rechazarlos. Los hombres mostraban gran excitación y sus bocas no paraban de emitir raros sonidos, que no suponían peligro alguno, como dedujo el lobato. Así que se agachó al lado de su madre, y aunque de cuando en cuando se le erizaban los pelos, se esforzó en demostrar su sumisión.

-No es extraño -decía uno de los indios-. El padre de Kiche era un lobo. Aunque también es verdad que su madre era una perra; pero mi hermano la tuvo atada en el bosque durante tres noches enteras en la época de celo. Por eso el padre de Kiche fue un lobo.

-No es extraño, Lengua de Salmón -contestó Castor Gris-. Entonces era la temporada del hambre y no había carne que dar a los perros.

-Esa ha estado viviendo con los lobos -observó un tercero.

Así parece, Tres Águilas -replicó Castor Gris, poniendo la mano sobre el cachorro-, y ahí está la prueba.

El lobezno gruñó un poco al sentir el contacto de la mano, y esta se apartó para soltarle un coscorrón, después de lo cual el castigado ocultó sus colmillos, que acababa de mostrar, y se echó al suelo muy sumiso, mientras la mano volvía a posarse sobre él y lo acariciaba detrás de las orejas y en el lomo.

-Ahí está la prueba -continuó Castor Gris-. Es evidente que su madre es Kiche. Pero su padre era un lobo. Por eso tiene muy poco de perro y mucho de lobo. Sus colmillos son blanquísimos y le llamaremos Colmillo Blanco, porque lo digo yo. Él será mi perro. ¿No era también Kiche la perra de mi hermano? ¿Y no murió este?

El cachorro, que ya tenía nombre, siguió echado en el suelo y observando. Durante algún tiempo, los hombres continuaron produciendo con la boca aquellos sonidos raros para él. Luego, Castor Gris desenvainó un cuchillo que llevaba pendiente del cuello y con él cortó un palo de los arbustos que los rodeaban; Colmillo Blanco lo seguía con la mirada. Vio cómo le hacía una entalladura al palo en cada extremo y cómo a ellas anudaba unas cuerdas de cuero. Con una de esas cuerdas que le pasó por el cuello sujetó después a Kiche, y enseguida la condujo junto a un pino joven, a cuyo tronco ató la otra cuerda.

Colmillo Blanco fue detrás de su madre y se echó junto a ella. Lengua de Salmón le puso una mano encima y lo echó patas arriba. Kiche lo miró con ansiedad. El lobezno sintió que el miedo volvía a apoderarse de él. No pudo evitar que se le escapara un gruñido; pero no hizo el menor ademán de morder. La mano, crispados y muy abiertos los dedos, le restregó el vientre como jugando y lo revolcó de un lado a otro. Resultaba ridículo y torpe que estuviera él allí panza arriba y pataleando. Además, aquella era una posición que, por dejarlo completamente indefenso, producía en todo su ser un sentimiento de indignada rebelión. ¿Qué podría hacer colocado así? Si a aquel animal hombre se le antojaba causarle algún daño, Colmillo Blanco se daba cuenta perfectamente de que le sería imposible evitarlo. ¿Cómo podría echar a correr si tenía las cuatro patas en el aire por encima de su cuerpo? Sin embargo, el deseo de mostrarse sumiso pudo más que su miedo, que logró dominar, y así se contentó con gruñir suavemente. Eso no pudo evitarlo, pero tampoco pareció que el hombre se ofendiera por ello, pues al cachorro no le costó ningún nuevo coscorrón. Y luego, lo más raro del caso es que Colmillo Blanco fue experimentando una inefable sensación de gusto a medida que la mano le iba restregando. Al quedarse de lado, cesó de gruñir. Ahora los dedos lo apretaban más, le hacían cosquillas. En la base de las orejas, la sensación agradable aumentaba. Y al fin, cuando, con un último restregón y una caricia, el hombre lo dejó en paz y se alejó, en el lobezno había desaparecido todo temor. A partir de entonces, mil veces sintió en su relación con los hombres que el rasgo predominante de esa amistad era la ausencia de temor.

Al cabo de un rato, Colmillo Blanco oyó unos extraños ruidos cada vez más próximos. Pronto adivinó que eran de los que producen los hombres. Pocos minutos después, el resto de la tribu india, que había emprendido la marcha para acampar en otro sitio, apareció allí. Eran algunos hombres, muchas mujeres y niños, en conjunto unos cuarenta, y todos iban cargados con sus bagajes. Había también entre ellos muchos perros, y estos, a excepción de los que aún eran cachorros, llevaban asimismo su correspondiente carga. Sobre los lomos, en fardos que iban fuertemente atados a su cuerpo, transportaban por lo menos veinte o treinta libras de peso cada uno.

Aquella era la primera vez que Colmillo Blanco veía perros. Al contemplarlos, la impresión que recibió fue que pertenecían a su misma raza, aunque eran algo diferentes. Pero los perros actuaron de forma muy distinta al descubrir al cachorro y a su madre. Se precipitaron inmediatamente contra ellos. A Colmillo Blanco se le erizaron los pelos; gruñó; mordió a toda aquella oleada de carnes que, abiertas las fauces, se arrojaban a su encuentro; cayó rodando bajo los que lo acometían; sintió el dolor agudo producido por aquellos dientes que le desgarraban el cuerpo, y él mismo mordió y desgarró también cuanto pudo aquellas patas y vientres que veía encima de él. El alboroto que se produjo fue enorme. El cachorro oía el gruñir furioso de su madre, que luchaba por él; los gritos de aquellos otros animales que se llamaban hombres, el ruido de garrotes que chocaban con sus cuerpos y los aullidos de dolor de los perros contra quienes iban dirigidos los garrotazos.

Sin embargo, solo transcurrieron unos segundos antes de que el lobato volviera a estar en pie. Vio a los hombres obligando a retroceder a los canes con palos y pedradas. Lo defendían a él, lo salvaban de los terribles dientes de aquellos animales. En la cabeza del cachorro no cabía un concepto tan abstracto como la idea de justicia; sin embargo, intuía que los hombres habían procedido rectamente y descubrió que una de sus funciones era dictar y ejecutar la ley. Al mismo tiempo observó las armas de las que se valen para administrar la justicia. Al revés de lo que ocurría con todos los animales que hasta entonces había hallado, ni mordían ni luchaban a zarpazos. Lo que hacían era robustecer su viva fuerza con el auxilio poderoso de las cosas muertas.

Hacían lo que ellos ordenaban. Los palos y las piedras, dirigidos por los hombres, saltaban por los aires como si fueran cosas vivas, y causaban graves heridas a los perros.

Para su cerebro, aquello significaba un poder desusado, inconcebible y sobrenatural, casi divino. Colmillo Blanco, por su misma naturaleza, no sabía nada acerca de los dioses; pero el asombro y el respetuoso temor que le inspiraban los hombres se parecía grandemente a lo que sentiría uno de estos al contemplar a algún ser sobrenatural lanzando rayos con ambas manos, desde la cumbre de un monte, sobre la maravillada humanidad.

No quedaba ni un perro que no se hubiera visto obligado a retroceder. El tumulto cesó. Y Colmillo Blanco se lamió las contusiones y heridas recibidas mientras meditaba sobre su primera experiencia de lo que es una manada y de cómo le sabían a él las crueldades que las manadas cometen. Hasta entonces, para el lobato su raza solo estaba formada por el Tuerto, su madre y él. Para Colmillo Blanco, ellos constituían toda una raza aparte, y, de pronto, descubría otros muchos seres que aparentemente pertenecían también a la misma raza. Y le dolía, de un modo vago, que estos, a pesar de ser de los suyos, se le hubieran echado encima en cuanto lo vieron y hubieran tratado de acabar con él. Sentía un resentimiento parecido contra los hombres que habían atado a su madre; aunque, sin duda, ellos eran superiores. Aquello le sabía a engaño, a trampa, a cautiverio, aunque no estuviera él aún bien enterado de lo que eran trampas y cautiverios. La libertad de andar vagando, de correr, de echarse cuando se le antojara, constituía en él una herencia, y ahora se cortaba de cuajo con todo aquello. Los movimientos de su madre quedaban restringidos al radio de la longitud del palo al cual estaba sujeta. Y a él aquello le servía también de límite, pues no se había apartado más que lo preciso del lado de su madre.

No le gustó. Ni tampoco lo que ocurrió cuando los hombres se pusieron en pie y continuaron su marcha, porque entonces uno de los de aspecto más insignificante cogió un ex tremo del palo y se llevó detrás de él, cautiva, a Kiche, y tras Kiche a Colmillo Blanco, que le seguía muy perturbado y triste por el cariz que iba tomando la nueva aventura en la que se hallaba metido.

Fueron hacia el valle por donde corría el arroyo -estaban mucho más lejos de lo que el lobato conocía- y llegaron al extremo de dicho valle, donde la corriente se precipitaba en el río Mackenzie. Allí, en el lugar donde se veían unas canoas pendientes de altos mástiles y unos secaderos para el pescado, acamparon los indios, y Colmillo Blanco los contempló con asombrados ojos. La superioridad de aquellos hombres, que para él pertenecían a otra clase de animales, aumentaba por momentos. Allí estaba, para atestiguarla, su dominio sobre tantos perros de afilados colmillos. Aquello respiraba fuerza, poderío. Pero mayor aún y más admirable le parecía al lobezno el otro dominio que ejercían sobre las cosas que carecían de vida, su poder de comunicar movimiento a lo que naturalmente no lo tenía, su facilidad para hacer cambiar el mismísimo aspecto del mundo.

Esto último era lo que más le impresionaba. La altura de aquella especie de andamiadas le llamó la atención, pero no especialmente. No se podía esperar menos de aquellos seres que arrojaban palos y piedras a grandes distancias. Lo que sí le impresionó verdaderamente es que andamios y mástiles se transformaran en chozas tras ser cubiertos con tejas y pieles. Colmillo Blanco se quedó asombrado una vez más. Lo que le maravillaba era el colosal volumen de todo aquello. Aquellas masas se elevaban en torno suyo como raras formas vivas que surgían de repente. Ocupaban casi por completo el círculo que sus ojos podían abarcar. Les tenía miedo. Las miraba de lejos como si lo amenazaran desde lo alto, y cuando, al azotarlas el viento, les imprimía desordenados movimientos, él se agachaba atemorizado sin dejar de mirarlas con prudente recelo y dispuesto a apartarse y huir si trataban de echársele encima.

Pero de pronto su miedo se disipó. Fue observando que las mujeres y los niños entraban y salían de allí sin recibir el menor daño, y vio que los perros intentaban también imitarlos con frecuencia, siendo arrojados ignominiosamente con gritos y pedradas. Al fin se decidió a abandonar a su madre y se arrastró cautelosamente hasta una de las paredes de la choza más cercana. La curiosidad, hija del crecimiento, era la que le impulsaba, la necesidad de aprender, de vivir, de hacer algo que le proporcionara experiencia. Cuando solo le faltaban pocas pulgadas para llegar a la pared del improvisado abrigo, redobló su recelo y se arrastró con mayor y más temerosa lentitud, con más precaución. Los acontecimientos de aquel día lo habían preparado para esperar que lo desconocido se manifestara en cualquier momento. Por fin, su naricilla tocó la tela. Esperó un rato. No ocurrió nada. Entonces olfateó aquella extraña construcción, saturada de olor humano. Clavó los dientes en la tela y le dio un suave tirón. Tampoco ocurrió nada, aunque las partes adyacentes a la choza se movieron. Tiró con mayor fuerza. Y el movimiento fue mayor. La cosa era deliciosa. Siguió dando tirones, más fuertes y muy repetidos, hasta que la choza entera se movió. Entonces, los agudos gritos de una mujer que estaba en el interior lo obligaron a huir precipitadamente, y volvió al lado de Kiche. Pero el resultado de ello fue que en adelante ya no les tuvo miedo a aquellas grandes y amenazadoras chozas.

Un momento después volvía a apartarse de la compañía de su madre. El palo que mantenía sujeta a la loba estaba atado a una estaca clavada en el suelo, y ella no pudo seguir al lobezno. Otro cachorro, algo crecido ya, mayor que él en edad y en tamaño, se le acercó lentamente, pavoneándose y en son de guerra. El nombre del perrillo era Lip-Lip, como Colmillo Blanco escuchó después que le llamaban. El recién venido no carecía de experiencia en otras luchas con cachorros, y se había convertido en una especie de bravucón.

Lip-Lip era de la raza de Colmillo Blanco, y por no ser más que un cachorrillo, no parecía peligroso, por lo cual el lobato se preparó a recibirlo amistosamente. Y cuando vio que el que iba a su encuentro comenzaba a andar afectadamente, con las patas muy tiesas y enseñando los dientes, Colmillo Blanco se puso a imitarlo en todo. Comenzaron a dar vueltas uno alrededor del otro, buscándose el cuerpo, gruñendo y con los pelos erizados. Esto duró algunos minutos, y a Colmillo Blanco le resultaba divertido, pues lo consideraba puro juego. Pero de pronto, con sorprendente ligereza, Lip-Lip dio un salto, le pegó al otro una dentellada y saltó de nuevo huyendo. La dentellada fue a dar precisamente en la misma parte del hombro del lobato que había recibido ya la herida causada por el lince y que aún seguía doliéndole.

La sorpresa y el daño le arrancaron a Colmillo Blanco un gruñido. Y un momento después, hecho una furia, se precipitaba sobre Lip-Lip.

Pero Lip-Lip había vivido en aquellos campamentos y sostenido numerosas batallas con otros cachorros. Lo menos media docena de veces se clavaron sus agudos dientes en el lobezno, hasta que Colmillo Blanco, gimiendo ya sin pudor alguno, huyó en busca de la protección materna. Era aquella la primera de las numerosas luchas que debía sostener con Lip-Lip, porque fueron enemigos desde el principio, de nacimiento, con naturalezas opuestas, destinadas siempre a chocar. Kiche lamió a su cachorro minuciosamente y trató de persuadirlo de que era preciso que no se moviera de su lado. Pero la curiosidad pudo en él más que todo, y al poco rato se lanzaba de nuevo a otra aventura. Tropezó entonces con uno de los hombres, Castor Gris, que estaba en cuclillas arreglando algo con unos palos y musgo seco extendido en el suelo. Colmillo Blanco se le acercó y se quedó observándolo. Castor Gris producía con la boca unos sonidos que el cachorro no consideró de carácter hostil, y se le acercó aún más. Varias mujeres y niños le iban llevando al indio palos y ramas. Era evidente que el trabajo que realizaba urgía. Colmillo Blanco fue andando hasta tocar la rodilla de Castor Gris: sentía tanta curiosidad que se olvidó de que el hombre era terrible. De pronto vio elevarse algo raro, como una neblina, de aquellos palos y musgos que estaban bajo las manos del indio. Luego, entre los palos mismos, apareció una cosa viva que se retorcía y daba vueltas, una cosa de color parecido al del sol que brillaba en el cielo. Colmillo Blanco ignoraba lo que era el fuego. Le atrajo como la luz que veía a la entrada de su covacha le había atraído antes en los comienzos de su vida. Se arrastró hasta aproximarse a la llama. Sobre él oyó sonar una risa ahogada de Castor Gris, que le confirmó la idea de que tampoco aquel hombre le era hostil. Entonces su nariz tocó la llama y su lengua se alargó para lamerla.

Se quedó un instante paralizado. Lo desconocido, que estaba en acecho entre los palos y el musgo, acababa de clavarle furiosamente las garras en la nariz. Retrocedió tambaleándose y prorrumpió en una explosión de alaridos de dolor y sorpresa. Al oírlo, Kiche saltó gruñendo tan lejos como se lo permitió el palo que la sujetaba, y allí tuvo que quedarse, terriblemente rabiosa por no poder acudir en auxilio de su cachorro. Pero Castor Gris se reía a carcajadas, dándose palmadas en los muslos, y fue a contarles el caso a todos los demás del campamento hasta que no quedó ni uno que no se riera estrepitosamente. Sin embargo, Colmillo Blanco, sentado sobre los cuartos traseros, gemía desesperadamente, abandonado en medio de aquella clase de animales que eran los hombres.

Había sufrido el dolor más fuerte de su vida. Tenía la nariz y la lengua abrasadas por aquella cosa viva, del color del sol, que había brotado de las manos de Castor Gris. Lloró y lloró hasta más no poder, y cada uno de sus lamentos era recibido con nuevas explosiones de risa por parte de los hombres. Trató de lamerse la nariz para calmar el dolor; pero también tenía la lengua quemada, y al juntarse ambos daños, se producía otro mayor, por lo cual se deshizo en nuevos gemidos, más desconsolada y desesperadamente que nunca.

Al fin sintió vergüenza de sí mismo. No desconocía la risa ni el significado que tenía. Nosotros no comprendemos cómo puede ser que algunos animales sepan lo que es la risa, y cuándo alguien se está riendo de ellos; pero Colmillo Blanco lo sabía. Y se avergonzó de que aquellos animales que eran los hombres se estuvieran burlando de él. Dio media vuelta y huyó, no del daño que le había producido el fuego, sino de la risa, que le llegaba aún más hondo y le dolía en el espíritu. Y voló al encuentro de Kiche, que, rabiosa aún, fuera de sí y forcejeando con el palo que la sujetaba, era el único ser que no se reía de él.

Fue oscureciendo el crepúsculo y llegó la noche, y Colmillo Blanco continuaba aún echado junto a su madre. Le dolían todavía la nariz y la lengua, pero le tenía perplejo otro mal mayor: sentía nostalgia. Experimentaba un vacío, echaba de menos el silencio y la quietud de aquella covacha suya que estaba cerca del arroyo, en un ribazo. ¡Había allí tanta gente, hombres, mujeres y niños, que producían toda clase de molestos ruidos! Y luego los perros, siempre riñendo, siempre pendencieros, armando alboroto y ocasionando confusión y desorden. La descansada soledad de la única vida que él conocía a fondo había desaparecido. Aquí hasta en el mismo aire palpitaba la vida. Era un susurro o un zumbido incesante. Cambiando continuamente en la intensidad o en el tono, le afectaba los nervios y todos sus sentidos, le tenía inquieto, atemorizado, atormentándolo con la perpetua amenaza de algo inminente.

Observó a los hombres yendo y viniendo, moviéndose por el campamento. Les miró como si fueran dioses. Eran seres superiores, divinos. Para sus oscuros medios de comprensión resultaban capaces de producir milagros. Habían sido creados para mandar, para dominar; poseían una potencia desconocida, imposible; eran los dueños de todo lo que está vivo y de lo que no lo está. Obligaban a obedecer a lo que se movía, comunicaban movimiento a lo inmóvil, y hacían que la vida, aquella vida que tenía el mismo color que el sol, y que además mordía, naciera de un montón de musgo seco y de madera. Eran productores de fuego. Eran dioses.